Antonio Saravia

Otra de migajas y goteo

lunes, 21 de septiembre de 2020 · 00:08

Hace un par de semanas comenté dos artículos de Jorge Patiño sobre desigualdad económica. Mi columna (Brújula Digital y Página Siete, 8/9/2020) provocó muchas reacciones y las respuestas de Jorge y su hermano, Fernando, en sendos artículos en Página Siete. Agradezco a todos los que se tomaron el tiempo para contribuir al debate, muy particularmente, por supuesto, a los hermanos Patiño. El tema es importantísimo así que el intercambio respetuoso vale la pena.

Quiero insistir aquí en el punto central de mi artículo original. El rechazo a la desigualdad económica de Jorge, Fernando, y muchísima gente, es en el fondo un profundo rechazo a la pobreza. La pobreza es un infierno y debemos terminar con ella. La desigualdad, sin embargo, no es necesariamente mala. Para entenderlo, distingamos dos tipos de desigualdades, una que sí es mala y otra que, en el peor de los casos, podríamos llamar neutra. La mala desigualdad es la que surge de privilegios generados por el Estado. Políticos corruptos, burócratas con pega del partido, empresas que se benefician porque una ley elimina la competencia, subsidios para ciertos grupos, rescates financieros a empresas ineficientes, etcétera, son todos ejemplos de políticas que crean desigualdad al otorgar privilegios para unos cuantos. Esta desigualdad es mala y debe eliminarse.

La desigualdad neutra, por otro lado, es la que resulta de un proceso de mercado justo en el que los individuos satisfacen sus preferencias e intercambian bienes y servicios sin ventajas otorgadas por el Estado. Los que se esfuerzan más o tienen mejores ideas (Google, Amazon, etcétera) generarán naturalmente mayor ingreso para ellos y sus hijos. Es importantísimo entender, sin embargo, que este proceso también genera crecimiento económico y hace que todos mejoremos en términos absolutos. De hecho, el crecimiento de la torta económica producido por exitosos multimillonarios es mucho mayor al crecimiento de su pedazo individual.

Un estudio del premio Nobel de economía, William Nordhaus, encuentra que los innovadores tecnológicos solo retienen el 2.2% del valor social de sus innovaciones. Esta desigualdad no es, entonces, ni buena ni mala per se, sino simplemente el potencial resultado de un proceso virtuoso que genera crecimiento y reduce la pobreza.

Pero contrariamente al ninguneo que le dedican Jorge y Fernando Patiño, este crecimiento no es uno de migajas o de sólo goteo (trickle down). El crecimiento en los niveles de ingreso en el mundo generado por el proceso de mercado ha sido nada menos que espectacular. El porcentaje de gente que vivía en pobreza extrema en el mundo en 1950 era 70%. Este número bajó a 40% en 1990 y ¡hoy es menos de 10%! ¡Más que goteo esto se parece a una catarata! Y he aquí el problema. Si tratamos de forzar una reducción de la desigualdad reduciremos también los incentivos productivos que se generan en el proceso de mercado. Y si eso pasa, corremos el serio riesgo de frenar el exitosísimo proceso de crecimiento económico que ha reducido la pobreza a pasos agigantados.

A estas alturas Jorge y Fernando tendrán todavía un par de preguntas. La primera es ¿qué hacer con la gente que por una u otra razón no puede subirse al proceso de mercado y beneficiarse de él? El capitalismo o proceso de mercado nunca estuvo peleado con la solidaridad. De hecho, revisen los datos y vean en que países se genera más caridad en el mundo. Pero podemos incluso ir más allá usando impuestos relativamente bajos para proveer una malla de seguridad y asegurarnos que nadie esté en el infierno de la pobreza por mucho tiempo. Pero note que el objetivo de esta malla de seguridad no es generar igualdad sino mitigar los efectos de la pobreza para personas mayores, con discapacidades o que tuvieron mala suerte en algún momento.

La segunda es ¿podemos asegurarnos de que todos tengamos una educación y salud de calidad que nos de más chances de beneficiarnos del proceso de mercado? Esto es más complicado. La educación y la salud son, sin duda, una inversión, pero a nivel individual y cada quien deberá decidir el equilibrio costo-beneficio. Cuando los Estados se meten a producir educación y salud para todos, se crean distorsiones que pueden llegar a comprometer el proceso de crecimiento económico. Producir estos servicios es tremendamente costoso y el Estado es tremendamente ineficiente. Típicamente los impuestos para costearlos se incrementan cada vez más y la calidad va en sentido contrario. Por eso, en artículos anteriores sugiero terminar con la provisión de educación y salud públicas, y reemplazarlas por sistemas privados con el apoyo de vouchers a la demanda. Pero otra vez, los vouchers que se pagan con impuestos, no estarán destinados a reducir la desigualdad sino a tratar de generar mayores probabilidades de utilizar efectivamente el proceso de mercado. Note que incrementar probabilidades no significa garantizar resultados.

Como ven, aquí no hay dogma sino un esfuerzo de honestidad por ver los datos y los procesos históricos de desarrollo. Los países que priorizaron el crecimiento de la torta tienen ahora menos pobreza que los que priorizaron su repartija. Los pedidos de igualdad pueden sonar muy bien pero ponen en riesgo el gran avance en reducción de la pobreza que el mundo ha experimentado y debe seguir experimentando.

Antonio Saravia es PhD en economía.

 

 


   

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