Oscar G. Prada Pizarro

Cuadro clínico del cuerpo social

sábado, 1 de agosto de 2020 · 00:06

La medicina está de moda. En corto tiempo, incorporamos muchos conceptos en nuestros discos duros, pasando por todas las letras y pócimas. El viajero del tiempo, que vino de golpe del año pasado, sigue los noticieros con un diccionario en la mano. Lo interesante es que ya desbordan al ámbito de la emergencia sanitaria y llegan a la política. ¡Ya era tiempo de renovar el lenguaje para intentar explicar lo que nos aqueja! Cuando se hablaba de ‘tejido social’ ya sonaba a abuelita con croché. Ahora, la psiquiatría llega y promete quedarse.

Alguien escribió que el país presentaría los signos y síntomas del síndrome de Macri y, a fin de evitar que se repita lo del paciente vecino, sugirió su terapia en contra del patógeno conspirativo. Si así está la cosa, también podríamos afirmar que el planeta sufre de síndrome de Frankenstein por la vendetta de la naturaleza y la corrección del desequilibrio. El sistema inmunológico de la Pacha Mama estaría creando sus defensas, como el covid, para destruir al organismo depredador.

La sociedad boliviana padece de Bovarismo, como la infeliz Emma, debido al estado de insatisfacción crónica producida por el contraste entre sus aspiraciones de lo que debería dar la democracia (decisión, poder) y la realidad (espectadores por periodos quinquenales). Esto tiene que ver, ¡cómo no!, con el síndrome de Paris, turbación del desilusionado turista tras descubrir que no todo brilla en la Ciudad de la Luz.

Algunos cargamos con el de Estocolmo a cuestas, en calidad rehenes de cada presi nuevo. Desarrollamos un vínculo afectivo con los captores y nos embroncamos con cada Morfeo que nos ofrece la pastilla roja. También, el de fatiga informativa, producto del consumo excesivo de información (medios, redes sociales y chismes de vecina) que nos llena de terror e inmoviliza.

La psicosis y la guerra contra el invisible provocan un agudo aislamiento social, lo que desencadena en el mal de Hikikomori. Hay quienes convierten sus vidas en búnkeres, mantienen sus relaciones a raya de la puerta para afuera y manifiestan fobia social, ansiedad e insolidaridad. No olvidemos al síndrome de Diógenes, del profundo abandono personal y social. La basura (violencia doméstica) se va acumulando en grandes proporciones, y no hay camión recolector ni botadero que aguanten. Aquí también influye el grado de presión de la cuerda económica a las familias, lo que en varios grupos, ocasionalmente, deriva en el de Amok, es decir, el instinto irrefrenable de ataque homicida y espontáneas explosiones de rabia salvaje.

Nuestro vetusto sistema democrático genera sus propios demonios. Abundan -mejor, inundan- las patologías de quienes alcanzan la banda y la medalla. Están los que: maman, apestan a narcicismo y presumen saberlo todo (síndrome de Hubris); desafían al pueblo, patean testículos y se hacen atar huatos (síndrome del Emperador); desprecian y cercenan al que sobresale por miedo a ser ensombrecidos (Procusto); se conciben superiores a todos, lo que les impide sospechar de su propia incompetencia (efecto Dunnig-Kruger); nadan en la logorrea (del griego logos y rea, de diarrea), (in)comunicación caracterizada por una locuacidad incoherente (extraños seres con dos bocas y una oreja sorda); poseen una lengua sin filtro, muy dados a los insultos y comentarios huasos (Tourette); se infligen heridas que llaman la atención o, en palabras criollas, se victimizan para ganar la voluntad popular (Münchhausen), y se creen enviados de Dios o Él en persona, portadores de la verdad única, cumplen una misión histórica para extirpar a los “neoliberales vende patria” o a los del “clan socialista narcofascista”, según la ocasión y posición (delirio Mesiánico).

Claro, hay males coyunturales pero determinantes, como el de la incontinencia electoral, por el que muchos de los que cobran cierta popularidad ya quieren la cima. Monaguillos de primera misa que se declaran papables.

A veces, el Ejecutivo y el Legislativo se les da por ir en direcciones opuestas, tensionando y enredando el destino, como la mitológica serpiente Anfisbena, con una cabeza en cada extremo. Se excluyen en abierta lucha de trincheras y zancadillas hasta el síndrome Estítico, vulgarizado como del ‘gas atravesado’. Imposible de olvidar, el mal del poseído, a lo Linda Blair, como el partido verde en el poder que responsabiliza al demonio azul incrustado en el cuerpo del Estado de hacer retorcer su cabeza, hablar en lenguas muertas y hacer maldades.

Estas categorizaciones y etiquetas facilonas tienen por virtud denunciar el divorcio entre las élites de poder y la sociedad, pero ocultan la complejidad de la trama, de los sectores económicos y los actores sociales. Sin embargo, valga una advertencia al estribo, nuestra democracia sufre de síndrome de intestino perezoso. La actividad morosa en el colon provoca que los ‘salvadores’ se muevan pesadamente, pero finalmente siempre terminan por ser expulsados (el último demoró casi 14 años). Esta vez los retortijones amenazan con algo grande. Tal vez sea tiempo de purgar el sistema de una vez, de patear el tablero concebido para beneficio y disfrute de unos cuantos y tomar las riendas de lo que es nuestro.

Oscar G. Prada Pizarro es periodista.

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