Antonio Soruco Villanueva

Los trasnochados jueces

lunes, 27 de julio de 2020 · 00:10

Está de moda derribar o quemar estatuas de personajes que  en épocas pasadas merecieron el reconocimiento público, o fueron  los abanderados de ciertos logros e ideas que se consideraban justas, adecuadas y  necesarias, las mismas  que hoy, es decir transcurridos 50, 100 o 500 años o más, son repudiadas por ser contrarias a la ética y moral actual, suponiendo con ello que, con el mismo derecho e indignación, las generaciones futuras  condenaran también las acciones y valores que hoy  creemos que son justas y necesarias.

Juzgar retrospectivamente lo que pasó en épocas pasadas con la moral de hoy, llegando al extremo de prohibir películas que relatan el segregacionismo  pasado, es simplemente populismo, demagogia, actuar con el hígado y tratar de justificar vandalismos, que las nuevas ideas o creencias no necesitan para ser veraces y oportunas. Como dice Ortega y Gasset “la mudanza de todo lo humano es continua y el hombre acumula humanidad a medida que evolucionan sus ideas y creencias. La civilización y el progreso no consiste en aniquilar, hoy el ayer, sino, al revés, conservar aquella esencia de ayer que tuvo la virtud de crear ese hoy mejor. No juzguemos  lo que el hombre ha sido, puesto que el pasado forma parte de nuestro presente y cada instante que vivimos, se compone de lo que hemos sido personalmente y colectivamente”.

El comportamiento humano y su desarrollo mutan o evolucionan; existe una antropología cultural de costumbres, creencias, normas y valores que tipifican al ser humano en cada época. Las energías humanas son modeladas por las circunstancias que socialmente condicionan los hábitos,  formas de explotación, valores y virtudes. La  necesidad de vivir y el sistema social interactúan y uno alimenta al otro y al revés. También existe una paleontología del alma que determina las preferencias divinas o agnósticas con mayor o menor intensidad según los periodos históricos en que la influencia religiosa es más intensa. Cada hombre nace con un distinto escenario que influye en su carácter, visión, ética y la moral que rige su vida. Sus virtudes y gracias peculiares cambian y hay tiempos de jóvenes y de viejos, románticos y materialistas.  

Basta analizar la evolución de ciertas creencias o legislaciones para demostrar lo absurdo que significa condenar el pasado, con la lupa de los valores presentes.  Así por ejemplo: el proceso histórico de emancipación de la mujer, comenzando por  Aristóteles que afirmaba que  “la mujer es sin duda inferior al hombre”  (capítulo XXXI, Libro primero  La Gran Moral  Aristóteles) y que aun, la Revolución francesa , con todas sus conquistas sociales,  negó la igualdad de sexos, iniciándose el proceso reivindicatorio femenino, recién  partir del siglo XVIII, cuando la pionera Olympe de Gouges, 1789, parafraseando los derechos del hombre, proclama los de la mujer, proceso que  maduraría legalmente en el siglo XX  y que aún  adolece de ser plenamente aceptado. Lo mismo sucedió con la libertad a lo largo de la historia humana, conquista que demandó luchas y sacrificios interminables, superando los absolutismos monárquicos, religiosos,  tiranías, servidumbre humana   hasta conquistar al fin el derecho del hombre a pensar, creer y decidir libremente su destino.

Pasa lo mismo con la política casera;  todo lo anterior fue malo y antipatriótico y por tanto se debe comenzar de “cero”;  peor aún, revertir las políticas del anterior Gobierno presumiendo mala fe, corrupción o ser antipatriota. Apenas se alcanza el poder se desconoce la institucionalidad democrática, la independencia de los poderes del Estado y se utilizan argucias legales para tratar de perpetuarse y afianzar la hegemonía del Gobierno de turno. No existen políticas de Estado que sobrevivan a  los nuevos mesías que prometen fórmulas ingeniosas de desarrollo, nuevas ideologías o caminos cortos que allanarán, en un tiempo récord, el proceso del desarrollo y bienestar. 

Si condenamos a nuestros antepasados por lo que pensaron o actuaron en el pasado, imaginemos cómo nos juzgaran las generaciones futuras por la contaminación de los mares, el calentamiento global, la destrucción de los bosques,  la exterminación de especies, la manipulación genética de nuestros principales alimentos, la amenaza termonuclear y la guerra bacteriológica, acciones que no sólo son más condenables que la de nuestros antepasados sino que amenazan la supervivencia de las próximas generaciones.

 

Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

 

 

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