Juan Cristóbal Soruco Q.

La suerte no está echada

lunes, 21 de septiembre de 2020 · 00:12

Los 14 años del evismo dejan huella, pero pese a los sustos que dan las encuestas y, sobre todo, las malintencionadas interpretaciones de sus resultados, creo que el país ha optado, sin vuelta, por la democracia. La decisión de la Presidenta de declinar su candidatura, aunque tarde, es una muestra de ello.

Ese optimismo se basa en que hemos vivido  momentos parecidos a los actuales. Por ejemplo, cuando los militares, obligados por la crisis económica, la recuperación del principio del respeto de los derechos humanos y la resistencia interna, tuvieron que comenzar su retiro a sus cuarteles después de 18 años (con cortos interregnos) de intervención en la administración estatal.

Fue un proceso largo. Comenzó en 1977 cuando el dictador Hugo Banzer convocó a elecciones generales. Entonces (lo que ahora olvidan muchos) todo valió para reproducirse en el poder. Por ejemplo, utilizó el tema de la demanda marítima como arma de lucha interna e incluso rompió unilateralmente las relaciones diplomáticas reanudadas por él mismo con Chile; impuso como candidato del oficialismo, al estar desgastada su figura dentro de las FFAA, a su último ministro de Gobierno, Juan Pereda Asbún, y organizó desde el Estado la Unidad Nacional del Pueblo, aglomerado de disidentes de los partidos históricos y una agrupación nueva conformada por tecnócratas que trabajaron en la administración pública.

En el campo de la oposición a los militares, la desunión fue la tónica. Si la memoria no me falla, se inscribieron en el registro electoral 71 partidos políticos, y las principales candidaturas fueron la Unidad Democrática y Popular (UDP), el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el Frente de Izquierda Revolucionaria y el Partido Socialista, pese a que desde diferentes ámbitos se clamaba por su unidad frente al enemigo principal: el estamento militar.

Se realizaron las elecciones en las que la UDP dio la sorpresa, lo que provocó que desde el Gobierno se montara un improvisado y grosero fraude electoral (similar al organizado por el MAS el año pasado). La reacción ciudadana en contra fue tal que se anularon esas elecciones. Pero, el delfín no aceptó quedarse sin la miel del poder y organizó un golpe contra su mentor que, con lágrimas en los ojos, abandonó el Palacio Quemado.

Lo que pudo ser un período de transición intentó ser convertido por Pereda en Gobierno de largo plazo… y a los pocos meses fue echado del poder por otra junta militar que convocó a nuevas elecciones, en las que persistió la división en el campo contrario al militarismo. La UDP incorporó al naciente MRTKL. El MNR se convirtió en MNR Alianza, incluyendo al FRI en su esfera, y el PS, ya convertido en PS1, mantuvo la decisión de ir solo bajo el carismático liderazgo de Marcelo Quiroga Santa Cruz que no cedió a las presiones para aliarse con la UDP. La estructura político-burocrática del militarismo, con Banzer como líder, se organizó en la Alianza Democrática Nacionalista (que luego sería Acción Democrática Nacionalista).

Ganó la UDP, seguida del MNR, y las sorpresas fueron ADN y el PS1 por su caudal electoral. Hubo empate parlamentario y se optó por elegir un Presidente interino, Wálter Guevara Arze, que a los tres meses fue derrocado por una asonada militar-civil organizada por militares y algunas personalidades de los dos MNR y el apoyo de la gente de ADN, bajo la batuta del coronel Alberto Natusch, quien, por la resistencia ciudadana, fue expulsado del Palacio de Gobierno y se nombró a Lydia Gueiler como Presidenta interina, que convocó de inmediato a elecciones en las que participaron las mismas candidaturas y esa vez la UDP obtuvo un contundente apoyo que le permitía acceder al poder.

Esto no fue aceptado por el estamento militar más cerrado que, con el apoyo de algunos sectores empresariales y ADN, optó por el golpe de Estado y constituir una Junta Militar presidida por Luis García Meza Tejada. Pero, el péndulo de la historia siguió su curso y pese a la cruenta gestión y la sucesión presidencial de dos generales más, se llegó a octubre de 1982, cuando el país optó por la democracia. 

Ahora vivimos otro período de transición no igual, obviamente, pero con características similares al reseñado: un liderazgo autoritario decidido a prorrogarse en el poder sine die, el uso inescrupuloso del aparato estatal y de temas fundamentales, como el mar, para buscar apoyo, montaje de grosero fraude, corrupción generalizada… Luego, una transición desordenada y una oposición que no logra aunar fuerzas… Un parecido más. En las elecciones de 1985, Banzer ocupó el primer lugar… y, ¿nos va a deprimir que Arce pueda hacerlo el 18 de octubre?  Por lo señalado, creo que la suerte no está echada y la ciudadanía optará, una vez más, por la democracia.

 
Juan Cristóbal Soruco Q. es periodista.

 

 


   

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