Sonia Montaño Virreira

Entre el simplismo y la brutalidad

domingo, 2 de agosto de 2020 · 00:10

“Estamos afectados por una estela de simplismo que consiste en reducir todos los problemas a un simple sentimiento para explicar problemas complejos”, Carlos Peña.

En medio del dolor y el miedo que causa la pandemia, el Ministro Murillo informaba hace unos días sobre los muertos por Covid mostrando la relación entre fallecidos y los lugares donde el MAS había impulsado, promovido y financiado movilizaciones para exigir que no se cambie la fecha de las elecciones, pretexto que les sirve para atacar ambulancias, usando medios que dan cuenta por sí solos del grado de deterioro moral de ese partido. 

Se están autodestruyendo. Por tanto, no era necesario  que el ministro haga conocer su opinión sobre los muertos de ese partido, discriminando entre quienes él consideraba buenas gentes, y hasta sus amigos, de los que no merecían esa consideración. Murillo, como ministro de Gobierno, tiene todas las características para ejercer el cargo, pero no debiera abusar de ellas pontificando sobre nadie, menos sobre los muertos.

Por su parte, el Ministro de Justicia reincide desfiando al presidente del TSE que “vaya a El Alto, vaya al Chapare, creo que es suficientemente hombrecito para hacerlo para que él dé las explicaciones a las personas que quieren hacer desmanes”. No es la primera vez que   piden a la autoridad que demuestre lo que tiene de la cintura para abajo. Falto de ideas, el ministro desafía como lo hizo el chico Loza del Chapare , el que pide cercar las ciudades haciéndose la víctima: “Me andan buscando para detenerme; si quieren detenerme tendrán que venir hasta Chimore, como hombrecitos” dice el pobre.  Las noticias son una sucesión de bravuconadas con los políticos como protagonistas. La política entendida como un concurso de testosterona.

Ese tipo de conducta ha sido moneda corriente durante el gobierno del MAS, en el que además abundaron los actos y gestos machistas. 

Ahora que tenemos a una mujer como Presidenta constitucional, los machitos se ocupan de reiterar hasta el cansancio que todo lo que hacen, lo hacen “por instrucciones de la Presidenta”, aunque alguna vez los pillamos soplándole la respuesta. Otro extendido ejemplo de prácticas sin sustancia.

Por lo dicho, y mucho más la llamada “clase política”, no tiene buena prensa; los partidos políticos tampoco, es fácil recibir aplausos cuando se habla mal de ellos. Sin embargo, una mirada a nuestra historia permite constatar que éstos han sido protagonistas imprescindibles de los cambios a partir de 1982, cuando asume el gobierno Hernán Siles Zuazo y deberán serlo en adelante. Si esto no ocurre, estaremos más perdidos que nunca.

Hoy hemos llegado a niveles insospechados de banalidad y como dice Carlos Peña, refiriéndose a Chile, parecemos invadidos por una estela de simplismo que busca explicaciones emocionales a problemas complejos. Los intelectuales y políticos que se sustraen a la vulgaridad están afectados por esa dificultad de reflexión, lo que explica que en general las grandes mentes amplifiquen el rechazo y le huyan a la política. Este es uno de los grandes problemas de la actualidad: la pandemia, la crisis y la falta de ideas.

Murillo, López, Loza son parte de esa tribu de intelectuales orgánicos y políticos que reducen los problemas a un simple sentimiento de injusticia, sin considerar la complejidad, impredecibilidad, incertidumbre y contradicciones de los hechos políticos. No conocen el pensamiento complejo y hablan más rápido de lo que piensan. Peligrosa combinación si queremos construir democracia.  Tampoco sirve apelar a la “sabiduría del pueblo” porque esta no es algo natural, al contrario, con frecuencia nos comportamos como manada.

Hoy, más que nunca, es necesario que políticos e intelectuales reflexionen más allá del binarismo para abrir espacio al diálogo y a la concertación. No basta con acusar al neoliberalismo, al populismo, al racismo o al machismo para explicar la crisis. Es necesario esforzarnos para entender el peso de todos los factores y dejar de oscilar entre la brutalidad del lenguaje y la simplicidad de las consignas. Las soluciones no pueden resumirse en una palabra, en una ley ni en una receta. 

Hoy, más que nunca, debemos tejer soluciones que consideren las perspectivas de todos los actores, inclusive de aquellos contra los que luchamos, buscando soluciones abiertas que puedan mejorarse en el camino abandonando el radicalismo verbal, que es tan inflamable como las acciones directas e ilegales. Ni tan brutos ni tan simplones.

Sonia Montaño Virreira es socióloga y feminista.

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