Daniela Sánchez López 

Bolivia: país del quinto mundo

sábado, 8 de agosto de 2020 · 00:08

En la jerga colonialista y simplista del desarrollo, se define a un país tercermundista como un país con altos niveles de pobreza y con una economía no industrializada. El origen de esta clasificación más bien arbitraria nació después de la Segunda Guerra Mundial donde se estableció un nuevo orden global (primer mundo: países democráticos/industrializados, segundo mundo: el bloque de estados socialistas-comunistas; tercer mundo: los países restantes que no pertenecían ni al primero ni segundo mundo). Las distintas clasificaciones que siguieron (países en vías de desarrollo, países de ingresos bajos, países con bajo o mediano desarrollo humano, etc.) buscaron reflejar la complejidad y heterogeneidad a la hora de clasificar un país como rico/desarrollado/industrializado.

Siempre he creído que más allá de la pobreza medida en términos monetarios, Bolivia era un país con una riqueza cultural incomparable y que sus habitantes, con su diversidad, formas diversas (y a veces contradictorias) de ver el mundo y organizarse formaban una sociedad fascinante, resiliente y abigarrada como definió Rene Zavaleta.

Lastimosamente, la crisis del Covid-19 y la tragedia que estamos viviendo en los últimos meses ha revelado que Bolivia no es un país tercermundista, sino del quinto mundo. Y me atrevo a definirlo así por tres aspectos que han marcado esta crisis: la incertidumbre, la vulnerabilidad y la violencia.

La incertidumbre se la respira en el aire, no solo porque desde los eventos de noviembre del año pasado que llevaron a la renuncia del expresidente Morales, existe una marcada incertidumbre sobre el camino que tomará la política y el quehacer del Estado boliviano. Pero, sobre todo, porque desde que supimos del primer caso de Covid en el país, una humareda de preguntas empezó a flotar en el aire: ¿cómo nuestra economía (para nada “blindada”) y dependiente de recursos extractivos enfrentara una eminente recesión global? ¿De qué nos sirvieron 14 años de una bonanza económica sin precedentes? ¿Qué cambio en los 7 de cada 10 trabajadores y trabajadoras informales de la economía? ¿Como ellos afrontaran una pandemia? ¿Qué tipo de liderazgo podrá tener un gobierno de transición? Hoy en día, estas preguntas se estrellan con la dura realidad de una recesión económica, mezquindades en el campo de la política por intereses personales y partidarios y una respuesta más bien mediocre sumada a la débil institucionalidad del Estado frente a una pandemia devastadora.

En los últimos meses, el Gobierno de la presidenta Añez implementó una serie de bonos asistenciales, los cuales, si bien tienen un efecto positivo inmediato, no contribuyen a reducir la vulnerabilidad ante la que viven el grueso de los bolivianos y más aún, ante el actual contexto de la pandemia. Asimismo, el sistema de salud heredado del anterior gobierno nunca atinó a solucionar problemas estructurales ni tampoco tuvo una política de Estado seria y de largo plazo para mejorar la atención, incrementar cobertura e incorporar tecnología. La actual tragedia sanitaria que vive el país es un resultado inmediato de esta desatención a un derecho básico de los bolivianos; sin embargo, también la gestión misma de la emergencia sanitaria del actual gobierno dista de ser adecuada. Según estimaciones de la consultora Oxford Economics, la vulnerabilidad al virus Covid-19 puede ser explicada por cuatro grandes áreas: temas estructurales de la economía, el sistema de salud, la capacidad de respuesta ante la pandemia y la prevalencia pandémica. Bolivia encabezaría la lista de países con mayor vulnerabilidad social y económica ante el virus Covid-19, seguido de Nigeria y Perú (El Deber, 02 abril 2020).

Finalmente, la cuarentena ha mostrado con mayor intensidad una violencia enquistada y normalizada en el tejido social. En muchos casos, el encierro y aislamiento han significado la condena para decenas de mujeres y niños a manos de hombres violentos dentro de las propias familias. El dato es escalofriante, a julio, el país registró 67 casos de feminicidio y 32 infanticidios (El Deber, 23 Julio 2020). Ante este escenario cabe preguntarse cual es el rol del Estado y la comunidad para proteger, prevenir y castigar la violencia en todas sus formas, y más aún en un contexto de emergencia como el que vivimos hoy en día,

En resumen, la crisis del Covid-19 ha encontrado un país absorto en las mezquindades de pugnas de poder; indefenso y desnudo ante una pobreza que va mucho más allá de limitaciones estructurales económicas. Hoy por hoy, todos y cada uno de los bolivianos y bolivianas enfrentan la lucha cotidiana de sobrevivir una pandemia en un país del quinto mundo.

*Daniela Sánchez López es doctora en desarrollo internacional, actual investigadora en la Universidad de Cambridge.

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