Jorge Patiño Sarcinelli

Morir antes que censurados vivir

viernes, 12 de junio de 2020 · 00:10

Hace unas semanas el Gobierno aprobó un decreto buscando limitar los excesos de expresión que podrían atentar contra la salud pública y causar más muertes. Al tiro se alzaron los libertarios de la expresión, con los periodistas de abanderados de oficio, exigiendo la derogación de tan escandalosa medida. 

El Gobierno, que ya no sabe cómo bailar en democracia, desdijo su atrevimiento, y dizque ganó la libertad: que mueran otros antes que yo censurado vivir. 

Sirvió el episodio para revivir la cuestión de la libertad de expresión, uno de cuyos frentes se libra hoy en las redes sociales, donde con abrir una cuenta uno se gana la libertad de expresarse posteando. ¡Pero no cualquier cosa! Cada espacio tiene su política de censura. 

Esa odiosa censura, típica de las dictaduras y que ningún gobierno democrático se atreve a decir que ejerce, la ejercen FB y Twitter. Ellos adoptan libremente las reglas que a Zuckerberg y a Dorsey les parecen adecuadas. Los periódicos, incluso los serios, también usan criterios propios para poner límites a las columnas de opinión que publican. Casos recientes en Página Siete y el NY Times lo evidencian.

Un ciudadano común no puede repostear fake news en FB, pero Zuckerberg ha decidido dejar que los políticos mientan. Cientos de funcionarios de FB han protestado y amenazado con renunciar. “Estoy avergonzada de trabajar aquí”, dice una de ellos. Es ético, pero ¿está bien seguir usando sus servicios?

Si en FB vemos mentiritas dichas por usuarios bolivianos, es porque nadie pierde tiempo con lo que se diga aquí. A veces los marginales del mundo somos más libres; demasiado libres tal vez, en vista del racismo y las burradas que circulan.

Twitter, a su vez, tiene una política más estricta cuando se trata de la verdad. Tuits de Bolsonaro y de otros políticos han sido retirados porque al censor le pareció que contenían mentiras dañinas. 

Ya no concebimos la democracia sin FB o Twitter, y limitar lo que ahí se dice afecta elecciones y futuros. Su poder es extraordinario.

Parece bien tratar de impedir que circulen mentiras que ocasionen daños colectivos. Añez lo habrá creído y miren cómo le fue, pero con Twitter y FB no se atreve nadie y aceptamos las limitaciones de expresión que nos imponen porque no queda otra.

Esta censura privada trae dos cuestiones complejas. Primero está el hecho de que cada empresa adopta libremente sus propios criterios de censura, no obstante el impacto de sus decisiones y que algunos son monopolios de facto. 

¿Habría que regularlos? ¿De quién es la libertad que se debe proteger; la de las empresas y medios de ejercer su libre censura o la de los usuarios y columnistas de expresarse sin censura? Galindo diría que es la suya, Zuckerberg la de los políticos de mentir, y cada uno encontrará su respuesta en los intersticios de estos dilemas.

El segundo aspecto de esa censura de la mentira surge de la dificultad de decidir  qué es mentira. ¿Miento si digo que hubo golpe en Bolivia? ¿Miento si pregunto insinuando? ¿Miento si digo “miento”? ¿Una media verdad puede ser mentirosa? ¿Miente el que delira ideológicamente?  ¿Qué lectura de la realidad falseamos? 

A veces es necesario proteger la verdad con mentiras, dijo Churchill. La cita es imprecisa pero no es falsa. La mentira tiene mil giros, de la paradoja, la ironía y la creatividad al daño irreversible en reputación o vidas. 

En vista de episodios, como el de Myanmar, donde bulos criminales causaron cientos de muertes, lo que importa no es si un post es mentiroso sino si puede causar un daño mayor. Esto no resuelve la cuestión, pero hace recordar que contra esa libertad tan a rajatabla defendida pueden chocar el bien colectivo y la protección de los vulnerables.

Es ilusorio creer que se puede maximizar libertad y bien común cada vez. Aceptar el equilibrio social que impone este dilema es señal de una madurez política responsable que debe estar por encima de dogmatismos libertarios.

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

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