Juan Pablo Guzmán

Marcelo, faro y paradigma

jueves, 16 de julio de 2020 · 00:10

Conocí por primera vez a Marcelo Quiroga Santa Cruz en el año 1979, en la sede del Partido Socialista Uno (PS-1) en La Paz, una estrecha oficina ubicada en el segundo piso de un viejo conventillo de la avenida Pérez Velasco, sostenido en pie apenas por un soplo de eternidad antes que por sus ruinosas paredes, donde se instalaban un sinfín de  locales de notarios, abogados, fotógrafos y hasta adivinos.

La presencia de Marcelo marcaba un contraste alucinante con los viejos muebles del lugar, el piso de madera que se rechinaba hasta con un suspiro, los ventanales ruinosos y algunos afiches  descoloridos pegados en paredes de estuco fabricado en una era perdida. Él proyectaba un aura que parecía iluminar inexplicablemente su entorno, archivando en el olvido todo lo que antes se dibujaba como gris y herrumbrado.

Delgado y erguido como un torero, llegó al lugar enfundado en un traje azul oscuro, sin corbata, camisa blanca, zapatos pulcramente lustrados y un abrigo también azul, del que se despojaba en una ceremonia  rigurosa, que parecía impuesta por un protocolo de  quirófano. “Compañeros y amigos, gracias por estar aquí esta noche”, dijo, al abrir una reunión en la que permaneció siempre de pie, sin esbozar un gesto de sonrisa, aunque con una mirada aguda y de paz que hacía estaciones en cada uno de los asistentes.

Su palabra tenía la magia encantadora de los hechiceros inmemoriales. Las oraciones que pronunciaba eran perfectas, con milésimas de segundos de espacio vocal tras una coma, un segundo para el punto seguido, dos para el aparte. Énfasis donde correspondía, tono exacto para que la palabra “lucha” suene en los tímpanos como un martillazo, y para que “pasión” inunde el aire de un torbellino de euforia.

Para un imberbe adolescente como yo, estar allí, estrechar la mano de Marcelo, verlo, oírlo y descifrarlo era, además de un privilegio, una comunión fantástica con el ídolo, no en el sentido religioso ni místico, sino en el significado del guía que alumbra, del maestro que descifra el mundo con palabras cautivantes.

Marcelo transmitía esa presencia imantada  en cualquier acto político. Recuerdo uno, en la simbólica Garita de Lima, donde los jóvenes de colegio y universidad organizamos un mitin programado para las 18.00, en el que el líder tenía planificado hablar a las 18.30. Y así fue. Los oradores previos balbuceamos algunas ideas sobre “la coyuntura” en discursos improvisados, ante pocas decenas de asistentes, gran parte de ellos curiosos, comerciantes de la zona o desprevenidos, quienes nos ignoraban con una impávida indiferencia.

Ni siquiera teníamos suficiente gente para cortar el tráfico, por lo que micros, colectivos, camiones y taxis circulaban libremente alrededor de la plaza, hasta que… comenzó a hablar Marcelo, a las 18.30. En punto. En ese instante todos volcaron su mirada y atención hacia él. Los transeúntes paraban el paso, los conductores bajaban la velocidad de sus coches, las “caseras” calmaban a sus bebés para escucharlo. Quiroga Santa Cruz podía fabricar esas burbujas atemporales, ajenas al mundo del que surgían.

¿Apología? No. Marcelo administraba esos dones, fruto de una inteligencia cultivada con disciplina, en  la que el verbo de su palabra tenía la diáfana capacidad de explicar, con la precisión de un relojero y la magia de un alquimista, desde las tareas rutinarias que deberían cumplir los militantes del partido, hasta la génesis del ser boliviano, apoyado en ideas que citaba de la política, la literatura y la filosofía, como cartas manejadas hábilmente por un gitano.

Estos días, y más, el próximo 17 de julio de 2020, seguramente se dirá mucho de Marcelo Quiroga Santa Cruz, al cumplirse 40 años de su asesinato. Habrá muchos artículos y letras para recordarlo. Estas, apenas quieren rememorar las sensaciones que, hace cuatro décadas, inspiraba Marcelo en sus seguidores, que de un puñado de hombres y mujeres se transformaron luego en miles.

La memoria de Quiroga Santa Cruz se ha ganado el derecho a la perpetuidad, y hoy,  quienes lo evocamos con la inevitable nostalgia de lo perdido, haríamos mal en silenciar nuestra  fidelidad a su temperamento.

En una  entrevista a radio Fides, en 1971, Marcelo se dibujó a sí mismo y a sus principios, al declarar: “… no podría aceptarme a mí mismo, en condición de intelectual, si no fuese capaz de decir, en todo momento, y a pesar de cualquier consecuencia, aquello que pienso”.

Así lo hizo y pagó el precio más alto por ello. Quizás por eso, es inevitable entremezclar la devoción con la tristeza. 40 años después, la aflicción es aún irrefrenable porque con él seguro Bolivia hubiera sido distinta y mejor. Porque Marcelo fue lo mejor que esta tierra dio a sus hombres y mujeres en décadas de sequía política e intelectual, que aún hoy padecemos, casi resignados a la mediocridad.

Parafraseando a Albert Camus, podríamos decir hoy que la guerra sin uniforme en la que cayó Quiroga Santa Cruz no tiene la terrible justicia de la guerra a secas, en las que los proyectiles del frente hieren a cualquiera, al mejor y al peor. No. En la guerra indecible en la que perdimos a Marcelo, fueron los mejores los señalados por las balas, los mejores que se ganaron el derecho a hablar, pero perdieron el poder de hacerlo.

Juan Pablo Guzmán es periodista.

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