Jorge Patiño Sarcinelli

Vidas estranguladas

viernes, 5 de junio de 2020 · 00:11

Al comienzo no nos contaron todo; nadie sabía. Era un virus lejano y misterioso. Después dijeron que era apenas una cuarentena que, como su nombre lo sugiere, debía durar cuarenta días; menos, con suerte. 

Quisimos creer que serían 14 con un optimismo que hoy parece estrafalario. Pero ya descubrimos que cuarentena es algo que puede durar 40 días o 40 semanas. Hay señales de esperanza aquí y allá, pero ya queda claro que esto tira para largo y todavía no hay santo ni remedio que nos saquen de este entuerto.

No pudimos hacer nada para evitarlo y ahora no sabemos qué hacer con este pedazo inesperado de vida que nos vemos obligados a llamarla nuestra y encontrarle lugar y sentido existencial.

Del miedo, la novedad y la especulación hemos pasado a la aceptación, la frustración y el tedio. Es posible que nos devuelvan un día la vida que teníamos antes -eso está en veremos-, pero no cabe ya duda de que el virus nos ha robado un pedazo de vida, o, mejor dicho, nos ha cambiado unos meses de vida por otros: este inserto que estamos ahora viviendo. Y temo que perderemos en el trueque si no encontramos un bien que compense el mal. 

Echémosles la culpa a los chinos, a la ineficacia y corrupción del gobierno, a la globalización, a la irresponsabilidad del MAS o al imperialismo, si esto nos hace sentir mejor, pero ni desafiando la cuarentena eludimos el hecho de que, aunque sigamos al volante, nuestra vida está en otro sendero.

Este reconocimiento no es trivial. La aceptación en este contexto no es simplemente “recibir sin oposición o con resignación algo que se nos da”, como dice el mataburros, sino que adquiere el sentido metafísico de recibir algo que nos sucede abrazándolo, entendiéndolo como algo que es bueno por el simple hecho de que nos lo ha dado la vida, o Dios, si se prefiere. 

¡Cuántos planes desbaratados, cuántas vidas desviadas de su anterior curso, cuántas han sido truncadas! De a poco nos vamos dando cuenta del verdadero impacto de la pandemia y de la cuarentena no sólo en las estadísticas frías sino en las pérdidas personales, muchas de las cuales ni entran en los números. Si no te has muerto, tus percances son solo molestias pasajeras.

La cuarentena –ya podemos hablar de “ella” como algo que ha saltado de las páginas médicas y ha adquirido vida fantasmagórica propia- nos ha pescado donde nos ha pescado, y ahí está nuestra vida congelada, esperando que alguien de luz verde a la normalidad. Y cada vez que otro puede decidir el rumbo de nuestras vidas, sentimos nuestra libertad estrangulada; peor cuando ese otro es un burócrata.

Es obvio que vivíamos una ilusión, la de que controlábamos nuestras vidas, de que si no era por el virus, todo hubiese seguido su curso normal. ¿Normal? En esa supuesta normalidad siempre estuvieron al acecho los caprichos del destino, y los privilegiados que sólo hayan sufrido un encierro involuntario podrán darse por felices de vivir para contarla. 

Bodas postergadas, viajes cancelados, familias partidas, funerales solitarios. Conozco a quienes han perdido un hijo, un abuelo o un amigo, por el virus o durante la pandemia, ¿qué más da el motivo? La vida nos ha dado  un periodo triste y complejo que nos pone a prueba. 

En unos años, los que estén por aquí se podrán preguntar qué hubiese sido de sus vidas si no hubiese sido por la pandemia. Ahí se bifurcaron los senderos y, como en el jardín de Borges, hay una vida que siguió por el otro, que podemos imaginar pero ya no recuperar.

Por más capaces que seamos de una verdadera aceptación espiritual, nadie podría decir que esto que nos pasa es mejor que lo que estaba en la partitura original. No lo es, y para muchos por mucho.

Estos son días de tristeza nacional (y mundial). No han terminado todavía, preparémonos para lo que viene; las circunstancias todavía requieren fortaleza, paciencia y solidaridad; sentimientos tal vez mundanos pero siempre más difíciles en los hechos que en los dichos.

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

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