Rafael Loayza Bueno

Ojos verdes, piel canela

miércoles, 3 de junio de 2020 · 00:08

¿Quién es más racista? ¿El políticamente incorrecto e incontenible Ministro de Minería que piensa que por rubio se libra de ser singularizado de masista? ¿Quiénes piensan que negar tener ojos cafés y cabellos lacios es una agravio a los que sí los tienen?¿O quienes de la autoridad se burlan porque se parece más a nosotros (los cholos) que a Brad Pitt y pretende una “superioridad estética” que no tiene?

El resultado de esta controversia muestra que en Bolivia ser blanco involucra prerrogativas de poder todavía políticas. Sin embargo, quien las expone debe certificar esa condición con más urgencia que quien se asume de “originario”. Así, siendo que la condición étnica está situada históricamente como subalterna, los indígenas ostentan su condición racial con mayor vanidad que los “no-indígenas”. De ahí que el castigo mayor al Ministro por sus comentarios harto desacertados no vino por ser racista, sino por creerse blanco.

En términos políticos, si para los indígenas la adscripción étnica es un acto de afirmación de ascendiente común, para los “no indígenas” la “negación” de tal condición es la que tiene carácter público. Es decir, mientras el indígena afirma ser tal cosa, el “no indígena” niega ser el otro. No solamente me refiero a cómo los castellano hablantes en los sucesivos censos (2001, 2012) escogieron entre las opciones de ascendiente étnico, a aquella que no se anexa a grupo alguno, sino a las implicaciones políticas derivadas de semejante elección. Así, los bolivianos parecen estar parcelados entre “indígenas” masistas y “no indígenas” que se le oponen férreamente al MAS.

Pareciera que la encarnación racial en Bolivia elude la concertación en las categorías opuestas (“indígena”/“blanca”) pues gran parte de quienes niegan el ascendiente étnico se adscriben vertiginosamente a la categoría de mestizo y correlacionan sus preferencias políticas (su añoranza a la denominación republicana del Estado y oposición a Evo Morales) a su personificación mestiza. Entonces, mientras en uno de los polos están transparentemente los indígenas, en el otro están los “ningunos” mimetizados en el confort del “color mezclado”.  Por lo tanto, si la negación del ascendiente étnico es el aspecto notable de la autoafirmación del “castellano hablante”, el ocultamiento de su racialidad es el más interesante de su personificación.

¿Porqué los blancos tienen más pudor de reconocerse como tales, mientras los indígenas lo hacen con menos tapujos?. Al respecto, Richard Dyer afirma que en el contexto de las sociedades postcoloniales existe una construcción fetichista del “otro racializado” que pesa más sobre “indígenas originarios” que sobre los descendientes de los europeos. Pues bien, en los procesos de personificación de los q’aras en Bolivia se produce una conjunción entre recato y vergüenza sobre quienes tienen ascendiente ibérico producto, precisamente, de los procesos de diferenciación postcoloniales. Paso a explicar:

1. Los descendientes de los colonizadores monopolizaron el discurso de “autoridad” y “poder” resultantes de la ocupación europea que los separa de aquellos que han sido históricamente inferiorizados por los procesos de esclavitud, servidumbre y ponguaje. Por lo tanto, “no han sido segregados, y eventualmente marcados en el discurso y el lenguaje” merced a sus cataduras raciales.

Así, los blancos aparentan no estar racializados. Hommi Bhabha afirma que este sentido de autoridad ha sido construido a partir de un “una “compleja estrategia de reforma, regulación y disciplina” que se apropia del “otro” mientras visualiza el poder de “uno”. A este sentido de autoridad lo llama “mimetismo” y lo define como “la representación de la diferencia a partir de la negación del “otro”. Negar al otro es, entonces, la acción constitutiva de autoafirmarse “uno”.

Ahora bien, el discurso republicano de 1825 ha hecho que el dominio colonial sea visto como opresor de las libertades individuales particularmente indígenas y, tangencialmente, criollas. Ciertamente, ha sido construido sobre el sentimiento de culpa del ascendiente dominante en una transacción paradójica. Por un lado, la ocupación ibérica ha conculcado los derechos y libertades generales de los indígenas, que han sido racializados de forma inferiorizante, y, por el otro, los derechos a la representación política de lo españoles nacidos en América (de los criollos) también conculcados por cuestiones de linaje. 

En el momento fundacional de Bolivia los indígenas y criollos entraron en una colusión de intereses compartidos que, sin disminuir las categorizaciones inferiorizantes, ha logrado la fundación del país. En el momento de la génesis nacional esta alianza ha sido construida sobre los preceptos paternales del poder colonial y sobre los sentimientos de culpa del ejercicio de tal autoridad.

2. Así que ser descendiente español conlleva la culpa de la opresión indígena y la vergüenza de la genealogía sin linaje.  Sin embargo, aún cuando el blanco se niegue a llamarse tal cosa, actúa como tal, representando la condición dominante. Pero ya que ser blanco es también un acto de certificación de ascendiente europeo, que conlleva la suspicacia de ser intrínsecamente racista, el q’ara prefiere el confort de no adscribirse a ningún grupo étnico y escoger el mimetismo de la adscripción racial más neutral, el mestizaje. 

Esto se produce principalmente ya que el dominante tiende a ser más autentificado que el dominado, precisamente por sus prerrogativas de poder. Es decir, ya que el poder deviene de su ascendiente, entonces para ejercerlo, debe autentificarlo. Un ejemplo interesante de esta certificación es que antropólogos, periodistas, cronistas y políticos empezaron a dudar del ascendiente indígena de Evo Morales sólo cuando éste se encumbró como Presidente de Bolivia. Salvando las distancias, lo mismo le ha sucedido a Vásquez.

En conclusión, siendo que los blancos están vigilados, y autenticados por sus prerrogativas de poder, llamarse uno mismo “descendiente directo de los españoles”, lleva la responsabilidad de demostrar una condición de la que la sociedad exigiría evidencia y presenta suspicacia.

El reciente escándalo de las declaraciones del titular de Minería muestra que el color de los ojos, el de la piel y los acentos del lenguaje son –tal vez hoy más que nunca- un penoso insumo para reproducir un racismo, que está cada vez más presente en el lenguaje de la política.

Rafael Loayza Bueno es es cientista social y docente de la UCB La Paz.

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