Jorge Patiño Sarcinelli

Los estragos de la soledad

viernes, 11 de septiembre de 2020 · 00:10

Dicen que el confinamiento está causando estragos en la psique colectiva y la de los viejos en particular. Comparados con los padecimientos sufridos por la población civil en las guerras pasadas, evidentemente estos son sufrimientos light. 

Un judío que ha sobrevivido a un campo de concentración, una mujer cuyos hijos han muerto de inanición, o un hombre cuya casa ha sido arrasada por los tanques se reirían del sufrimiento de nuestros confinados. Pero los horrores de la guerra ya son aquí cosa de película. La gente no sufre con una tabla histórica de referencia; sufre lo que sufre y saber del pasado no le sirve de bálsamo. 

En esto hay paradojas interesantes. Según los datos, durante las guerras “tradicionales” los suicidios disminuyen, pero en las guerras contra el virus aumentan. En las pandemias, cuanto más teme la gente a la muerte, más la busca; y cuanto menos cree la gente en la otra vida, más huye de esta. ¿Lo entiendes?

Una abuela boliviana ha estado lejos de su familia por el confinamiento quizá tres meses, no tres años como las abuelas durante la guerra y, si tiene plata, no le ha faltado comida, calor, tabaco ni paz. Si es internetizada, tiene a su disposición más juguetes de comunicación que los que puede usar.

A su lado está la Martita que la cuida, pero si quiere ver y oír a cualquiera de sus parientes o amigos donde estén, no tiene más que usar el celular o Skype. Si quiere compartir la receta del penco, manda un mensaje por Whatsapp. Si quiere algo más largo escribe un email.

Tiene noticias en la televisión y películas en Netflix, si sufre saudades, en Instagram tiene fotos de hijos y nietos, en cualquier parte del mundo. En FB puede ver lo que postean sus amigos. Nunca fue tan fácil comunicarse con tanta gente en tan poco tiempo.

Sin embargo, muchos dicen que el confinamiento tiene un efecto traumático en los abuelos que no pueden hacer footing y las abuelas que no pueden jugar bridge. Estamos hablando, claro está, de aquellos que antes de la pandemia hacían excursiones o jugaban cartas, porque la mayoría de los bolivianos no lo hace casi nunca y esta pandemia solo les trae más penurias y menos ingresos; no menos distracciones. 

No hay nada de malo en tener placeres elegantes, pero hay una realidad distinta fuera de la burbuja. Muchos están descubriendo que el lujo de la privacidad se ha convertido en una condena de soledad. Pero los que nunca pudieron estar solos siguen hacinados. 

Somos una sociedad poco tolerante al sufrimiento, que solo es rutina en la pobreza. ¿Hace frío? Calefacción. ¿Hace calor? Aire acondicionado. ¿Te duele? Anestesia. ¿Estás angustiado? Pastilla. ¿Caminar bajo la lluvia? Ni pensar. ¿Te sientes solo? Teléfono, Skype, WhatsApp ...  

Sin embargo, aun rodeados de tantos medios de comunicación, la soledad está causando estragos en quien sabe y en quien no sabe usarlos. Además de haber perdido la tolerancia al sufrimiento ya no sabemos estar solos. La antes normal soledad del campo y la tan cantada de los monasterios ya no la disfruta ni tolera una élite citadina que ha crecido sin esa educación espiritual en soledad que daban las horas de meditación, oración o contemplación. 

Por otro lado, es importante distinguir el trauma de la soledad del no querer sufrirla por lo que implica perder. No es justo pedirle a alguien para quien el único placer que ya le importa es la compañía cálida de sus seres queridos y teme que cada mes de encierro sea un pedazo de vida que se va en blanco, que no se amargue viendo las horas pasar en postrera soledad.

Poner estos dilemas en perspectiva nos permite tener un poco más de serenidad y solidaridad en medio de este dolor colectivo. Respeto la elección de quien, en lugar de esperar sentado, prefiere arriesgar la vida con el beso de un nieto asintomático, pero no debería ser razón para ir contra el esfuerzo colectivo del distanciamiento. De esto depende que seamos más los que nos podamos al final abrazar y hacer fiesta y que sea cuanto antes.

 

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

 

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