Fátima López Burgos

Cajero blindado

miércoles, 23 de septiembre de 2020 · 00:08

“Vivir bien” era la mejor parte del “Modelo económico, social, comunitario y productivo” que nos encaminaría al socialismo. Luis Arce, el cajero blindado y hoy candidato al MAS, se frotaba las manos y el masismo cerraba filas para inaugurar el disfrute de recursos públicos.

El cambio prometido nunca llegó a los hogares bolivianos. ¿Podemos seguir creyendo en Arce y entregarle, otros catorce años, para que vuelva a fallar?

El engorde gubernamental del “vivir bien” era notorio como el amor. Las jugosas parrilladas de tambaquí se repetían una y otra vez, mientras el whisky etiqueta azul se bebía a raudales, sin medir gastos ni rendir cuentas. Fue así que la espigada República de Bolivia se transformó en un obeso y espantoso Estado Plurinacional, que hacía de todo y lo hacía mal.

El caso más emblemático sucedió en la Gobernación de Tarija comandada por el masista Lino Condori. El inmueble despedía un penetrante olor a grasa y comida, Condori alimentaba al masismo desde las siete de la mañana de lunes a viernes, el gasto en “refrigerios” superó los 76 millones de bolivianos, en cuatro años. El exministro de Economía jamás observó esas abultadas cifras de gastos destinados al engorde del personal.

Grasa pura

La acumulación de grasa atrapó al “Modelo económico” era una caja negra, sabíamos lo que hacía, pero no cómo lo hacía. Luis Arce, manejaba la economía “blindada” a su antojo, promovía que Alcaldes masistas en base a un decreto confiscatorio efectuaran débitos automáticos a las gobernaciones con el propósito de quebrar la economía regional.

Inexplicablemente se negaba a otorgar un bono de 500 bolivianos al sector de discapacitados, argumentando que “atentaba contra los recursos del Tesoro General de la Nación (TGN) y la economía”; sin embargo ordenaba construir un edificio de 21 pisos, con 15 salas de reuniones, comedor, cafetería y parqueo, para el nuevo ministerio de Economía, una infraestructura ostentosa, a la medida de sus ambiciones, cuyo costo superó los 104,3 millones de dólares. Hoy el candidato blindado ofrece 1.000 bolivianos para el “bono contra el hambre”, sabiendo de antemano que no existe liquidez para materializarlo.

Arce se hacía el de la vista gorda cuando se trataba de contraer deudas en un periodo de bonanza. Nunca cuestionó el endeudamiento con China, tampoco los contratos millonarios que suscribían con súbditos de ese país, que atentaban contra la flora, fauna y humillaban a bolivianos, hablando en su idioma y aplicando sus propias normas.

Maquillando cifras

En 14 años el “Modelo” no promovió la equidad económica y social; por el contrario, dejó un hueco de Bs 18 mil millones en el Tesoro General de la Nación (TGN).

El Instituto Nacional de Estadística (INE) se convirtió en un apéndice del ministerio de Economía, allí se sacaba brillo a las cifras y se las acomodaba como si fueran fichas de ajedrez. Esos indicadores “oficiales” forzados y maquillados no eran reales, pero se reflejaban en informes emitidos por organismos internacionales encargados de velar por la salud económica de los Estados.

Empleados militantes

Sobre la base de 526.955 empleados públicos el MAS engordó las finanzas del partido, metió la mano al bolsillo de los funcionarios para descontar mensualmente y por planilla el diezmo para el partido, además de obligarlos a trasladarse, con sus propios recursos, a múltiples concentraciones “espontáneas” a las que convocaba el MAS. Eran empleados militantes pagados con recursos estatales y sentados sobre un turril de pólvora.

Arce subía de peso y con él el precio del petróleo, era el padre del milagro económico boliviano que cautivaba a europeos y sumía en la pobreza a las masas que apoyaban el mal llamado proceso de cambio. La promesa de una economía blindada sólo era una oferta que se diluía en conferencias por el mundo para socializar los supuestos logros del crecimiento en Bolivia.  

El “Vivir bien” de Pari

Una cosa era el modelo y otras las acciones gubernamentales. Se gastaba a manos llenas y sin control, las licitaciones eran pecado mortal, por esa razón las construcciones y contrataciones se las hacía al calor de sobreprecios y beneficios personales.

El desfalco de 37,6 millones de bolivianos en el Banco Unión, realizado por Juan Franz Pari, un bachiller de 28 años y con apenas cinco años de trabajo, lo convirtió en un pestañeo en un próspero empresario. A pesar de ello el “cajero blindado” declaró que esta irregularidad no afectaba a los capitales de la entidad financiera, aseveración que confirma que el Banco llevaba una doble contabilidad y además administraba ingresos no declarados.

El día a día

A falta de trabajo y oportunidades los bolivianos se lanzaron a las calles para generar su propio empleo y escribir con fuego la frase que estalló en plena pandemia: “El día a día”.

Arce sabía de sobra que la economía informal era una resta para el Estado, debido a que desinflaba las tensiones sociales, pero enmascaraba el empleo digno y disfrazaba el desempleo, frenando así el aumento de la productividad que demandaba el modelo.

La figura de consultores en línea fue otra argucia del MAS para fingir la creación de fuentes de trabajo, contratación perversa que negaba al trabajador sus derechos laborales. Era una ecuación perfecta para mantener ocupada a la militancia, aunque sólo fuera por tres meses, asegurando votos y fidelidad al partido.

El MAS pretendía dar lecciones de economía, pero los dudosos procesos de nacionalización no acompañaban los hechos. A decir de los expertos, fueron simples renegociaciones de contratos, no se contaba con reservas certificadas ni un plan de uso del gas para el desarrollo nacional y menos la exploración de nuevos campos petrolíferos.

Una confusa danza de millones e inversiones faraónicas en plantas improductivas como la de Bulo Bulo, la separadora de Yacuiba y el proyecto del Litio que no logra arrancar, develan los yerros del modelo masista.

No se diversificó la economía, ni se industrializaron los recursos naturales, las empresas estatales debido a la pésima administración se declararon en quiebra. La extrema pobreza se la ocultó bajo la alfombra y se desperdició el mejor momento de ingresos para la economía boliviana.

El nuevo modelo, rimbombante desde el nombre, terminó por descuidar lo social, ignorar lo comunitario, tirar por tierra lo productivo, engordar a los acólitos y entrampar al cajero blindado que lo impulsaba.

Fátima López Burgos es periodista tarijeña.

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