Antonio Soruco Villanueva

La indisciplina congénita y el libre accionar individual

lunes, 6 de julio de 2020 · 00:09

Cuenta el escritor Daniel Foe, más conocido como Daniel Defoe, autor de la novela Robinson Crusoe, que en uno de sus viajes llegó a una isla lejana, cuyos habitantes se caracterizaban por acatar naturalmente una decena de normas de conducta que eran suficientes para vivir en paz y armonía, lo cual minimizaba la necesidad de contar con leyes punitivas o severos órganos de represión y especialmente tener que delegar a sus autoridades, poderes extraordinarios que podrían ser utilizados contra los propios habitantes. En el mismo viaje conoció otra isla, donde su población estaba sometida a un sinfín de normas, que por su número y complejidad difícilmente podían ser cumplidas, dada la natural rebeldía de sus ciudadanos reacios a someterse a las reglas de buena conducta y convivencia social, lo que hacía necesaria la existencia de órganos de represión y la aplicación de severas penas o castigos, medidas que se incrementaban proporcionalmente a la renuencia o indisciplina congénita de sus habitantes, cuyo comportamiento las hacia cada vez más inocuas e insuficientes.

Como bien sabemos, los latinos, en general, se distinguen por su indisciplina o por un comportamiento que trata de burlar las reglas mínimas de conducta que, de ser acatadas de motus propio, harían la vida más fácil y permitirían mayores grados de libertad individual, haciendo innecesaria la proliferación de leyes, órganos coercitivos y la consiguiente anarquía judicial.

Hace años escribía que apenas cruzamos el río grande que divide Estados Unidos de México, asoman a nuestra vista  carteles borrosos o dados la vuelta, itinerarios obsoletos, señalización nula, comisarias inoperantes, enormes rompemuelles y lo que es más evidente, un comportamiento de sus habitantes imprevisible y caótico, que contrasta con los habitantes del norte, acostumbrados a cumplir voluntariamente con las reglas de tráfico, señalización, pasos peatonales, stops, etcétera.

Pasa lo mismo  con los países del sur del continente europeo, donde también los parisinos se saltan las mariposas que controlan el ingreso al subterráneo o se  evidencia mayor indisciplina de sus habitantes. Parece ser que  cuando más cálido es el clima o profusa la naturaleza, el ser humano como contraparte, es más reactivo al cumplimiento de la norma, lo que a su vez alienta la proliferación de las mismas, en un intento vano de dominar su indómito carácter.

La indisciplina ciudadana promueve la proliferación de normas y el fortalecimiento de la fuerza coercitiva que exige su cumplimiento y además, lo que es aún más peligroso, alienta el surgimiento de gobiernos dictatoriales o de tendencias totalitarias, como el único medio de mantener el orden que requiere el desarrollo humano y económico.

Son estas las razones, entre otras, por lo que sólo podemos combatir la pandemia del coronavirus con una cuarentena total, que obligue a todos los ciudadanos a estar confinados puesto que tratar de aplicarla gradualmente, a ciertos sectores poblacionales o actividades económicas necesarias para mantener la salud o el movimiento económico, no funciona, puesto que inmediatamente los demás sectores, no contemplados en la flexibilización de la norma, se sienten liberados de acatarla, lo que nos lleva nuevamente al encierro total de la población, como el único medio de controlar la propagación de dicha enfermedad.

El libre accionar individual depende por consiguiente de la aceptación o rebeldía congénita que tiene la ciudadanía para el cumplimiento o desacato de las normas que rigen la convivencia social. A mayor aceptabilidad u obediencia, mayores serán las posibilidades de flexibilizar las normas de confinamiento a favor de ciertos sectores claves de la economía, que ayuden a paliar la crisis económica y el desempleo que sufre el país. A mayor rebeldía o desacato, menores serán las posibilidades de aplicar medidas parciales y flexibles, lo que promueve finalmente la promulgación de medidas extremas, como el Estado de sitio impuesto en la capital chilena, que también fue infructuoso para controlar el desbarajuste social.

Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

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