Renzo Abruzzese

El fascismo masista

martes, 5 de mayo de 2020 · 00:12

Al grito de “elecciones  ya” una turba masista tomó algunas arterias alteñas, apedreó un par de buses que trasladaban personal médico  y un alboroto de petardos interrumpieron el silencio producto del aislamiento social preventivo frene a la epidemia que azota el país y el planeta. La respuesta no se dejó esperar, de cada balcón y en cada ventana lo ciudadanos entonaban el estribillo que tumbo al tirano: “Quien se rinde… Nadie se rinde. Evo de nuevo, huevo carajo”.

La acción masista, sin embargo, se presenta como una estrategia concertada, cuyo objetivo apuntaba a llevar a las calles acciones de presión en apoyo a la criminal Ley que la bancada masista promulgó fijando fecha de elecciones; una Ley que instruye elecciones justo para cuando se espera que el brote epidémico alcance su mayor número de víctimas y contagios. Se trata sin duda de una medida desesperadaante al éxito de la democracia post-evista.

Mussolini había establecido como principio del fascismo la preeminencia del Estado frente al ciudadano, “El Estado es todo, el ciudadano es nada”,  repetía en todos los documentos ideológicos del Partido Nacional Fascista. Todo el poder fascista (tanto en la Italia de Mussolini como en la Alemania de Hitler) se sostenía en la certeza de que el poder era algo por encima de cualquier derecho ciudadano, incluso, el derecho a la vida. En paralelo, los “camisas pardas” y los “camisas negras” de ambos países asolaban las ciudades y los pueblos desplegando una violencia indiscriminada que terminó sometiendo todas las fuerzas de resistencia por el imperio del terror, el abuso, el latrocinio y el escarnio. Poder y violencia pueden ser dos términos que sintetizan la lógica del fascismo en todos los tiempos y en todos los países que sufrieron este embate de la historia. Aunque no debiera extrañarnos, ese es exactamente el principio que activa el MAS y su fugado líder Evo Morales. Poder y Violencia.

La imagen que dejaban los primeros tuiters de Morales hacían gala de una ciega confianza en su pronto retorno como producto del esperado fracaso del gobierno de la presidente Añez. La confianza que los masistas mostraban se fundaba en la presunción de que solo el caudillo estaba habilitado para hacer las cosas bien. Evo era la encarnación de las fuerzas del universo.  De a poco, la esperanza de que la democracia fracasara se desmoronó y la desesperación tomó la posta en sus ambiciones totalitarias, sus propios correligionarios empezaron a dudar de sus poderes mágicos y prefirieron apelar a poderes más telúricos: paramilitares, sicarios, delincuentes y grupos de choque. Todos pagados por ya sabemos quiénes.

Hoy, cuando el país empieza a ver en los hechos que un gobierno honesto puede manejar democráticamente una nación sacudida por la peor crisis sanitaria de nuestra historia, una paralización casi total del aparato productivo y una generalizada incertidumbre existencial frente al coronavirus y la eventualidad de enfermar y morir, el  MAS descubre su verdadera naturaleza fascista. Su desprecio por la vida de los ciudadanos es tan grande como su desprecio por la democracia, eso explica las razones detrás de una criminal convocatoria a elecciones generales que movilizará siete millones de votantes a congregarse en más de cinco mil mesas de sufragio, sin ninguna posibilidad de escape porque en Bolivia el voto es obligatorio. El mensaje es claro, no importa cuantos bolivianos se contaminen y mueran, el “poder es todo, el ciudadano es nada” ese es, sin duda, el principio rector del fascismo boliviano y de su autoexiliado Führer.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

 

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