Juan Antonio Morales

La equidad no está contra la eficiencia

miércoles, 23 de septiembre de 2020 · 00:10

Es sabroso el debate de los hermanos Patiño (Jorge y Fernando) con Antonio Saravia en Página Siete  con relación a las ventajas y desventajas de la desigualdad. Jorge tiene mucha razón en insistir en la mitigación de las desigualdades; Fernando con sus ejemplos escandinavos nos muestra que se puede ser a la vez próspero y equitativo. En las democracias modernas se busca siempre equilibrar la equidad con la eficiencia, que es necesaria para agrandar la torta.      Una economía con grandes desigualdades en los ingresos y riquezas es intolerable socialmente; al revés cuando el único objetivo de las políticas públicas es la igualdad, se puede estar sacrificando eficiencia en el uso de los recursos y achicando el pastel. 

En los países industrializados hay una gran preocupación con la desigualdad, la que se ha agravado después de la crisis financiera internacional del 2008-2009. Choca a los sentimientos y a la razón, que el 1 por ciento más rico de la humanidad controle el 44% de la riqueza neta mundial (datos de Crédit Suisse).

Cuando el novelista americano F.S. Fitzgerald dijo los ricos son diferentes, el otro famoso novelista americano E.  Hemingway le replicó: ellos tienen más dinero. Lo pueden tener porque han sido más inteligentes o ingeniosos, porque han sido más trabajadores, porque han tenido buen asesoramiento, porque han tenido más suerte o porque han sido menos escrupulosos. Hay mucho también de transmisión de riqueza de padres a hijos y por matrimonios de conveniencia. No sé de dónde saca Saravia que el economista francés T. Piketty, que tiene un análisis muy cuidadoso de la concentración de la riqueza en los países industrializados está desprestigiado. Lo que más bien está desprestigiado es su teoría del chorreo (“trickle-down”) que nos dice que  las fortunas gotean sus beneficios a los que no las tienen. Esta justificación la emplearon los economistas de Pinochet en Chile y sus herederos hasta que las manifestaciones callejeras del año pasado los hicieron despertar.

Las grandes desigualdades en la distribución del ingreso irónicamente también dañan a la eficiencia y al mayor ingreso.  Jóvenes talentosos que no pueden cosechar los frutos de su talento porque provienen de familias pobres causan que el PIB sea más pequeño de lo que pudiera ser. Todavía más importante, las grandes desigualdades producen intranquilidad política y social, frenando el crecimiento económico. Sale de la experiencia latinoamericana que la gran desigualdad es un terreno fértil para que surjan gobiernos populistas.

Es sorprendente que un economista joven como Antonio Saravia esté alineado con las posiciones más conservadoras del Partido Republicano americano. Según los ultristas de ese partido se tiene que tener un estado mínimo, con impuestos muy bajos y de suma alzada, es decir que se cobren por cabeza y no en relación con el ingreso ni con el consumo. Así era el infame tributo indigenal del siglo XIX en nuestro país. Por su parte,  recomiendan que el gasto público se limite a las Fuerzas Armadas y a la Policía,  educación y salud deben pagarlas sus beneficiarios con su propio peculio. Para los muy pobres  proponen volver a las Poor Houses (casas para pobres) de la Inglaterra del siglo XVIII y de las novelas de Charles Dickens. 

Para los paleoliberales,  como los llamaban los demócrata-cristianos alemanes a los ultristas después de la Segunda Guerra Mundial, los bancos centrales son una invención del demonio, ya que  caen regularmente en incontinencias inflacionistas. Proponen volver a la época en la que cada banco comercial emitía sus propios billetes, que estaban respaldados por oro (más bien por monedas convertibles en oro). Son nostálgicos del patrón oro desdeñando las lecciones de la historia. No se recuerdan que los bancos centrales aparecieron como consecuencia de las grandes crisis financieras del siglo XIX y principios del siglo XX. Si se abandonó el patrón oro en 1972 fue porque el financiamiento del comercio mundial no podía depender de la producción de oro de la Unión Soviética y de la Sud África, que vivía por entonces en  apartheid.

 

Juan Antonio Morales es profesor de la Universidad Católica Boliviana y expresidente del Banco Central de Bolivia.

 

 


   

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