Erick San Miguel Rodríguez

La huida de Juan Carlos I: una tradición familiar

lunes, 10 de agosto de 2020 · 00:10

La deshonrosa huida del ex rey Juan Carlos I de España, que contó con el amparo del presidente “socialista” Pedro Sánchez, pone al desnudo no sólo la decadencia de la caduca institución monárquica, sino que recuerda la abrupta salida de su abuelo, el exrey Alfonso XIII, 90 años atrás, y reactualiza las razones por las cuales el PSOE -y en su día el PCE- apoya de modo tan ferviente a la corona.

Efectivamente, el 14 de abril de 1931, después de que dos días antes los partidos republicanos ganaran las elecciones municipales en las grandes ciudades, se proclamó la República en España. El rey Alfonso XIII, aturdido y preocupado, salía precipitadamente al exilio antes de que la situación se desbordara más de lo que se había desbordado. El destino final era una incógnita. 

Ese mismo año, las cortes constituyentes aprobaron la Constitución de la II República española, la más democrática de su historia, que proclamaba a España como una República de trabajadores, abolía todos los títulos nobiliarios, reconocía la libertad de usar lenguas regionales, introducía el sufragio universal para ambos sexos, consagraba los derechos sociales de sindicalización y huelga, establecía la separación del Estado y la Iglesia y anunciaba la reforma agraria. 

La creciente oposición de monarquistas, de la Iglesia Católica, el Ejército, terratenientes y grandes industriales  exacerbada por el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, llevó a la conspiración y al golpe militar el 17 de julio de 1936, el cual no pudo imponerse en todo el país por la resistencia ofrecida por las clases trabajadoras, particularmente en Barcelona, Madrid, Asturias y Valencia. España se encontraba dividida en dos: la zona de los golpistas y la República, y en esta, en las puertas de la revolución social. El conflicto se resolvería en una cruenta guerra civil, que concluyó a favor de los “nacionales”, quienes a pesar de este engañoso apelativo, contaron con el apoyo decidido y abierto de la Italia fascista y de la Alemania nazi.

La llegada de Franco al poder, en abril de 1939, significó un alivio para las clases poseedoras, la Iglesia y los sectores reaccionarios de España y de Europa en general, y una esperanza para la monarquía destronada en las calles en abril de 1931. Pero Franco no entregaría el poder tan fácilmente. En 1947 hizo aprobar una ley de sucesión en la que se reservaba el derecho de nombrar al futuro monarca. Como tenía un gran desprecio por don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, en 1969 “eligió” a su hijo mayor, Juan Carlos (hay que recordar que el hermano menor de este murió en un trágico y oscuro episodio acaecido en Estoril el 29 de marzo de 1956, cuando ambos “jugaban” con el arma de reglamento del hermano mayor, a la sazón cadete de la Academia Militar).

 El futuro monarca debería ser educado en los principios del franquismo (son célebres las imágenes en las que camina junto al dictador como un buen alumno), y debería prestar juramento de fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional, algo que cumplió en una ceremonia pública.

A la muerte del dictador, a fines de 1975, Juan Carlos de Borbón es coronado rey de España y comienza la llamada transición que culminaría con la adopción de la Constitución de 1978. El franquismo recalcitrante acepta una Constitución “democrática” y los sectores de izquierda moderada, que en muchos casos habían participado físicamente en la Guerra Civil de los años 30 y sufrido en carne propia la represión franquista, aceptan, por su parte, la restauración de la monarquía, y como quiera que todo cambio político importante es también un cambio de la simbología, socialistas y comunistas aceptan la bandera del reconstituido Reino de España y dejan en el olvido los símbolos de la República: la bandera roja, amarilla, morada y el Himno de ºRiego.

Es entonces que se forja una imagen publicitaria de Juan Carlos como el paladín de la democracia, maquillando el hecho de ser un genuino producto del dictador Francisco Franco. Los acontecimientos hechos públicos desde hace un par de años, y que fueron determinantes en la abdicación del rey Juan Carlos I, lo muestran de cuerpo entero. Mucho más tarde, el rey no pudo con su formación intolerante y vertical –muy poco democrática, por cierto– cuando en 2007, durante una cumbre iberoamericana de jefes de Estado, le cortó la palabra al presidente de Venezuela Hugo Chávez, y le espetó un violento “¿Por qué no te callas?”, pensando que la nación caribeña seguía siendo una colonia de España (años después, esta desdichada frase fue repetida por un intolerante Ministro de Gobierno de otra excolonia española, aunque con gruesas faltas ortográficas). Después vinieron los escándalos que determinaron su abdicación en 2014: extravagantes safaris en el África pagados por empresarios saudíes, cacerías de elefantes, actos de corrupción que involucran a su yerno, y, sobre todo, millonarias transferencias a las cuentas de su amante. 

El PSOE, lejos de aprovechar la coyuntura, sale a defender a la monarquía. Primero ayuda a mantener en secreto la salida del exmonarca, pero, además, justifica el accionar de la corona, invocando nada menos que el “pacto constitucional” de 1978. Es el mismo Pedro Sánchez que meses atrás logró exhumar los restos de Franco del ominoso Valle de los Caídos, para que no sea más un lugar de culto de la ultraderecha española, quien le echa el salvavidas a la decadente y anacrónica monarquía española, en contra del curso de la historia y de las propias bases del PSOE que claman por abandonar esta antigualla medieval llamada monarquía.

Erick San Miguel Rodríguez  es abogado.

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