Antonio Soruco Villanueva

El talón de aquiles de la democracia

miércoles, 19 de agosto de 2020 · 02:08

Hace aproximadamente 2400 años Platón afirmaba que producto de la dinámica social y de las luchas intestinas fomentadas por intereses materiales o económicos, se generaba un círculo vicioso y degenerativo, puesto que al gobierno de los nobles o “timocracia” que aspiraban al honor y la fama, le sucedía el gobierno de las familias ricas  u “oligarquía” y a éste la democracia que es el gobierno de las mayorías y de la ausencia de leyes, lo que conducía irremediablemente a la tiranía, circulo vicioso que se repetía permanentemente.

Platón sostenía que se puede alcanzar un Estado perfecto o ideal y detener la degeneración política, lo que dio origen a las “utopías” o Estados perfectos  (La Utopía de Tomas Moro 1516, La ciudad del Sol de Campanella 1623) y otros escritos de los primeros “socialistas” (Saint-Simon, Fourier y Robert Owen), donde se proponía aplicar una ingeniería social y ciertos medios institucionales “inamovibles” que permitieran alcanzar una sociedad perfecta y por tanto feliz.

El sistema político denominado democracia, que prioriza el gobierno de las mayorías nacionales, desencantó también a pensadores del siglo XIX como John Stuart Mill (1806-1873), que afirmaba “que le aterraba la ignorancia y especialmente el egoísmo y la brutalidad de las masas y que mientras continúe siendo tan deplorable la educación era cada vez menos demócrata”. Subrayaba adicionalmente: “Los posibles desvíos negativos de la democracia y en particular el riesgo de una dictadura de la mayoría y la necesidad de que cada ciudadano fuese educado en la conciencia pública y se dejase influenciar por los hombres más cultos e iluminados de la comunidad”. De igual manera, el gran pensador suizo y precursor de la revolución francesa J.J Rousseau anotaba “que la libertad, no es fruto que crezca en todos los climas y por ello, no está al alcance de todos los pueblos”.

La democracia en Latinoamérica y Centroamérica tiene una historia repleta de golpes y contragolpes que dieron origen a un sin número de dictaduras, que con subterfugios y triquiñuelas o violencia alargaron sus respectivos gobiernos, comenzando por Pofidio Diaz, en Mexico, que se mantuvo el poder 30 años; Fidel Castro 49 años, Pinochet 17 años, Fugimori 10 años, Banzer nueve años, Getulio Vargas 15 años, Duvalier 15 años, Perón 10 años, Chavez 14 años etcétera y, finalmente, Evo Morales 14 años, lo que demuestra - salvo honrosas excepciones (Uruguay, Colombia y Costa Rica) - que la fiebre de eternizarse en el poder y la reelección inmediata es el cáncer que corroe la democracia y el principal factor de su tradicional debilidad.

La reelección, en un régimen excesivamente centralista, en el que el Jefe del Estado tiene enormes ventajas para forzar su continuidad o perpetuidad, es una arma de doble filo que impide la alternabilidad del poder delegado, requisito número uno de la democracia en previsión de las tentaciones mesiánicas y evita, además, el surgimiento de nuevos líderes anquilosando a los propios partidos.

La degeneración de la democracia como lo pronosticó Platón, para convertirse en tiranía, comienza con la reelección de los gobernantes de turno, que interpretan su ratificación o reelección como la venia o el guante blanco para violar las demás leyes que los sujetan o limitan el poder constituido, y  les dan alas y el cinismo de creerse insustituibles.

Para salvar los excesos democráticos y preservar la alternabilidad de los representantes políticos se debe asegurar por todos los medios y candados posibles, sean éstos constitucionales, incluidos acuerdos con la jurisprudencia internacional, la no reelección bajo ningún motivo o argucia, extirpando y derogando de cuajo y para siempre, toda norma espuria o interpretación malintencionada que trate de violentar la alternabilidad del poder. No importa, lo bien o mal que puedan haber sido los gobiernos de turno, ni las razones patrióticas que arguyan sus representantes para alargar el mandato conferido, puesto que hacerlo viola el concepto fundamental que sustenta el sistema democrático, que es, y será siempre, el talón de aquiles del Estado de derecho.

La alternabilidad del poder genera cambio, autocritica y preserva la continuidad democrática, versus la continuidad individual del líder, cuya permanencia en el poder delegado lo convierte en un personaje mesiánico, urgido de condiciones casi divinas, que lo hacen insustituible e irremplazable y, peor aún, al igual que los reyes del absolutismo monárquico, sólo rinden cuentas ante Dios.

 Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

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