Antonio Soruco Villanueva

La lealtades en tiempos de crisis

miércoles, 15 de julio de 2020 · 00:10

La pandemia del coronavirus ha descubierto la fragilidad de las lealtades, falsos amores,  egoísmos individuales y también manifestaciones de solidaridad,  cariño y valentía impensables en tiempos normales, especialmente de los equipos médicos y sanitarios, policías, fuerzas armadas, gobernadores, alcaldes, ministros, etc., cuyos trabajos y obligaciones les exigen exponer su vida y la de sus familiares todos los días.

El arte de simular es la principal arma del ser humano, cuya inteligencia le permite reforzar aspectos deficientes, suplir los ineficaces e imaginar medios artificiales para aumentar su capacidad ofensiva y defensiva. Si bien en el reino animal se pueden apreciar formas y disfraces que ayudan a las especies a sobrevivir y alimentarse, ninguna puede compararse con los múltiples y complejos  disfraces  con que  el ser humano se camufla para alcanzar sus objetivos y luchar contra sus semejantes.

Para  vislumbrar o desnudar al verdadero ser íntimo, aquel  que vive emboscado en el interior de cada ser,  hace falta enfrentarlo  con situaciones imprevistas, con desastres naturales o pandemias; con la pobreza y también con la súbita riqueza, especialmente  aquella que no guarda relación con el sacrificio que amerita, y solo entonces podremos observar la metamorfosis que se produce y que deja al descubierto noblezas ejemplares o  viejos resentimientos, oscuros deseos y una dosis de egoísmo y soberbia que sorprenderá a familiares y amigos.

Siempre me ha asombrado la metamorfosis que sufren la ética y la moral de las personas en el transcurso de la vida al extremo que no sé, si éstas dependen de cada naturaleza o educación recibida o simplemente son  producto de la situación social y económica coyuntural que vive cada ser. Como decía Hermann Hesse “el ser humano no es ni bueno ni malo, sino alberga en sí todas las posibilidades, siendo capaz de los mayores sacrificios y entregas y al mismo tiempo actuar con la mayor crueldad, realizar las mayores vilezas, traiciones y bajezas”.

Como sabemos, la ética y la moral son las responsables de la conducta del ser humano y determina su egoísmo o altruismo y especialmente su modo de actuar que es finalmente  el que  lo califica y define. La ética en particular es una obligación autoimpuesta, libre y voluntaria que cada ser asume para sí con la finalidad de perfeccionar su existencia o ser “mejor persona”, compromiso que lo obliga a encauzar sus actos hacia una vida recta y virtuosa que según Aristóteles es el medio por excelencia para alcanzar la felicidad. La ética nada tiene que ver con los castigos o premios, sean éstos materiales o divinos, es una actitud, un comportamiento que se origina en el fuero interno, autoimpuesto que nos permite vivir mejor, en paz consigo mismo.

Como la novela de Kafka que describe la transformación de un hombre en un escarabajo, algo  parecido sucede con ciertos personajes que adquieran poder o dinero. Se vuelven agresivos, soberbios, malagradecidos e indiferentes. Su súbita metamorfosis  es una muestra de su inferioridad y de su latente resentimiento que sale a flote en cuanto las posibilidades lo permiten o al revés, se esconden cuando ponen en peligro su aterciopelada vida social o pública.

La mayor inmoralidad es predicar las virtudes que no se practican, especialmente en tiempos difíciles cuando las circunstancias exigen dar lo mejor de nosotros y mostrar la nobleza  y la  solidaridad que pregonamos en tiempos felices. Las éticas falsas o encubiertas no faltan comenzando por Judas Iscariote, que aparentando ser el apóstol más fiel y solícito de Jesús acabó por venderlo por unas cuantas monedas de oro, los fanáticos religiosos que viven predicando virtudes al interior  de los templos que en su vida diaria no las ejercen, políticos que alardean servir al pueblo y que solo les interesa el poder y la gloria o de aquellos padres, que olvidan las obligaciones que se derivan de la paternidad o maternidad y peor aún, de aquellos hijos , muy solícitos y cariñosos mientras eran dependientes y que se tornan egoístas e indiferentes cuando alcanzan su independencia sentimental o económica , olvidando sus deberes filiales con quienes les dieron la vida y lucharon para lograr lo que hoy alardean ser.

 

Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

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