Benjamin Grossman P.

El valor de una aspirina

martes, 28 de julio de 2020 · 00:09

La pandemia que estamos soportando en  nuestro país, junto a los países del mundo,  nos sirve  para conocer el dolor,  la preocupación y el desasosiego. Ningún esfuerzo es suficiente, las actividades para tratar los casos, asistirlos y prevenirlos nunca serán  suficientes. Es una carrera que como humanidad y rol histórico la tenemos perdida. Hasta aquí llegamos.     

La incertidumbre y la infelicidad son  de nuestra  cosecha.

Dentro de este cuadro de  figuras fantasmagóricas, difusas, vamos descubriendo nuestras debilidades como sociedad y como individuos. Salimos de un oscuro  ciclo histórico que no se puede volver a repetir. Sistema que nos deja como herencia lo que nadie quiere tener, especialmente un sistema de salud y de protección inexistente para una sociedad pobre y miserable que tiene que recurrir a las recetas de la abuela para mejorar sus males y alimentar la esperanza. 

En el país la modernidad de la medicina no existe, así como no  existen los medicamentos. 

Vivimos en un país con una estructura industrial  efímera y obsoleta. Como otros países, tuvimos nuestra época de sueños con el inicio de una era industrial,  con fábricas de textiles, bebidas, manufacturas de cuero y madera. Se organizó todo un sector fabril que modificó las ciudades creando barrios fabriles, el Hospital Obrero, la Escuela Industrial Pedro Domingo Murillo,  organizaciones sindicales que apoyaron los grandes cambios sociales y políticos.  Se contaba con  la imaginación como insumo. Se promocionó el uso  de recursos naturales para industrializar el oriente boliviano y así garantizar una seguridad alimentaria en base a productos derivados de la soya, el sorgo,  arroz y lácteos. 

Años después,  las industrias  textiles  cerraron ante la falta de competitividad, igual que los productos de cuero. Dejando como homenaje a ese periodo  edificios vetustos al borde de la autopista.

Todo este proceso en forma caprichosa y mentirosa dice, según las oficinas gubernamentales, que cada año aporta a la economía nacional el 15% del denominado producto interno bruto. No toma en cuenta que aún en sus limitaciones, este sector es un consumidor de servicios de transporte, energía eléctrica, gas natural, servicios financieros, agua y  un generador de empleo, entre otros. 

Este sector nunca se dedicó a la  fabricación de medicamentos, actividad que se inició a comienzos del siglo pasado con entusiastas  boticarios y alquimistas que producían alguna sal contra la acidez o un placebo que no curaba nada.  Posteriormente se incursionó en otros productos de baja tecnología,  mezclando polvos  y produciendo emulsiones bajo patrones copiados de empresas internacionales. A excepción del Mentisán, en el país nunca se produjo una sola molécula, reduciendo su  actividad industrial   a mezclas y recetas de productos importados.  Por ello es más fácil y oneroso  importar directamente el medicamento de regiones y países próximos, como Chile  o  Colombia, o tan lejanos como la India y la China.

De cada 100 bolivianos que comercializa el sector farmacéutico boliviano, 70 corresponden a productos importados y solamente 30 a productos envasados en el país. Esta situación nos muestra la fragilidad de la situación de salud de la población boliviana,  dependiente de los productos importados, en calidad, precio, acceso y confianza. 

Esta es una situación urgente a corregir con la participación decidida de las universidades y las academias que  permitan y contribuyan, junto al sector industrial, la elaboración de una gama de productos básicos que garanticen la salud de la población. Los medicamentos no requieren de  estudios de mercado; las enfermedades y dolencias están  presentes todo el tiempo. 

El atraso tecnológico de la industria nacional puede ser afrontado con la responsabilidad empresarial y, sobre todo, contando con el apoyo de un Estado inteligente, una transformación seria del parque industrial, dejando de lado el silencio cómplice de las organizaciones empresariales que permitieron la instalación de fábricas, como la de envases de vidrio, papel, ingenio azucarero y otras más que fueron nada más que un capricho momentáneo del gobierno que ya no está.  

Es hora de producir una aspirina nacional con el valor social y de seguridad que debería permitir a los bolivianos no estar sujetos a los intereses de los importadores, que ven la salud como  una mercadería de la cual obtienen sus  beneficios a costa del sufrimiento y angustia de todo un país.

 
Benjamin Grossman P. es ingeniero químico y docente emérito de la UMSA.

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