Sonia Montaño Virreira

Nadando contra la corriente

domingo, 13 de septiembre de 2020 · 00:10

El canciller argentino ha reiterado lo dicho por su Presidente en sentido de que no reconoce al gobierno de Bolivia; ha lamentado que no se haya admitido la candidatura de Morales, acusado de varios crímenes de lesa humanidad, mientras sus partidarios anuncian apoyar desde allí para que éste recupere el poder. En una muestra de que la democracia no es ni un  valor ni un objetivo, muchos grupos de izquierda respaldan esta postura, a la que se suman feministas de ése y otros países.

En los últimos tiempos han reaparecido expresiones de nacionalismo y xenofobia, condimentados con una retórica de odio a la que parece no escapar ni gobiernos, partidos y organización sociales. El nacionalismo, como rasgo cultural, ha ido creciendo a contrapelo de la globalización. En la región fracasaron los intentos de integración, los organismos internacionales prefirieron alinearse con las potencias, mientras los gobiernos del socialismo del siglo XXI pusieron en marcha una estrategia de articulación para defenderse “del imperio”, avasallando instituciones y construyendo un entramado de organizaciones políticas, académicas y medios de comunicación que durante dos décadas lograron -entre otras cosas- acabar con el pensamiento crítico.

En la década de los noventa, el holandés Peter Waterman decía que el único internacionalismo que había sobrevivido a los cambios geopolíticos era el del movimiento feminista, que fue ese internacionalismo que en poco tiempo había logrado grandes cambios para la vida de las mujeres y la sociedad. 

Gracias al feminismo muchas votaron, pudieron estudiar, mejorar sus condiciones de trabajo y, sobre todo, poner en el centro el derecho a controlar su cuerpo y su sexualidad, llevando a los Estados a reconocer su obligación de reconocer la violencia contra las mujeres dentro del hogar y a -a decir de las chilenas- “buscar la democracia “en el país, en la casa y... en la cama”. Para eso fue necesario interpelar a los partidos políticos, salir de ellos, mostrar fuerza política y reivindicar la autonomía. Con la vuelta de la democracia, se ha producido por un lado el ingreso de mujeres a los partidos, lamentablemente en momentos que éstos no practican la democracia interna y que han perdido el respeto de la ciudadanía, que los ve ajenos al bien común. 

Por otro lado, vemos el surgimiento de nuevas generaciones y corrientes de feministas que han naturalizado el principio de igualdad y toman las calles para reclamar. No es el caso de Bolivia, donde las políticas de la identidad y la cooptación por parte del MAS han convertido al movimiento de mujeres en un archipiélago de grupos enfrentados entre sí.

Igualdad, diversidad y autonomía han sido por mucho tiempo principios para estar en todas partes sin morir en el intento.

Desgraciadamente, la apertura de los partidos políticos y la hegemonía de fuerzas políticas que creen en dogmas, amenazan la existencia de un movimiento autónomo de mujeres con capacidad de decidir por sí mismo el camino a seguir. Autónomo, no aislado. Eso explica por qué una parte del feminismo es radicalmente crítico con Añez, Macri y Bolsonaro, pero impresentablemente condescendiente con los Fernández, Maduro, el fugado presidente y sus amigos. Eso explica por qué se empieza a practicar una doble moral que considera inaceptable la violación de derechos humanos por parte de las dictaduras militares y hace la vista gorda ante las violaciones a los derechos humanos en Cuba y la Bolivia de Evo. 

Es particularmente lamentable que feministas del país vecino repitan acríticamente la tesis del golpe de Estado en Bolivia, abandonando el internacionalismo que primero escucha, luego reflexiona antes de alinearse tras su presidente, cuyo trasnochado nacionalismo no le impide violar principios de derecho internacional. Aquí parece que primero se le cree al caudillo y luego se acomodan los hechos al interés político.

Por supuesto que hay expresiones que nadan contra varias corrientes y luchan por sus derechos incansablemente, pero en lo que respecta a la solidaridad internacional no conocen lo que aquí ocurre o consumen sin indigestarse lo que aquí nos causa dolor. El feminismo es una filosofía que para transformarse en acción política debe moverse entre varias aguas y, casi siempre, navegar en contra ruta, aunque a veces terminemos maltrechas.

 

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

165
391

Otras Noticias