Lupe Andrade Salmón

Y volver, volver, volver...

miércoles, 10 de junio de 2020 · 00:10

¿Recuerdan, queridos amigos, esta canción del gran Vicente Fernández, tan romántica y conmovedora? 

 “Este amor apasionado, llega todo alborotado... por volver.  

 Voy camino a la locura, y aunque todo me tortura, sé querer”... 

El enamorado suplica a su amada para volver con ella, y pocas podrían resistirse a ese ruego tan evocador y tan perfecto para una serenata.  Canción ideal para mariachis, o para una guitarra solitaria y emocionada.  Difícil no sentir la tentación...  porque lo que ya fue, dice la canción, puede y debe repetirse.

Es decir, eso era antes.  Hoy no será fácil volver, ni con amor apasionado.  Estamos entrando a una era de redescubrimiento, pero no necesariamente de reencuentro; de diferentes formas de coqueteo y conquista, de encontrar, relacionarse y retener una pareja, o de vivir sin pareja.

Con gran dolor y melancolía, veo que el Covid-19 puede estar acabando con muchas de nuestras costumbres más deliciosas, desde los antojos hasta los enojos, y ciertamente, eso vale para las pasiones del amor.  El distanciamiento social no se presta al romance.  No se reemplazan las acurrucadas con emojis; ciertamente no se reemplaza un beso con un corazoncito en el celular, aunque se lo repita diez veces.  El distanciamiento social no es como las costumbres antiguas de no poder acercarse, de esperar el momento preciso para declarar el amor y comprobar que uno es correspondido. No, no. Esto no es tema de ensueño, y no hace  que un desinfectado encuentro a dos metros de distancia sea más dulce, ni menos proclive al contagio eventual.  

Está claro, me parece, que la humanidad no quiere vivir sin amor, sin amistad cercana, sin abrazos, besos o caricias.  No lo quiere, pero mientras exista este peligro (y otros semejantes... ojo) tenemos que comportarnos en público y privado como japoneses, quienes en público no se tocan y se saludan con venia, hasta dentro de la oficina o la casa. 

 Y con todo esto, ¿cuántas cosas más desaparecerán?  Dicen los científicos que el contagio está más en el aire reciclado o sin renovar, que en el contacto mismo.  Será que las discotecas, los cafecitos atestados de gente, los restaurantes pequeñitos y románticos, desaparecerán?  Y si hacen entregas a domicilio, ¿a cuál domicilio? De él, de ella, o de ninguno. 

Los videos, los memes, los WhatsApps,  Snapchats, Instagrams y otras formas de comunicación, desde familiar hasta íntima, no suplen el contacto real de piel a piel.  No tienen el calor humano latiente.  Conozco a padres que no han visto a sus hijos recién nacidos, conozco a hijos que no han podido despedirse de sus padres, conozco a parejas que tratan de mantener su unión estando uno en París y el otro en La Paz.  

Hablan, se miran, estiran las manos y las unen, pantalla a pantalla.  Conmovedor, pero no suficiente.  Pero tampoco se puede simplemente descartar las precauciones y hacer de cuenta que no pasa nada.  Eso lleva a aumentar el índice de contagios, lleva a más restricciones, y hasta sufrir penalidades.  Tiene que haber otra manera... algo seguro y menos triste que el mirarse, quererse y suspirar.  

Y, sí la hay.  Por lo menos hasta que tengamos vacuna segura (un año o más) y tratamiento seguro (quién sabe cuánto tiempo), lo peor es creer que se puede ser “valiente” y desafiar el peligro.  La madurez, el verdadero amor, la conciencia del valor de la persona amada está en la seriedad con que se obedecen las normas, el cuidado amoroso con que se practica el distanciamiento, no sólo de uno mismo, sino de quienes se acercan a nosotros, por buenas intenciones que tuvieran.  

Esta parte de mi columna es aburrida, pero necesaria: las precauciones de ambos lados, por muy seguras que parezcan, deben ser comprobadas.  Si todos se cuidan, si todos esperan los tiempos necesarios para ratificar su estado de salud, entonces con disciplina social, al mismo tiempo que el comportamiento apropiado, podremos vencer este bicho feo y volver a sentir libremente y sin remordimientos, piel contra piel, las delicias de querer y quererse.

 Y si lo hacemos y vencemos, podremos todos cantar otra vez, y a voz en cuello:

      ... llegaré hasta donde estés, yo sé querer, yo sé querer,

                  quiero volver, volver, volver!

 
Lupe Andrade Salmón
es periodista.

 

 


   

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