Enrique Velazco

Plan de reactivación: keynesianismo puesto “de cabeza”

domingo, 5 de julio de 2020 · 00:09

Con el Decreto Supremo 4272, el gobierno aprobó una veintena de medidas que tienen el destino declarado de reactivar la economía y el empleo. En relación directa al empleo, contempla medidas que no son determinantes, y que comentaremos en otra oportunidad. Prácticamente la totalidad de los recursos para la reactivación son canalizados por el sistema de intermediación financiera (SIF) bajo el supuesto de que los prestarán a las empresas, y éstas harán que se recupere la economía. Pero facilitar acceso al crédito no es la solución a todos los problemas y, menos, garantiza la viabilidad de empresas.

A lo largo de 14 años de gestión, contradiciendo su discurso “anticapitalista”, el MAS empujó la bancarización y la financiarización, con bolivianización de la economía de por medio. Pero más allá del discurso, los resultados en los últimos 10 años están muy lejos de ser positivos para la economía y la sociedad.

Resumiendo, el endeudamiento acelerado de las empresas y de los hogares superó el ritmo de incremento de la economía real, llevándonos a la peligrosa situación de financiar el bienestar presente hipotecando los ingresos futuros. Más aún, no hay relación directa entre mayor endeudamiento y el crecimiento del PIB, especialmente de los sectores generadores de valor y empleo; y lejos de diversificar el aparato productivo, crecieron las actividades especulativo-rentistas y el “empleo” precario e informal: en 2018, el microcrédito era 32% de la cartera, y dos tercios de la cartera total fue a sectores no transables y de muy baja productividad, destacando un 42% en servicios inmobiliarios y construcción y un 17% en comercio.

Ese gobierno defendió la financiarización con el pueril argumento que “mientras más ganen los bancos, el Estado recibe más impuestos”; en enero de 2018, el Ministerio de Economía destacaba que “entre 2006 y 2017, los bancos presentaron utilidades acumuladas netas por 2.239 millones de dólares, que representa un crecimiento de 802%”. En total, el SIF multiplicó sus utilidades 15 veces respecto al “período neoliberal” y, entre 2009 y 2018, triplicó su patrimonio de 900 a 2.800 millones de dólares, monto que equivale a casi cinco veces lo que el Estado paga anualmente como bonos Juana Azurduy, Juancito Pinto y la renta Dignidad.

Lo que el gobierno del MAS convenientemente ignoró (aunque lo hicimos notar varias veces) es que todos los ingresos del sistema financiero reducen los ingresos de la economía real: en 2018, sumando los ingresos financieros más los operativos, el SIF extrajo a los ingresos de las unidades económicas y hogares prestatarios, 22 mil millones de bolivianos (3.100 millones de dólares), equivalentes al 12,7% de la cartera. Ese total es comparable a los 23.000 millones de bolivianos que requiere el actual programa de reactivación.

Con estos antecedentes, es sorprendente que el gobierno transitorio centre su estrategia para reactivar la economía y empleo en medidas financieras. Dar al “banco” más dinero para que preste para reactivar la economía significa que los negocios y los hogares deben asumir nuevas deudas para pagar otras viejas deudas al banco; es decir, una mayor tajada de sus ingresos futuros deberá ser destinada a pagar capital, intereses, amortizaciones, comisiones, certificaciones, etcétera.

Este enfoque pone de cabeza al keynesianismo, en detrimento de las empresas y de los trabajadores.

El keynesianismo plantea que en épocas de crisis la economía puede estimularse con un mayor gasto público: si el Estado gasta, incluso incurriendo en déficits, inyectará dinero en la economía, alimentando transacciones que la dinamizarán al generar nuevos ingresos. El gasto sirve básicamente para pagar mano de obra y activos productivos reales (el ejemplo típico es construir infraestructura pública), de manera que si imaginamos la economía como una soga que hay que mover hacia adelante, en el keynesianismo se jala la soga desde la demanda, con el Estado comprando bienes y servicios producidos en la economía real (la oferta está en la cola de la soga), generando el trabajo que da ingresos a los hogares (capacidad de consumo, en el medio de la soga) y cerrando así el circuito de flujo entre producción y consumo.

Pero, como nota Michael Hudson, “Wall Street descubrió el ‘keynesianismo malo’ en la forma de quantitative easing, enfoque que celebra los déficits fiscales siempre y cuando el gobierno los gaste en Wall Street y no en la ‘economía real’”.

Volviendo a la alegoría de la soga, el keynesianismo malo –de cabeza–, empuja la soga desde la cola (la oferta), sin garantizar que exista una demanda compatible con la oferta. Por ello, la creación de valor, de empleo y, especialmente, de ingresos, no pueden asegurarse a pesar que las empresas y los hogares asumen de inicio el costo de la intermediación financiera.

Pero la crítica de fondo, vinculada al modelo y a las perspectivas de desarrollo a mediano y largo plazo es que la financiarización es la inocultable causa de la concentración del ingreso y de la desigualdad social. Esta obviedad ha sido finalmente aceptada por el FMI, el Banco Central de Inglaterra y el Bank for International Settlements, las “catedrales” del pensamiento neoliberal. En Bolivia, los síntomas son la reprimarización productiva y la desindustrialización; la magnitud de los activos financieros, controlados por pocas familias, que supera el PIB a precios básicos; y la precarización e informalización del empleo que, desde 2006, se ocultaron políticamente bajo eufemismos como emprendedorismo, microempresa o cuentapropismo. Nada de esto sería corregido por el propuesto plan de reactivación.

Finalmente, no es un dato menor que todo esto sucedió a vista de los trabajadores, porque la COB cambió principios por prebendas. Recordemos, por ejemplo, que con la financiarización-bolivianización, entre 2006 y 2020, el empleo fabril se contrajo proporcionalmente más que en cualquier período desde 1950, llevando al sindicalismo fabril al camino de la extinción.

No. Lo que hoy es bueno para bancos no es bueno para empresas, hogares ni trabajadores. Pero lo que es bueno para empresas, hogares y trabajadores, será muy bueno para un SIF progresista. Necesitamos reactivar la economía y el empleo dentro de este paradigma.

Enrique Velazco es director de Inaset y especialista en temas de desarrollo.

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