Lupe Andrade Salmón

Mensaje del planeta Tierra (desde Yungas)

miércoles, 8 de julio de 2020 · 00:11

Temprano por la mañana, cerca del amanecer, salgo a mi terraza y miro hacia La Paz, justo al frente.  Por supuesto que entre medio están el glorioso Mururata y toda una serie de cordilleras descendentes que no permiten visión directa, pero mi bella y amada ciudad está a menos de 50 kilómetros en línea recta, y sus luces nocturnas se ven aquí como un aura dorada detrás de las montañas.  ¡Tan cerca y tan lejos!   

Tan diferentes una de la otra:  la ciudad conflictuada por política y Covid; y la casa familiar yungueña con su gran espacio verde lleno de palmeras y árboles frutales, pero apenas separada de la conflictuada ciudad de Chulumani al frente nuestro, a 11 kilómetros de camino.  Es decir, lejos, pero cerca.  Intocable por mi aislamiento, pero presente con los problemas nacionales, locales y preguntas sobre el futuro.  Estoy solitaria y tranquila, pero todo aquello que veo de cerca y a la distancia  está rodeado por cocales, cocales y más cocales, que no son solitarios, y que por hoy, no son motivo de tranquilidad.  

El drama de los cocaleros “tradicionales y legales” de los Yungas es terrible.  Hasta hace poco el cultivo de la coca era invisiblemente apoyado por fuerzas económicas que lo hacían tan rentable y tecnificado, tan fácil de vender y mercadear, que la producción ayudada por abonos, herbicidas y demás elementos “auxiliares” en uso común en la zona  hicieron que todo otro cultivo sea abandonado  ¿Yuca? Ni por asomo.  ¿Walusa? Alguno que otra chacrita sobreviviente. ¿Maíz?  Sólo para los loros, decían.  ¿Café? Ni soñando. ¡Tanto trabajo para una cosecha al año!  La coca produce tres cosechas (a veces cuatro) y nada puede competir con eso.  Todo, incluyendo fruta, venía desde La Asunta, Caranavi o La Paz misma.   ¡Para qué cultivar otra cosa, si la coca era tan buen negocio!

Ellos, cocaleros legales, podían quizás sospechar que toda su producción no estaba destinada para el acullico en las minas o para infusiones.  Podían sospechar, pero no era, ni es evidente que hubieran sido parte consciente de una cadena criminal.  Adepcoca, en La Paz, era y es un punto legal y aprobado ante la ley para la venta de coca, controlada por reglamentos formales y un sistema de carpetas para cada productor.  Cual era el destino final, ya que en Adepcoca se vende la producción a intermediarios mayoristas, era y aún es un misterio.  Lo claro es que hoy ese mercado se ha encogido severamente, y que las cosas no volverán a ser “como antes”, por lo menos por algunos años. 

El tema del narcotráfico, que se hizo tan obvio y doloroso en los últimos años del régimen anterior, existe como una sombra en el panorama nacional, sin datos precisos, ni información segura, y es demasiado complicado para una columna, ya que no tenemos suficiente información de cómo funcionaba o sigue funcionando la coca del Chapare con todas sus ramificaciones.  Lo que sí es seguro  es que como todo lo demás en el país, la coca está en crisis.  El empobrecimiento de la tierra yungueña por el monocultivo  es terrible  y quizás sea parte de un mensaje trágico del planeta Tierra a nosotros, sus hijos exigentes y poco generosos.  El resultado está por verse, pero los problemas que enfrentan los cocaleros hoy los obligarán a cambios inevitables y difíciles.  

La diversificación de cultivos es una posibilidad futura, pero necesariamente deberá tener auspicio, financiamiento estatal y estímulos; la tierra está “cansada”, los mercados son inciertos y el tiempo de espera para una nueva agricultura es largo y sin apoyo inmediato.  Es decir, el panorama de cambio existe, pero no es garantizado.

Hay la posibilidad de cultivar café, ya que el buen café yungueño puede competir con el colombiano si es debidamente cultivado; el mundo entero pide café y esa puede ser la esperanza del futuro.  Mientras tanto, el presente está lleno de interrogantes.   Por ejemplo, veo cada mañana que el cielo yungueño está lleno de humo, cosa que pasaba anualmente a causa de la zafra cruceña.  ¿Será que en Santa Cruz siguen quemando alegremente como si no hubiera Covid o crisis nacional?  ¿Habrá otra explicación?  Yo, al igual que los compañeros cocaleros, contemplo el paisaje diario, pero no puedo ver el futuro incierto.  Y al mirar el humo ¡ni siquiera entiendo el presente!

 

Lupe Andrade Salmón es periodista.

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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