Sonia Montaño Virreira

Añez y Copa, entre la democracia y el autoritarismo

domingo, 21 de junio de 2020 · 00:11

Jeanine Añez y Eva Copa tendrían que agradecer todos los días a las feministas que lucharon a lo largo de la historia para que las mujeres conquistemos derechos, desafiando los prejuicios clericales, las leyes patriarcales, las conductas misóginas y, en los últimos cuarenta años, participando en la primera fila de la recuperación democrática, tanto contra las dictaduras militares, como contra el autoritarismo del gobierno del MAS.

Bolivia ha reconocido el derecho al voto femenino desde 1952, pero ha demorado mucho tiempo en conquistar la igualdad real en la participación política. Se tuvo que aprobar en 1979 una ley de cuotas para asegurar la elección de una masa crítica de mujeres en el ámbito legislativo, para luego dar el salto hacia la paridad, durante el gobierno del MAS. La notable presencia femenina formó parte del “proceso de cambio” en el que muchas de las mujeres electas fueron indígenas que cambiaron la imagen del país y desataron entusiasmo, colocando a nuestro país a la cabeza de los rankings de igualdad.

No pasó mucho tiempo para que Bolivia sea la prueba contrafáctica sobre los beneficios de la participación. 

La representación femenina en la Asamblea Legislativa fue precedida por una importante presencia de mujeres en la Asamblea Constituyente, donde nada menos que Silvia Lazarte, dirigenta de origen quechua, la presidió. Ella sería recordada, además de su condición indígena, por su fe cristiana, que la llevó, entre otros temas, a ignorar la propuesta de matrimonio igualitario, dejando que en Oruro - donde se negoció el texto definitivo de la Constitución- ésta conquista retrocediera a la tradicional unión entre un hombre y una mujer, defendida por los grupos religiosos a los que ella misma adhiere.

Durante el gobierno de Morales, las mujeres (ministras y parlamentarias) de regular desempeño se caracterizaron por el sometimiento al caudillo. En el Ejecutivo cometieron errores y delitos, cumpliendo condenas sin que los hombres detrás de ellas recibieran ni un rasguño. Es el caso de la estafa del Fondo Indígena, tres ministras enfrentan procesos - unas más perseguidas que otras-, mientras el principal responsable es ahora candidato a presidente. 

En la Asamblea Legislativa se destacaron por su opacidad, levantando la mano de acuerdo con la disciplina partidaria, sin existir una sola iniciativa digna de mencionarse con relación a los derechos de las mujeres. Tuvo que irse “el fugado” y todos sus compinches para que mujeres como Eva Copa actúen con autonomía y sean capaces, junto con Jeanine Añez, de dar pasos certeros hacia la pacificación. Añez tampoco había sido ajena al ninguneo de su partido; fue en el contexto de la sucesión constitucional que ella asume la Presidencia y puede actuar con un cierto margen de libertad, que la ha ido perdiendo paulatinamente.

Ambas dirigentes han pasado de la invisibilidad al protagonismo, articulando un consenso hacia la pacificación para, muy rápido, enfrentarse, poniendo en riesgo la estabilidad democrática. La breve autonomía de ambas, más aparente que real, muestra la necesidad de superar la idea ampliamente extendida de que las mujeres son moralmente superiores a los hombres.

El feminismo que es una filosofía y una política para lograr la igualdad real entre mujeres y hombres se ha contaminado de la ideología de las identidades que, ya sea por el peso de la religiosidad mariana o por las visiones étnicas, asignan a las mujeres y/ a las indígenas ciertos atributos superiores a los del resto de los mortales, sustrayéndolas al escrutinio democrático.

Eva Copa y Jeanine están mostrando, en primer plano, lo que ya vimos en las sombras durante catorce años: cero autonomía política. La paridad como representación democrática no ha resultado en cambios de fondo en la forma de hacer política.

Más bien, ha puesto luz sobre un aspecto fundamental de la democracia: la igualdad en la  representación sólo funciona cuando existen instituciones democráticas, independencia de poderes y sobre todo una cultura alejada del prebendalismo y el corporativismo. El realineamiento de Copa con Morales y la postulación de Añez son los dos pecados capitales de quienes ilusionaron a mucha gente cuando se dieron la mano para superar el fraude, pero que luego no se demoraran nada en promover la desestabilización, la una, y en insistir en el prorroguismo, la otra.

La etapa que se abrirá después de las elecciones deberá ser un escenario donde la democracia esté en el centro y las mujeres mostrar que además de necesario, es posible rendir cuentas y respetar el Estado de derecho, en lugar de transitar por la vida reproduciendo las mismas mañas de sus colegas. 

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista.

En tiempos de cuarentena y restricciones usted necesita estar bien informado. Por eso, Página Siete pone temporalmente a su disposición de forma gratuita, nuestra edición de papel en versión digital. Para verla haga clic aquí.

Este servicio, con contenidos especiales y enfoques propios de las principales noticias del día, será parte de la App que lanzaremos próximamente.
   

88
35

Otras Noticias