Max Murillo Mendoza 

Educación por educación

miércoles, 5 de agosto de 2020 · 00:08

Una de las inversiones económicas más importantes en los países ricos, es en educación. Con todos sus vaivenes y también errores por supuesto. Porque educación es inversión y no gasto. En Bolivia ni es inversión ni siquiera gasto. No es nada. Es una actividad más, como cualquiera, donde no existen estrategias ni planificaciones respectivas en ninguno de sus estamentos. En los últimos años se ha masificado lo educativo; pero sin calidad educativa. Es decir, han crecido escuelas, colegios, incluso universidades sin contemplar para nada la calidad. Y ese engaño colectivo nos sigue persiguiendo, a la hora de contabilizar los resultados: mediocridad generalizada, ausencia de ciencia y científicos (sean sociales, humanísticos, biólogos, etc), y ausencia de aporte real a la sociedad. 

Existe abundante información científica e investigativa al respecto, nacional e internacional. Pero de nada sirve a la hora de la verdad, es decir a la hora de resolver la tremenda tragedia boliviana de sus sistemas educativos. Aún no hay balances cercanos del anterior proceso, llamado “revolución educativa”, pues todo era revolución para ese régimen. Sin embargo, lo que hemos vivido y visto, con algunas intenciones interesantes que se quedaron en sólo eso, es también dramático. 

El anterior régimen ha asesinado a las experiencias de vanguardia educativas, todas ellas como es en este país al margen del Estado. Como iniciativas de iglesias, cooperación internacional, solidaridades desde siempre interesantes. En nombre de la ocupación estatal, en nombre de todas las revoluciones fantasmas, pues se ha asesinado dichas experiencias, matándolas vía boicot a la cooperación internacional, o vía decreto de ocupación territorial estatal. Dizque el poderoso Estado, que es todo lo contrario y peligroso en nuestro caso, lo podía con todo en nombre de sus revoluciones. Así murieron los esfuerzos de muchos años, de experiencias educativas de vanguardia que al menos hicieron bien su trabajo, porque sus resultados lo confirman. Experiencias como el Juan XXIII de Cbba, las Yachay Wasis de Chuquisaca, Piraí de Santa Cruz y tantas otras donde realmente se hacía verdadera educación han muerto. 

El otro problema que no resolvemos desde siempre es el magisterio boliviano. Porque es parte de la tragedia y problema, no de la solución. Los profesores están más preocupados en hacer la revolución permanente de Trotsky, que hacer educación. Preocupados de sus sobrevivencias y de fortalecer sus sindicatos que realmente en hacer educación. Se oponen a todo cambio que se ha intentado en estos últimos treinta años. Las normales citadinas y rurales son anacrónicas, anticuadas, sin sentido educativo pero defendidas por los poderosos sindicatos revolucionarios. Y pues, como corolario, se oponen a la participación de otros profesionales, se oponen a la participación de las universidades, lo cual es increíble. 

Hoy tenemos ciertamente más inclusión educativa. Ha crecido el porcentaje de escolaridad, lo cual es positivo. Se han mejorado y es cierto construido cientos de nuevas infraestructuras, por todo el país. Pero no ha mejorado en nada la calidad, los resultados siguen siendo trágicos cuando verificamos el bachillerato casi igual al analfabetismo funcional. Los bachilleres no son conscientes de su realidad, y peor nada competitivos en ninguna de las ciencias exactas o sociales. Esa realidad se arrastra por toda la historia de la universidad, que es otra película también preocupante. 

En realidad no hay mucha diferencia entre la clausura del año escolar, que se decreta en estos días, o la continuidad de las labores educativas que siempre dejan mucho que desear. Con cierta razón un escritor boliviano publicó hace muchos años: salvemos a Bolivia de la escuela. Pero las alternativas lamentablemente son pocas, quizás sólo para los ricos o pudientes. La inmensa mayoría de la población sólo tiene a la escuela estatal, la escuelita de la comunidad o los colegios del Estado. Es lo único que hay a pesar de sus tragedias antipedagógicas. 

Salir del enredo educativo boliviano, es un desafío casi imposible cuando vemos en el horizonte enemigos múltiples estructurales, desde los mismos profesores y burocracia educativa, hasta un Estado que no es capaz hasta hoy de gestionar realmente otros tipos de educación, más prácticos, más vivenciales, más humanos como científicos, ligados a sus propias realidades. 

La educación es otro desafío inmenso para la sociedad civil. Tal como sigue el llamado Estado sólo promete problemas a las calendas griegas, dejando a la educación al sufrimiento sin fin y condenando a las nuevas generaciones a repetir la mediocridad mental, social y politiquera de siempre. La sociedad civil debe empezar a tomar las riendas de su destino colectivo, asegurando un tipo de educación acorde los intereses de la sociedad. El Estado ha fracasado una vez más en este punto, con todas las revoluciones propuestas. Condenando a niños y jóvenes a la incertidumbre, como a la miseria asegurada en nombre de los sagrados intereses de la patria. 

La sociedad civil debe volver a rearticular las experiencias educativas de vanguardia, movilizando a la cooperación internacional solidaria, como a las mentes y educadores de vocación y convicción. En esa línea obligar al monstruo del Estado a devolver la legalidad para dichas experiencias. De lo contrario, realmente, la educación se nos muere junto a los sueños de niños y jóvenes. No podemos, no debemos permitir semejante crimen de Estado.

 Max Murillo Mendoza  es ciudadano boliviano.

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