Antonio Soruco Villanueva

Libres o sumisos

sábado, 29 de agosto de 2020 · 00:08

Una pandemia insólita e impredecible ha obligado a la mayoría de los seres humanos a recluirse en sus moradas y aguantar estoicamente un confinamiento que afecta por igual a ricos, pobres, sanos y enfermos, anulando por un tiempo las diferencias sociales, ideológicas y económicas que hasta ayer nos dividían y enfrentaban.

De repente, todos somos iguales o casi iguales, puesto que la enfermedad que está en el aire o en el aliento del amigo o enemigo no discrimina y, por lo tanto, aceptamos gustosamente aislarnos, encarcelarnos y por primera vez nos parece loable, sacrificar nuestra ansiada libertad, en aras de sobrevivir y dejar atrás días de angustia y zozobra. Parece ser, que el humano, cuando se ve amenazado, ya sea por una peste o por un enemigo común, que acecha detrás de los muros que resguardan su seguridad y porvenir, está dispuesto a ceder todo lo que tiene, incluida la libertad, si dichos sacrificios le prometen seguridad y preservar  su vida.

En la historia de la humanidad, como bien sostiene el psicoanalista Erich Fromm,  las luchas por la libertad fueron sostenidas por los oprimidos en oposición a los que ya tenían privilegios que defender. El anhelo de libertad poco a poco rompió las cadenas del absolutismo religioso, social y político e hizo realidad el sueño del hombre, de gobernarse a sí mismo, tomar sus propias decisiones y pensar y sentir como lo creyera conveniente.  La caída del muro de Berlín y el desmembramiento, de la que fue la Unión Soviética parecían asegurar definitivamente, la consolidación y preferencia  de los regímenes liberales o democráticos.

Cuando todo parecía indicar que el libre accionar del individuo había llegado a su cenit, consolidando los regímenes democráticos, surgen nuevamente los afanes totalitarios y autoritarios y, lo que es más grave e insólito, la adhesión entusiasta y servil de grandes sectores poblacionales que prefieren y defienden el sometimiento o sumisión y, aceptan la violación de las normas más elementales de la democracia, como ser, el referéndums del 21F que dijo NO, a la re-reelección indefinida en Bolivia.

El sometimiento o la sumisión del ser humano a un régimen autoritario, no es una novedad  puesto, que la mayor parte de su historia ha vivido bajo sistemas absolutistas y solo, a partir del siglo XIX, aparecen los sistemas democráticos que privilegia la libertad del ser humano para elegir a sus gobernantes. Es pues asombroso que resurjan nuevamente sistemas autoritarios, que se apoderan de la vida integral del hombre, subyugándolo y eternizándose en el poder al extremo, que la alternabilidad del mismo, se encuentra restringida a la misma familia o partido político , como fue el caso de los hermanos Castro en Cuba, los esposos Kircher en Argentina y también de Maduro  elegido directamente por un dedazo de Chávez,  lo que nos hace  recordar, el resurgimiento del absolutismo monárquico durante el cual existía, un “derecho sucesorio o divino”, que autorizaba al monarca o rey,  “por la gracia de Dios”, a delegar el poder al primogénito o al pariente más cercano.

Eric Fromm pregunta,  ¿El deseo de libertad es algo inherente a la naturaleza de los hombres  o puede la libertad ser una carga demasiado pesada al extremo que trata de eludirla y preferir la sumisión?¿No existirá tal vez, junto a un deseo innato de libertad, un anhelo instintivo de sumisión y si ello no es verdad, como explicar la atracción que ejercen los regímenes autocráticos  sobre millones de personas que prefieren, el sometimiento o sumisión a tener que vivir en un mundo abierto, sujeto a la competencia y autocritica y a la renovación permanente de sus gobernantes?

En este abanico de posibilidades en que rango se sitúa, la idiosincrasia boliviana y su historia de ¡188 golpes de estado en 195 años de vida republicana! ¿Somos tan indómitos y anárquicos que solo un gobierno autocrático o totalitario y la sumisión de sus ciudadanos pueden domar y aplacar la sed de cambio, las interminables refundaciones del país y ese afán obsesivo de comenzar de “cero” y desmerecer lo heredado? ¿ Quién seduce al electorado,, el líder que propone mayor grado de libertad,  respeto a la propiedad privada y apuesta a la inversión privada, como motor del desarrollo económico, o el que está obligado a prometer, nacionalizar la inversión privada, ampliar el espectro público, el pleno empleo improductivo, es decir, un país poblado de rentistas y pocos empresarios. ¿Es viable una democracia cuya legitimidad descanse en el consenso, sin tener que recurrir a incendiar al país, para prevalecer políticamente?

Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

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