Max Murillo Mendoza

Defensoría del Pueblo: diagnóstico de la prepotencia

domingo, 19 de julio de 2020 · 00:08

Otra de las instituciones que fue destruida totalmente por Evo Morales fue la Defensoría del Pueblo. Evo Morales impuso, como en varias instituciones, a un personaje ignorante y folklórico como David Tezanos Pinto, simplemente porque era “evista”, como dicho personaje lo manifestaba abiertamente. Sus acciones dejaron mucho que desear y la izquierda se calló miserablemente ante eso. Ni una crítica de su parte, ni un documento de análisis al respecto, etcétera. Hoy la Defensoría del Pueblo está destruida, requiere por supuesto una reestructuración y reingeniería para resucitarla y ponerla en vigencia otra vez por su importancia.

La enumeración de estos hechos sería abultada; además, a estas alturas de la politización de la miseria boliviana a nadie le interesa. Entre toros no hay cornadas. Este pequeño diagnóstico a propósito de la Defensoría del Pueblo tuvo también un efecto nocivo en el tiempo: la derechización de las clases medias. Estos actos de prepotencia gubernamental y cinismo político del anterior régimen empujaron al deterioro del manejo de la cosa pública, como del resentimiento profundo de las clases medias. La ausencia de ética y visión política estratégica de las clases altas que gobernaron con Evo Morales llevó a la crisis profunda en la que nos encontramos.

Debemos insistir en la ausencia de crítica y visión histórica de la izquierda tradicional boliviana, culpable de tantas tragedias e incluso masacres sangrientas a lo largo de la nuestra historia. Izquierda de clase alta frívola, sin conocimientos científicos de nuestras realidades, que sólo apuesta al poder por el poder para satisfacer sus traumas profundos. Incluso hoy nada dice de la coyuntura, desde la perspectiva de la crítica y del pedir perdón al pueblo por los muertos y heridos.

De ellos imposible esperar que mueran en las trincheras. Están fuera del país felices y con sus negocios a cuestas, o asilados en embajadas, también felices, y esperando renovar sus negocios a cuestas. Esa es la historia de la izquierda en Bolivia. Las excepciones ya murieron, como Marcelo Quiroga Santa Cruz, entre otros pocos, muy pocos.

La Defensoría del Pueblo, destruida por Evo Morales sólo para mostrar su prepotencia frente al país, tiene que ser resucitada por su importancia; en momentos en que la desestructuración institucional llega a extremos brutales, de todos los lados, de todos los bandos políticos. Porque en el desorden sobresalen siempre los pendejos de la tragedia, quienes viven de muertos y visiones trágicas de la política. Como siempre, en todas las historias, el pueblo está abandonado y expuesto a los abusos cotidianos como estructurales de siempre. Y la inexistencia de justicia en Bolivia acelera estos abusos a millones de bolivianos.

Después de notables, como Ana María Campero, empezó la devaluación de la Defensoría. La utilización política y la desinstitucionalización posterior. Estos momentos son los peores de su corta historia. Totalmente destruida, conducida por gente que proviene precisamente de aquella izquierda frívola y de clase alta. Sin visión alguna del conjunto del país, con mentalidad ideologizadas en la Guerra Fría del siglo XX, viendo fantasmas del imperio hasta en la sopa.

En estos meses de crisis política y pandemia, su papel perjudicó terriblemente a las clases más pobres. Creen que gritar consignas en concentraciones de masas es favorecer al pueblo. Pues vemos con claridad esa total falta de análisis de coyuntura, como de visiones institucionales coherentes.  Flaco favor precisamente para los más pobres.

Todos esos profundos errores llevaron a radicalizar y derechizar a las clases medias citadinas hasta la implosión de octubre y noviembre del año pasado. No fue el imperio y otros fantasmas inventados por esta izquierda, sino estos errores de las clases altas de izquierda que llevaron a su derrota, a la derrota de un proyecto soñado, cierto, por sectores populares; pero traicionado por estos sectores de clase alta. Hoy regresamos a lo señorial en  las instituciones, pues la izquierda de clase alta no sentirá demasiado este cambio. Al final sus parientes regresan al poder. Es el pueblo otra vez perjudicado, como siempre, y en las calles, como siempre, ante su miseria y abandono total del Estado colonial republicano.

Las clases altas bolivianas, ante su inutilidad de haber construido imaginarios y visiones de Estado y nación, se cobijan desde siempre en la izquierda y la derecha. Siempre están en el poder; unas veces con camisetas azules y otras con camisetas verdes. No les interesa mucho el color, sino que el gato case ratones, como decía el gringo Sánchez de Lozada. En el anterior régimen se vistieron de azules; por supuesto que jodieron el proceso desde adentro. Boicotearon desde los primeros días, boicotearon desde adentro de la Constituyente, con los abogados que jamás creyeron en los cambios, como el famoso abogado de Evo Morales: Héctor Arce Zaconeta. Abogado absolutamente anti indígena, culpable de tantos errores del anterior régimen, pero defendido y querido por el prepotente Evo Morales.

Bolivia siempre estuvo destruida y traicionada por sus clases altas, por sus características históricas. Nada desconocido, nada de otro mundo. Hoy volvemos a construir todo, volvemos a soñar otra vez para seguir esos derroteros de nuestras nacionalidades. El pueblo está otra vez arriesgando su vida en las calles, frente a un enemigo realmente socialista, como el coronavirus, que no distingue de clases sociales ni castas, pero que se ensaña contra los más pobres, precisamente. Y las clases altas de izquierda están a buen recaudo, ya gozaron del anterior gobierno.

Max Murillo Mendoza es ciudadano boliviano.

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