Amparo Ballivian

Hay desigualdades y desigualdades

sábado, 26 de septiembre de 2020 · 00:07

Como dice Juan Antonio Morales (P7, 23/09/2020) esta sabrosísimo el debate entre los hermanos Jorge y Fernando Patiño y el doctor Antonio Saravia, al cual se suma Juan Antonio en dicho artículo. Tan sabroso que no puedo evitar participar. Lo hago, además, con la no muy modesta intención de zanjar el debate. Ya me dirán los Patiño, Morales y Saravia (u otros) si tuve éxito, pero al menos espero contribuir a profundizar el debate.

Empezaré diciendo que los hermanos Patiño y el doctor Morales son amigos personales. No así el doctor Saravia. Encuentro coincidencias y discrepancias con todos ellos. Pero ruego que no se me tome como aquellas personas que dicen “no me gusta ni el negro ni el blanco, sino todo lo contrario”. También debo decir que respeto mucho la respuesta civilizada del doctor Saravia, que no cayó en la tentación de pagar con igual moneda las críticas irónicas. Muy maduro para un economista joven, como Juan Antonio nos informa.

Claro que esta economista boliviana no podría discutir solita. Así que acudiré a la ayuda de …. bombos y platillos, por favor, redoble de tambores, zapateo y aplausos, les presento a ….. Amartya Sen. Amartya Sen es un economista indio, educado en Inglaterra y recibió el Premio Nobel de Economía en 1998 por sus contribuciones a la ciencia y praxis económica, sobre todo en el análisis de la pobreza y la desigualdad. Cosas que, como dice Saravia, no son lo mismo y se confunden con frecuencia.

Sen explicó que hay muchas clases de desigualdades: de ingresos, de méritos, de género, de raza, de lengua y muchas más. Pero se pueden resumir en dos: desigualdad de resultados y desigualdad de oportunidades. La primera se deriva de la diferencia entre los esfuerzos personales. La desigualdad de oportunidades, en cambio, es algo que ningún individuo puede superar por sí solo, por más que se esfuerce.

Explicaré en sencillito. Supongamos que hay dos personas, Pedrito y Juanito, que nacieron de familias de clase media. Ambos fueron al mismo colegio privado. Ninguno de los dos pasó hambre jamás. Sus viviendas tenían todos los servicios básicos (electricidad, agua potable, alcantarillado y otros). Ambos fueron bien nutridos. A ninguno de los dos les falto los cuidados básicos de salud, ya que sus familias tenían los recursos suficientes para las consultas pediátricas de rigor, las eventuales amigdalitis o apendicitis, las inflamaciones de todo tipo a las que todos estamos expuestos e inclusive la atención de la ocasional fractura del brazo izquierdo (toda alusión a la situación actual del MAS es pura coincidencia).

Pero Pedrito se esforzó en el colegio, salió bachiller, inició y culminó sus estudios universitarios, incluso pudo sacar una maestría en una universidad local. Luego se compró una camisa blanca y una corbata, pulió su CV con ayuda del internet y salió a buscar un buen trabajo. Aunque modesto en un principio, su salario fue subiendo a medida que escalaba puestos en distintas instituciones, gracias su dedicación, esfuerzo, disciplina y perseverancia. En el camino se casó, tuvo tres hijos, se compró una casa y dos autos y, a sus 60 años, se retiró con una cómoda pensión que le permitió vivir bien por el resto de sus días.

En cambio, Juanito se tomó muy en serio las fiestas, el alcohol, las mujeres y el ocasional “toquecito” desde su adolescencia. Apenas se pudo graduar de bachiller y, aunque ingresó a la universidad, nunca se graduó (de nuevo, cualquier similitud con famosos políticos actuales es pura coincidencia). A Juanito le parecía que la actitud de Pedrito era absurda. Él creía que la juventud se vive una sola vez y hay que disfrutarla. Cuando su familia se cansó de subsidiar su vida disipada, trató de enderezarla y salió a buscar empleo con un CV mal redactado y pobre en contenido. Encontró varios trabajos eventuales, no muy bien pagados. Pero no encontró estabilidad laboral, pues sus frustraciones lo empujaban continuamente a las garras de sus vicios de juventud. Terminó sus días en una pensión en la zona más pobre de la Ciudad de El Alto y sólo pudo sobrevivir gracias al bono dignidad, que es un bono para mitigar la pobreza y no la desigualdad, ya que Pedrito también lo recibe.

La desigualdad entre Pedrito y Juanito es una desigualdad de resultados. ¿Debe el Estado tratar de mitigar la desigualdad entre Pedrito y Juanito? Yo pienso que no y albergo la esperanza que los hermanos Patiño, el doctor Morales y el doctor Saravia estarán de acuerdo con Amartya y conmigo.

Ahora introduzcamos a un tercer personaje: María. María nació en una comunidad rural, de familia campesina, María se educó en la escuela rural de su comunidad. La calidad de su educación fue paupérrima. Además, ella no estaba muy bien nutrida, estudió la primaria a la luz de las velas en el poco tiempo que le quedaba luego de ayudar en las tareas agrícolas de su familia y en el cuidado de sus hermanos menores. Logró salir bachiller y se trasladó a vivir con una tía a la Ciudad de El Alto. Con unos pocos ahorros ganados ayudando a su tía a vender relleno de papa, se costeó una formación técnica de contadora. Tuvo que esforzarse muchísimo en superar sus lagunas educativas en lenguaje y matemáticas, pero logró graduarse. Al principio hizo trabajos eventuales para microempresas que trataban de formalizarse o acceder a un crédito bancario. Poco a poco fue progresando y terminó jubilándose como contadora de la Alcaldía de El Alto.

Pese a que María se esforzó el doble que Pedrito, ella nunca pudo tener la calidad de vida de él. Conspiraron contra ello su deficiente educación de base, sus carencias nutricionales, su género, la falta de servicios básicos y atención de salud durante la mayor parte de su vida y otros factores similares. En otras palabras, la desigualdad entre María y Pedrito es una desigualdad de oportunidades. No había nada que María pudiera hacer para evitar nacer mujer, o evitar nacer en una comunidad rural, o procurar atención de salud de calidad durante su infancia y adolescencia. ¿Debe el Estado tratar de mitigar la desigualdad entre Pedrito y María? Yo digo, categóricamente, que sí. En eso discrepo de Saravia. Yo encuentro aberrante la desigualdad entre Pedrito y María.

Si hasta aquí he logrado convencer a alguien, me preparo para la siguiente objeción. ¿Se puede, en la práctica, diferenciar ambos tipos de desigualdad? ¿Se pueden adoptar políticas públicas sobre esta base? La respuesta a ambas preguntas es otro categórico sí. Connotados economistas latinoamericanos como Ricardo Paes de Barro (Brasil), J. Molinas (Paraguay), Jaime Saavedra (Perú) y Marcelo Giugale (Argentina) han contribuido a ello mediante sus trabajos de descomposición de la desigualdad en estos dos tipos: el Índice de Oportunidades Humanas (no confundir con el Índice de Desarrollo Humano del PNUD, que tiene bases analíticas menos sólidas). Quien desee conocer más sobre el tema puede referirse a https://www.worldbank.org/en/topic/poverty/lac-equity-lab1/equality-of-opportunities.

Estos conceptos se pueden aplicar en Bolivia. Para ello se debe mejorar la calidad de las encuestas de hogares (que son la base para los índices de pobreza y desigualdad), se debe invertir muchísimo en formar profesionales en análisis de datos, que son muy escasos en nuestro país y se debe convencer a los tomadores de decisiones de políticas públicas de que deben basar dichas decisiones en la evidencia, más que en ideología o buenas intenciones.

Amparo Ballivian es doctor en econometría.

 

 


   

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