Juan Antonio Morales

El desconcierto y la ilusión

martes, 14 de julio de 2020 · 00:11

La característica  más saliente de la pandemia que estamos sufriendo es la incertidumbre. No se sabe cómo ni cuándo terminará; tampoco podemos indicar con precisión qué efectos económicos tendrá. Reina el más grande desconcierto.

Junto con la expansión del coronavirus ha habido una eclosión de artículos académicos, como lo hacía notar la revista inglesa The Economist (7-5-2020). Hasta fines de abril se habían publicado más de 7.000 artículos, pero hasta ahora no se ha dado en el clavo. Se tenía la ilusión de que ante tanta materia gris reunida se podía contar pronto con una vacuna o con un tratamiento general para la enfermedad. Desafortunadamente no es así, sin desconocer que hay notables mejoras en los tratamientos, sobre todo de casos graves. Revistas tan prestigiosas en el mundo médico como The Lancet han tenido que desdecirse en algunos casos. Las volteretas de la  misma OMS la han dejado con abolladuras en su reputación.

No comentaré sobre los resultados médicos, que no es mi especialidad. Me limitaré a decir algo de los modelos epidemiológicos, generalmente extensiones del modelo SIR ( S por susceptibles, I por infectados, R por recuperados). Con base en estos modelos se ha estado pronosticando escenarios, a cuál más catastróficos. Los modelos  no parecen tener el valor predictivo que se les asigna y  se han constatado grandes márgenes de error en sus pronósticos. El problema está en que esos  modelos son  muy mecánicos y tienen la deficiencia de lo que los econometristas  (yo estoy en esta cofradía) llamamos variables omitidas. No toman en cuenta la estructura por edades de las poblaciones, la temperatura, la humedad, la altura, la exposición a los rayos solares, las condiciones iniciales de los sistemas de salud, las medidas de contención de la propagación, el régimen de gobierno, el grado de disciplina de la población y, por último, la suerte. 

Aún con mejores modelos, países comparables según  las variables de control mencionadas (exceptuando la suerte, que es inobservable), han tenido desempeños disímiles con relación a la pandemia. ¿Por qué? No cabe duda que los modelos ayudan, pero se tiene que guardar una buena dosis de discernimiento. 

Lo que sí se sabe con certeza es que no hay una cura milagrosa ni santerías para el coronavirus. Al escuchar las  prédicas de  los charlatanes que ahora abundan, parece haberse  regresado al siglo XVIII, como lo pinta Daniel Defoe en su Diario del año de la peste. 

Siguiendo el viejo adagio médico de que no hay enfermedades, sino enfermos, se ha de subrayar que ha habido progresos en los tratamientos, dependiendo mucho del paciente. Las cifras internacionales indican que el porcentaje de recuperaciones está en aumento, lo que es una buena noticia. 

Hay desconcierto también con relación a las medidas para evitar la propagación. Las cuarentenas generalizadas para achatar la curva de infectados tienen altísimos costos económicos y el sufrimiento que causan  a nuestros conciudadanos más vulnerables es muy significativo. Además, las cuarentenas tienen una vida limitada, producen fatiga y plantean los  hasta ahora irresueltos problemas de cuándo y cómo salir de ellas en mejores condiciones que antes de su aplicación. El beneficio principal y tal vez único que tienen es el de ganar tiempo. ¿Lo habremos ganado nosotros?

Medidas menos radicales, basadas en una amplia y veraz información a la población así como en su cooperación, y tests masivos tanto para detectar a los infectados como para aquellos que han desarrollado anticuerpos, posiblemente podrían tener los mismos efectos de contención, sin tener costos económicos tan altos. 

Vietnam, Cuba, Corea del Sur, Taiwán han llegado a controlar la pandemia sin recurrir a cuarentenas estrictas. Vietnam y Cuba lo han hecho gracias a su infraestructura de atención primaria de salud, que les la permitido  identificar tempranamente los focos de infección para aislarlos.  La solución no está solamente en confinamientos generalizados y en hospitales de tercer nivel (con respiradores).
 

 

Juan Antonio Morales es profesor de la Universidad Católica Boliviana y expresidente del Banco Central de Bolivia.

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