Oscar G. Prada Pizarr

Los expulsados del paraíso

jueves, 16 de julio de 2020 · 00:07

Mi madre termina su Padrenuestro con un ligero pero significativo cambio: “…no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del MAS. Amén”. Al infinito y más allá que la evocación al evaporado y a de 14 años de ineficacia, corrupción y autoritarismo, lo que en realidad detesta ella, quien nunca dejó de asistir a sufragio alguno, es la sensación que este sistema la está expulsando, junto a una gran parte de electores, por considerarla innecesaria e irrelevante. Es inaceptable que la clase política nos ponga en el dilema de la urna para votos o la urna de las cenizas, la renuncia obligada a nuestro legítimo e histórico derecho para sobrevivir o arriesgar la existencia para cumplir, decidir y elegir.

Se dice que la democracia es como el aire, pues sólo nos percatamos de su irremplazable y vital importancia cuando no la tenemos. El problema es que la atmósfera está poniéndose apestosa. El camino peligroso que podríamos transitar como colectivo es que estos comicios, de darse, generen hipoxia en lugar de fortalecerla. Y es que, valga la aclaración, el voto no es necesariamente el summum del Estado de derecho, hay gobiernos autoritarios legitimados por amplios caudales de delegación, como el del envilecido desvanecido.

Al gobierno transitorio, legal pero ilegítimo, se le suma el juego irresponsable de la creciente polarización; la inoportuna, displicente e incontinente candidatura de la Presi; la mano en la lata y la irregularidad, y la inoperancia de sus operarios ante la crisis sanitaria. Los paraguas de papel intentando campear la tormenta económica y el camino de las soluciones autoritarias en lugar a las consensuadas nos colocan a todos ante la presunta inevitabilidad de la cita marcada, presiones, negociaciones y capitulaciones mediante. Es nomás una demanda genuina. Resulta vano tratar de mostrar la ladina maquinación azulina, aunque la hay.

Lo paradójico es que se buscará renovar la delegación del poder a la vez que excluirá a gran parte de la población. Si el gobierno del pueblo se basa en la amplia participación, con el consecuente derecho del voto universal, ¿no es contradictorio que en el mismo movimiento de la fiesta se prescinda de los mayores, enfermos de Covid 19, convalecientes, asintomáticos, con enfermedades de base (hipertensión, diabetes, cáncer, autoinmunes u otras), fumadores, hipocondríacos y precavidos, entre muchos?, ¿qué legitimidad y apoyo tendrá un gobierno con excesivo ausentismo?

Para graficar, los mayores de 60 años son el 7,3% de la población total –según la pirámide poblacional estimada por el INE- y al menos el 11% del Padrón Electoral, ¿cuántos sólo de este grupo no irán?, ¿o los del exterior que no asumirán su derecho? Al igual que los asintomáticos detectados y los manifiestos, calculados entre 130 y 150 mil. ¿No será un precio muy costoso para nuestra apaleada democracia por la ausencia de los que no pueden, no deben o no quieren asistir pese a su facultad y deseo de hacerlo? ¿Por qué unos cuántos decidirán marginando a este importante grupo?, ¿cuál será su nivel de legitimidad e, incluso, legalidad alcanzada? ¿No será que nuestro país sufre de autoritarismo asintomático?

Transitamos por varios inconvenientes y crisis. De un primer gobierno emboscado por el Legislativo, a varios de la democracia pactada, cuoteada y negociada, para finalmente caer en uno despótico nacido de amplia mayoría, repetida y superada en los siguientes comicios. Este derrotero causa garrotera a más de uno. Sin embargo, el remedio (la accidentada y bamboleante convocatoria) es un salvavidas de piedra que, lejos de salvarla, promete hundirla. Y es que, en los hechos, excluirá a ciudadanos arrebatándoles derechos y capacidades políticas plenas. A nuestros manipuladores indolentes no les interesa, confían que el miedo generalizado podría ocultar las huellas del fraude. Los sospechosos comunes están ensimismados en la campaña, encuestas, cálculos e intereses, y no se dan cuenta que para salir del embrollo múltiple se debe concertar. Se declaran defensores de la democracia a la par que atentan contra ella. Tan ensimismados en su temerario juego, no les importa el riesgo.

La emergencia comenzó a discriminar a los mayores, entre otros grupos vulnerables. El confinamiento preventivo, la fractura familiar, la ausencia de abrazos, el impedimento a producir y la soledad agudizan el abandono social hacia un invaluable e intangible capital, vasto conocimiento y experiencia, que construye identidad, nos habla de caminos andados y nos proyecta, a la vez que nos humaniza como sociedad de altos valores.

Los escaldados queremos ampliación y radicalización de la democracia, más allá de elecciones tradicionales, al margen de los líderes insensibles, del sistema y cultura política que los arropa. Preexiste un agobio más profundo que la mera urna. Está la urgente necesidad de un pacto nacional construido desde la aceptación al otro; la inclusión, involucramiento y participación amplia; el reconocimiento de los conflictos y visiones distintos, y el diálogo que busca de soluciones… la voluntad y posibilidad de cambiar las cosas desde el llano.

Oscar G. Prada Pizarro es periodista.

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