Óscar G. Prada Pizarro

Burbuja política bajo la sombra del colapso

miércoles, 1 de julio de 2020 · 00:09

Presagiando el final, cual pasajeros aterrados en medio de una carrera desenfrenada a lado del barranco, observamos incrédulos cómo la chofer discute con su copiloto sobre cuándo, cómo y quién conducirá el próximo tramo. Sorprendió al mundillo político el carteo entre dos mujeres poderosas, a pasos de distancia, como dos despechadas por el ausente siempre presente, ese mismito que pareciera estar un paso por delante y que pone la música para que todos bailen. Bastaba cruzar la calle, mas prefirieron la lógica del MAS, del quiebre y el desamor. “Dos mujeres, un ladino”, parece ser el título de la telenovela. Y es que la choca y la morena desayunan, almuerzan y cenan en y del compás electoral. La segunda se lleva un punto de la vacilante inconsistente al haberle arrancado la convocatoria a elecciones para el 6 de septiembre. Entre tanto, en Buenos Aires, hay alguien, con cara de viejo tanguero, que sigue suspirando añoranzas de poder.

La senadora, quien por un momento clave pareció desligarse de los grilletes de los fuertes del régimen y que insinuó un rostro conciliador, fue nuevamente controlada o, si se quiere, entró en su razón y naturaleza. En fin, un Evo a la Copa. Mientras tanto, la del sillón aguanta una de Myriam Hernández: “Te pareces tanto a él”, aunque para nadie sea un consuelo. Y es que a la presi- candidata o cándida-presi todavía no le cabe la emoción en el pecho y costura conjeturas políticas, de la misma forma que las cocinan los huidos. En definitiva y al parecer, ninguno de éstos, ni los restantes en lista de espera, piensan en el país, la gente, la calamidad ni, mucho menos, en la oportunidad para la reconciliación, la aceptación, el encuentro, el compromiso, la construcción, el pacto…

Los descorazonados e indignados presenciamos la verborragia incontinente, las campañas de baja intensidad, los dictados del marketing político, el enano autoritario y el narciso gigante detrás de las figuras, la fisura de la polarización… y ya no los soportamos, ni menos, entendemos.

Parte de la incertidumbre del día después está en si la emergencia sanitaria y descalabro económico sacarán lo peor o lo mejor de nosotros. Si el insaciable capital permitirá otra realidad que no sea la suya o, por el contrario, seremos capaces de un nuevo tipo de economía que se reconcilie con la naturaleza y con la razón; si alzaremos los muros del egoísmo y la xenofobia o plantaremos la semilla de la aceptación, la solidaridad y la generosidad; si sobreviviremos la distancia física de largo aliento, los tapabocas y el apretón de látex o nos reencontraremos con los valores humanos más nobles y sanos en un ejercicio resiliente forzado pero triunfante; si viviremos bajo la voluntad de los vivos de siempre o edificaremos una democracia más participativa y justa; si continuaremos aterrorizados y fragmentados o podremos ser libres y unidos. El suspenso es varias veces más grande que el generado por la industria de la lágrima fácil, pasión turca de conocido fanático confeso.

Como vamos, lo cierto es que no encontraremos la llave, ya que la buscamos bajo el alumbrado público (políticos), no donde la perdimos (ciudadanía). Tal vez sea el tiempo -el más urgente y necesario de todos- de no rendirse a los vientos interesados. Sentimos en nuestra piel que la salida al conflicto de octubre y noviembre pasados fue miope e insuficiente, circunscrita a la mera sucesión constitucional, que terminó por resignar la demanda del movimiento a un mero cambio de manos, de distinta bandera, mas de la misma cultura y sistema, en medio de la más pura frivolidad. Ayer extraviaban la medalla y la banda en un prostíbulo, hoy visitan a Antonio implorando por un poco de astucia.

Este es el momento de actuar. Aunque estemos bajo arresto domiciliario semivoluntario y vivamos bajo el terror que ametrallan los medios tradicionales y las redes, tenemos la obligación de dialogar y encontrar consensos. Sin exponernos gratuitamente, hace falta desoír y descreer bastante a la élite política y los burócratas en su burbuja para ocuparnos de los asuntos urgentes e importantes.

Haciendo a un lado la tragedia y el luto, es precisa la mirada de largo aliento y darnos cuenta de la oportunidad. Los retos ya no toleran maquillaje. Debemos resolver la crisis económica de la mano del cambio del patrón productivo, la inteligencia medioambiental, la cultura de la desaceleración y el desarrollo humano; una mudanza de modelo social mediante la construcción de una sociedad equitativa, integradora y de bienestar social para todos, además de plantear la soberanía alimentaria como derecho; una revolución democrática capaz de ir más lejos del necesario asesinato del caudillo y de las estructuras vetustas, de la reinstitucionalización, equilibrio de poderes, alternabilidad y rendición de cuentas, hacia uno donde sea tangible la participación ciudadana en la toma y construcción de las decisiones, y una auténtica reforma educativa que deje los anacronismos, la repetición memorística y los nacionalismos vacuos para abrazar los valores humanos, la investigación y la tecnología digital, además del respeto a la naturaleza y al otro.

La crisis múltiple amenaza con llevarse a la humanidad por la vía del colapso. Sólo para Latinoamérica, agoreros del FMI prevén el ahogo: casi diez metros debajo de la línea de flotación del PIB para este año. Es hora de dejar de pensar en términos mezquinos sobre a cuál político y cuándo le tocará usar el coche, para fundar un compromiso consecuente con la vida más allá de la pandemia y consistente con la necesidad de un amplio y genuino acuerdo social.

Óscar G. Prada Pizarro es periodista.

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