Max Murillo Mendoza

La política surrealista boliviana

jueves, 30 de julio de 2020 · 00:07

La ausencia de institucionalidad, la ausencia de clases altas con proyecto de Estado y nación, la ausencia de liderazgos contundentes y claros hacen de la política boliviana una suerte de pintura surrealista, donde la interpretación depende del sentido de percepción de cada persona. Si a eso añadimos la terrible pandemia del coronavirus, que ha desnudado no sólo el engaño colectivo del “proceso de cambio”, sino también a las mentalidades tercermundistas de las clases altas: ignorantes, coyunturalistas, frívolas y portadoras de las atrasadas ideologías de izquierda y derecha. Pues tenemos nomás el escenario perfecto de la tragedia, donde la muerte y la miseria son los actores más importantes.  

Aquellos que gritaban para la televisión “patria o muerte”, o para sus amantes, escaparon abandonando a su suerte a sus bases, abandonando a quienes siempre están en las trincheras, derramando su sangre: obreros, indígenas, campesinos, clases medias pobres. Sacrificios que sólo amontonan de sangre la historia tradicional, porque las cúpulas siempre traicionan a quiénes en serio creen en las utopías y los sueños. Guiones conocidos pero no aprendidos.  

En estos días de muerte y desolación general, las clases altas vuelven a demostrar su inutilidad de conducción nacional, como de la notable ausencia de algún proyecto de Estado y nación. Muchos de ellos se lucen en sus bravuconadas, mostrando niveles de brutalidad política callejera y vulgar, más que nociones de diplomacia moderna. No tenemos estadistas a la altura de las circunstancias. Su odio a las clases más humildes, sus resentimientos profundos a los distintos ofusca totalmente las prácticas políticas del sentido común.  

Las organizaciones sociales o movimientos han sido corrompidos y destruidos en su esencia en el anterior gobierno. Hoy vemos los trágicos resultados de ese intento “leninista o estalinista” de copar todo, de ser dueños de todo sin respetar las particularidades y las historias de las organizaciones sociales. La mayoría de dichas organizaciones sociales han sido divididas por medios económicos oscuros y turbios. Por tanto, los dirigentes de la mayoría de esas importantes organizaciones no son dirigentes esclarecidos, o estrategas políticos que sean capaces de leer los acontecimientos complejos de estas coyunturas y guiar de buena manera a sus bases.  

Las juventudes que salieron a las calles en los meses de octubre y noviembre, del anterior año, prometiendo interesantes esperanzas de renovación de la política boliviana han desaparecido por completo. Lo grave de todo esto es que en estos meses no han completado aquel acto, no han mostrado sus ideas, sus potencialidades y sus propuestas al país. Quizás después, quizás aún maduran esas nuevas esperanzas. Veremos.  

En estos tiempos de pandemia se hace más que necesaria la aparición de nuevos liderazgos, nueva sangre y nuevas ideas en la política boliviana. Los que tenemos hasta hoy están agotadon y ya no responden a las nuevas y viejas demandas del país. Los temas de cambio climático, la crisis del sistema capitalistan que sigue en sus coletazos destruyendo tejidos sociales, los temas de género, las nuevas tecnologías en beneficio de la educación, por nombrar algunos elementos claves actuales, que son parte substancial de la vivencia y sentimientos de los jóvenes.  

La pandemia ha desnudado y puesto en evidencia nuestros profundos problemas, además de estructurales como superficiales. Ni siquiera hemos logrado ser autónomos alimentariamente, lo que es un fracaso rotundo de todos los gobiernos. La miseria y el hambre son lo más socializado que tenemos. La especulación alimentaria de lo poco que hay es terrible, las alcaldías y gobernaciones  nada hacen al respecto.  

Pero, paradójicamente, la sociedad civil es muy creativa, muy proactiva desde siempre. La sociedad civil creó sus propios mecanismos de sobrevivencia ante la ausencia de Estado e institucionalidad. Educación de calidad como experiencias piloto, economías diversas de sobrevivencia, arte, música, poesía, agricultura. Experiencias que jamás fueron materia prima del llamado Estado. El Supuesto Estado siempre las condena al olvido, las excluye de sus sistemas y tantas experiencias se pierden en el tiempo, en el olvido. No se recuperan como políticas de Estado, para replicar después al conjunto del país, en beneficio del país.  

En estos tiempos de pandemia, la sociedad civil se reinventa con la medicina tradicional, con medicinas alternativas, con insumos creativos frente a la ausencia de gestión estatal. Repitiendo lo que siempre fue a lo largo de nuestra historia, enfrentando a la muerte, enfrentando al abandono total de las instituciones que sólo reproducen burocracia y muerte. La sociedad civil es el baluarte del país, es la reserva moral que garantiza la sobrevivencia de la patria y la herencia a las nuevas generaciones.  

La sociedad civil debe ser reinventada, sin embargo, abandonada y maltratada por el anterior gobierno, sus tejidos sociales tienen que ser revitalizados, alimentados por nuevas raíces juveniles, creativas y combativas. Pues todavía queda largo trecho para cambiar las cosas del Estado aparapita, corrupto, desinstitucionalizado, sin liderazgo ético, sin capacidad de conducción nacional.  

La política surrealista boliviana, creación e imagen de sus clases altas, puede ser cambiada desde la creatividad de la sociedad civil. Y tenemos que pensar en esos mecanismos de gestión para hacer un Estado en serio y funcional a nuestras realidades.  

Max Murillo Mendoza   es ciudadano boliviano.
 

 

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