Jorge Patiño

La decadencia de la soledad

viernes, 24 de julio de 2020 · 00:11

Amarás a tu prójimo como a ti mismo, dijo Jesús condonando el amor egoísta. Pero es imposible amar tanto como a nosotros mismos a un prójimo embozado, quizá portador de una enfermedad mortal. 

La medicina y las medidas anti pandemia nos recomiendan mirar con desconfianza a todos y a guardarles prudente distancia, aunque sean engañosamente asintomáticos. Como el virus es invisible, la imagen alegórica de este peligro mortal es otro ser humano.

Esta pandemia nos ha hecho ver a nuestros semejantes de otra manera. Siempre hubo unos “otros” que representaban una amenaza, pero podíamos segregarlos en el imaginario bajo algún nombre siniestro, generalmente prejuicioso. El próximo, ese digno de nuestro amor, existía y no era raro que un vecino que nos diera generosamente una mano.

Una calle donde nos cruzábamos con un saludo era un paisaje más deseable que aquel donde resonaban nuestros pasos solitarios y solo los melancólicos empedernidos buscaban plazas vacías. Con todo, la indiferencia era lo más que debíamos temer de un desconocido y el “otro” era, con solo quererlo, un amigo.

Sin embargo, ahora que la amenaza del virus ha hecho de cualquier otro ser humano una amenaza, nuestra percepción de las aglomeraciones ha cambiado. Cuánto más prójimos haya y más cerca estén, mayor el peligro.

Algunos urbanistas promueven el concepto de ciudad densa. Dice, por ejemplo, Philip Yang: “Durante décadas, luchamos para  convencer  al mundo  de  que la ciudad densa es una ciudad mejor. No fue fácil encantar a formuladores de políticas con la idea de que aglomeraciones urbanas son más sostenibles por demandar infraestructuras más económicas desde el punto de vista energético y constructivo”.

Esta cita llamará la atención de todos los que profesan un horror por los hacinamientos inhumanos que producen algunas megalópolis. La cita pone también en aprietos conceptuales a los ecologistas que consideren un anatema que la selva de cemento pueda ser más ecológica que la verde. 

No aceptamos fácilmente tales paradojas. Viviendo en el campo se consume más energía; los libros consumen bosques; los transgénicos permiten dar de comer a más gente y otras verdades que chocan con la intuición ecológica.

El hecho es –o era, porque ya no sabemos cómo será el mundo después del virus– que las personas estaban en las grandes ciudades más apiñadas pero más solas. No solo solas sino, lo que era peor, infelices de estar solas. 

En tiempos idos, refugiarse en un monasterio, hacerse caballero andante o pastora, peregrino, monja o ermitaño, para meditar, orar, huir del mundanal ruido o simplemente miserear a solas alguna tristeza era una elección altiva, romántica omística.   

La soledad no era la condena humillante que castiga al hombre civilizado. Pero ya antes del virus este anhelo de soledad había perdido su halo e iba desapareciendo su vocación. 

En esta pandemia las personas han estado más aisladas que nunca en tiempos modernos; muchas de ellas solas contra su voluntad durante semanas. Muchas oportunidades de soledad enriquecedora han sido desperdiciadas en la televisión, el móvil y el internet, y la mayoría ni siquiera va a lamentar las ocasiones perdidas. 

A medida que vayamos retornando a la normalidad, como fenómeno de acción y reacción seremos tan gregarios como lo permitan las restricciones -o más, para desahogar la soledad acumulada- y la de quienes no la puedan evitar será otra vez una condena algo vergonzosa; no una elección por vocación sino la consecuencia manchosa de una incapacidad.

Hay más suicidios en la primavera porque hay más gente feliz y la felicidad ajena es como sal en la llaga de la miseria propia. En la misma lógica, paradójicamente, en esta primavera mundial de retorno a la normalidad que un día llegará, habrá nuevas tristezas y quizá más suicidios.

La infelicidad es más llevadera cuando es compartida -suerte de pobres- y la soledad solo es buena cuando es deseada. Casi lo habíamos olvidado.

 

Jorge Patiño es matemático y escritor.

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

El coronavirus ha causado la peor crisis económica que me ha tocado vivir en casi 40 años de experiencia profesional y algunos expertos anticipan que la recuperación podría tomar un par de años.

La dramática caída de nuestros ingresos ha puesto en riesgo la estabilidad financiera de Página Siete.

Para salir de la crisis necesitamos reinventarnos hacia contenidos digitales y un paso en esa dirección es nuestra nueva aplicación PaginaSietePro, que está disponible en Apple Store y Google Play.

La aplicación contiene información en tiempo real, la versión completa del periódico impreso y próximamente, información y servicios exclusivos que no estarán disponibles en otras plataformas.

Tu suscripción a la aplicación nos permitirá seguir ejerciendo un periodismo de calidad, con la información completa y el análisis y contexto que nos caracteriza.

Medios de comunicación independientes y valientes son imprescindibles para la vida en libertad y democracia. Página Siete lo demostró en varios momentos difíciles que nos tocó vivir durante los últimos años.

Muchas gracias por tu apoyo.

Para suscribirte, descarga la aplicación de Apple Store o Google Play haciendo clic en uno de los siguientes botones:

Apple Store

Google Play

Preguntas Frecuentes


   

34
2

Otras Noticias