Adalid Contreras Baspineiro

Comunicación no tiene quién le llore

jueves, 11 de junio de 2020 · 00:09

Lo reubicaron en una esquina del Ministerio de la Presidencia, y pocas voces reclaman su vigencia. Lo devolvieron al anonimato y no tiene quién llore su fusión secundarizada, y previsiblemente más instrumentalizada por los hilos de los poderes. Razones pragmáticas poco argumentadas quisieran justificar la fusión, sin considerar en su real dimensión los fundamentos estratégicos de la comunicación, y de la cultura, en la vida social.

Si de (in)eficacia se tratara, pocos son los ministerios que quedarían en pie. Y si siguen no es porque bien o mal funcionan, sino porque en la mirada estratégica se los considera necesarios. Reconozcámoslo sin rodeos, éste es el problema de fondo. Más allá del argumento pragmático, en las razones reales para sus disfunciones institucionales, comunicación y culturas, los dos hilos que conectan las políticas públicas con las ciudadanías con la posibilidad de una interacción participativa, de ida y vuelta, en la mirada gubernamental no forman parte de los horizontes sociales, sino tan sólo de los aconteceres cotidianos.

La comunicación se sigue juzgando con los trasnochados paradigmas del difusionismo, y la cultura no ha alcanzado a ser comprendida en los alcances de las políticas de segunda generación que vinculan constructivamente las diversidades y las industrias creativas y culturales con el desarrollo. 

Comunicación y cultura le añaden a las políticas un elemento simbólico e inmaterial que no se contienen en las cifras: los valores como la solidaridad, la identidad, la ética, las esperanzas, así como la apropiación colectiva de los bienes comunes y de los derechos humanos y de la naturaleza. Dicho de otra manera, comunicación y cultura son políticas de reconocimiento con sentipensamientos, en tanto construcciones y constructoras de convivencia ciudadana.

Lo dicho no impide la obligatoriedad de un mea culpa para reconocer que las experiencias de gestión acumuladas han sido mayoritariamente reductivas de su misión a roles predominantemente propagandísticos y publicitarios, gastándose millonadas en inútiles búsquedas de posicionamiento benévolo de los poderes. Tampoco se puede dejar de mencionar que se cometieron discrecionalidades en los repartos de la torta publicitaria, ahondando las diferencias competitivas de los medios, y polarizándolos. 

En distintas ocasiones miraron de reojo los intentos de amordazamiento de la libertad de expresión cuando es su rol preservarla, alimentarla, proyectarla. Y en muchísimos momentos, incluso de crisis profunda, como la ambiental, vivida por el ecocidio de la Chiquitania o la de salubridad por la pandemia de Covid-19, se creyeron el cuento marketero de que la complicidad ciudadana se gana persuasivamente con la varita mágica de los spots televisivos, cuñas radiales, hashtags y tuitazos.

Es válido reconocer que las experiencias dejan tareas pendientes, las esenciales de la comunicación para la construcción social de realidades estatales inclusivas y democráticas. Esto es producto de que no se pudieron encontrar las respuestas adecuadas porque no se supieron plantear, o más bien recuperar, las preguntas básicas que justifican la existencia estructural de un Ministerio de Comunicación:

 ¿Dónde quedaron las políticas nacionales y las políticas públicas de comunicación?, ¿por qué se confunden campañas con estrategias de comunicación?, ¿cómo se mide la labor educativa ciudadana que corresponde a todo proceso estatal de comunicación?, ¿dejaron en el olvido la construcción de una cultura de convivencia nacional?, ¿cuáles son las expresiones de fomento de la información con dignidad basada en los códigos de ética?, ¿cuánto se aportó a la formación y estabilidad de los periodistas?, ¿se promovió la producción de industrias creativas y culturales?, ¿y el acceso, diálogo y participación como ejes de la comunicación pública?

Si bien el Ministerio de Comunicación no tiene quién le llore, no se deberían arriar las banderas de la democratización de la palabra, ni abandonar las reivindicaciones por el derecho a la comunicación. Son conquistas ciudadanas. La utopía del otro desarrollo con la comunicación sigue vigente.

Adalid Contreras Baspineiro fue secretario general de la Comunidad Andina de Naciones.

 

 


   

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