Lupe Andrade

Realidad y alternativas en un nuevo mundo

miércoles, 22 de julio de 2020 · 00:11

Esta columna, que tiene muchos años como su autora, quiere ser positiva, optimista y generosa.  ¡Ay! En estos tiempos, no ha habido mucho que festejar, ni razones para un optimismo que tendría que ser ciego.  

Bolivia tiene mucho que ofrecer a ciudadanos y visitantes: es un país hermoso, variado, amigable, con comida deliciosa, trato gentil, culturas antiguas que todavía tienen vida, diversidad y paisaje.  Y sí, Bolivia es un ser viviente, que actúa, que crece, que trabaja, que avanza o se equivoca, y que tiene un futuro que depende de su gente, pero también del gran mundo circundante que hoy se retuerce desesperado, ante una insólita crisis.

Se había hablado mucho del agotamiento de los recursos naturales; de la inminente crisis del agua potable, de la contaminación, de la agricultura cargada de químicos, de la exageración en las industrias extractivas de recursos naturales.  Se hablaba de los peligros que enfrenta el planeta, como de la extinción de las ballenas o de los elefantes, pero parecían temas casi tangenciales en la desenfrenada carrera hacia el “progreso”, el crecimiento económico y el poder. 

Nadie había pensado en la posibilidad de que la Tierra misma, la madre cuya paciencia parecía infinita, se sacuda, se enfurezca, y nos mande, de una especie a otra, un chicotazo general: el Covid.  Un chicotazo que llega a presidentes y magnates, a ricos y pobres, hombres y mujeres, viejos y jóvenes.  Un chicotazo que pone en evidencia nuestra fragilidad institucional así como la fragilidad de nuestros recursos personales y que exige una respuesta, un cambio de conciencia, una nueva forma de vivir.

No me refiero a la plaga misma, que en forma brillante se insinúa por cualquier ventana, brecha, rajadura o descuido hasta llegar a sus metas.  Se ha dicho suficiente ya.  Me refiero a nuestra respuesta, a nuestra falta de disciplina ante la obviedad del peligro.  Se pide, se ordena, se exige distanciamiento, y nuestra respuesta es ¡una marcha de protesta sin barbijos, en feliz y apretado hacinamiento suicida! No hay explicación racional, lo cual parece demostrar que gran parte de nuestra gente se mueve por caminos irracionales, no queriendo admitir la realidad, se encoge de hombros ante ella.

¿Qué viene ahora? Nadie lo sabe.  Y aún mirando a la muerte de frente –una muerte dolorosa, además- hay muchas personas que cierran los ojos y continúan haciendo lo que siempre hacían, creyendo que en la lotería plaguística, la Parca no les tocará el hombro.

¿Qué hacer?  No tengo la más mínima idea, porque ante la ceguera, no parece haber recurso sensato.  Por lo tanto, me veo obligada a refugiarme en lo positivo que encuentro, y lo hay,  como las evidencias de cambio y adaptación que están surgiendo en casi todos los sectores.

Eso me permite ser cautelosamente optimista respecto a las nuevas alternativas, casi geniales, que han surgido ante la crisis, especialmente en casos de abastecimiento, venta sin contagio y sobrevivencia dentro del encierro.  Esta sacudida mundial ha tumbado muchos castillos económicos y destrozado industrias enormes, pero está viendo el nacimiento de iniciativas modernísimas, como el trabajo conjunto sin contacto físico.  El internet está resultando ser herramienta de enseñanza, alternativa de trabajo, unión sin tacto; un medio de aumentar la creatividad y apoyar la sobrevivencia. 

El trabajo real, pero virtual, las reuniones intensas pero sin respiración jadeante en recintos compartidos;  la enseñanza imaginativa que va más allá del profesor que habla y estudiantes que bostezan en el aula, todo eso está en un estado de flujo y transformación.  Es posible que estemos viendo el final de muchos sistemas tradicionales, dando nacimiento a otros, algunos mejores, o quizás diferentes en formas que no podemos vislumbrar.

Esta crisis sobre todo  exige compromiso individual, más que gubernamental; conciencia personal más que social.  Cada uno debe poner su grano de arena, su compromiso firme para vencer la crisis y el dolor que nos agobia ante tantas vidas perdidas.

Aquí en mi distanciamiento yungueño  tengo un horizonte de montañas que me separan de La Paz, pero utilizo el internet que nos une pese a la lejanía.  No es lo mismo que estar en un café de San Miguel con amigos, pero escribir y saber que estas palabras serán leídas y saboreadas  tiene su propio encanto. Por ahora, es un comienzo, pero no suficiente.  Hoy ¡cada uno tiene que poner su grano de arena!

 

Lupe Andrade es periodista.

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