Juan Cristóbal Soruco Q. 

La democracia en crisis

lunes, 15 de junio de 2020 · 00:12

En la semana que termina hemos sido testigos de varios hechos que muestran que nos acercamos peligrosamente a una situación de descontrol, cuyas consecuencias pueden afectar el precario sistema democrático que tratamos de preservar. Hay un concurso de insensateces y provocaciones que van tensionando a nuestra sociedad y pueden conducirnos a que, como en otros episodios de nuestra historia, las propuestas autoritarias ganen espacio para hacerse del poder.

En esa ruta sobresale la dirigencia del MAS que, digitada desde Buenos Aires, sólo tiene como objetivo el retorno del expresidente fugado cueste lo que cueste. La forma criminal en que los dirigentes del MAS han aprovechado la pandemia del coronavirus muestra a plenitud ese propósito, por el cual no les importa sacrificar a sus seguidores, que por creer en las consignas de sus dirigentes han abierto las compuertas para que la pandemia afecte a los más pobres de la sociedad.

Esa percepción se confirma con lo sucedido en la localidad de Entre Ríos, en el trópico cochabambino, cuando, como denuncian las asociaciones Nacional de Periodistas de Bolivia (ANPB) y de Periodistas de La Paz (APLPZ), hubo “intento de linchamiento de tres periodistas, dos de Unitel y una de El Deber, a manos de militantes del MAS, partido del expresidente Evo Morales”. Los periodistas realizaban un reportaje sobre el encapsulamiento de esa región y la turba que los atacó, agredió a uno de los periodistas, destruyó sus equipos e intentó quemarlos vivos por ser “partidarios de la derecha”. Por ello, ambos gremios, además de repudiar estos hechos y exigir una investigación para dar con sus autores, exigen a los “jefes partidarios que respeten la vigencia del Estado Constitucional de Derecho”.

Pero, no es sólo la gente del MAS la que torpedea la posibilidad de que nuestras divergencias sean confrontadas en un marco democrático. La actitud de organizaciones como, por ejemplo, Creemos, varios de sus aliados y la dirigencia del comité cívico cruceño, que postulan volver a fojas cero el proceso electoral en marcha y ponen en cuestión la integridad de los vocales del Tribunal Supremo Electoral (TSE) abonan a ese tensionamiento, y lo hacen porque sus estrategas de comunicación saben que su posicionamiento en la preferencia electoral es débil y requieren postergar a como dé lugar los comicios y, mejor, suspenderlos. 

Adicionalmente, las denuncias sobre corrupción e ineficiencia en el gobierno central merman la credibilidad de las autoridades del Órgano Ejecutivo, y crece la percepción de que la Presidenta del Estado ha sido cercada por un grupo de operadores políticos que sólo velan por sus propios intereses. La impertinente actuación del Ministro de Gobierno instruyendo a la Primera Mandataria lo que debía declarar frente a muchos periodistas que la entrevistaban luego de la misa de Corpus Christi  confirma esa percepción, más aún si ese dignatario no ha sido cesado en sus funciones.

A ese panorama de por sí desalentador se puede añadir que está creciendo en algunos sectores sociales un desasosiego que se traduce en la difusión, a través de las redes sociales, de mensajes que expresan posiciones autoritarias. De hecho, parecería que en ciertos sectores de clase media -que conocen muy poco el funcionamiento de la administración del Estado, por lo que son fácilmente manipulables- ha calado la campaña en contra de los vocales del TSE, el presunto predominio del voto rural sobre el urbano y, desde hace unos días, la necesidad de modificar la Constitución antes de las elecciones, y no parece ser casualidad que aparezcan también apoyos a propuestas antidemocráticas o comiencen a circular mensajes de adhesión, por ejemplo, a una posible candidatura presidencial del Ministro de Defensa por su carácter autoritario y, como anécdota, ser guapo.

No va a ser fácil revertir esa situación porque hay muchos intereses en juego. Sin embargo, como lo he escrito en varias oportunidades, una decisión trascendente, como la renuncia de la Presidenta a su postulación, sería una acción que frenaría a las corrientes actualmente antidemocráticas porque recuperaría la legitimidad suficiente para enfrentar la crisis que el país vive y a los líderes y corrientes que están pescando en río revuelto.

Una actitud de esta naturaleza requiere de grandeza y capacidad de controlar a un entorno ávido de poder, cualidades que la Primera Mandataria exhibió en noviembre del pasado año, cuando aceptó la misión de pacificar el país y garantizar la realización de elecciones transparentes. 

De esto es de lo que se trata…

 

Juan Cristóbal Soruco Q.  es periodista

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