Sonia Montaño Virreira

Duda razonable y algunas certezas

domingo, 27 de septiembre de 2020 · 00:10

Hace cinco años murió Andrea Aramayo atropellada por su pareja o expareja William Kushner. El jueves, él ha sido sentenciado a 30 años de prisión sin derecho a indulto, abriendo un virulento debate entre quienes consideran la sentencia un acto de justicia y quienes, desde la otro acera, afirman que se está cometiendo una injusticia.

Desde el punto de vista legal, que una sentencia de esas características requiere un standard de evidencia “más allá de la duda razonable” que valide la pena, demostrando los hechos. Y para comprobarlo habrá que poner la lupa más cerca de lo ocurrido.

El caso ofrece lecciones basadas en certezas razonables que obligan a pensar en la urgencia de una profunda reforma de la justicia. También exige una reforma intelectual y moral de la sociedad. 

Primera certeza: el feminicidio, figura penal que se ha extendido en la legislación de casi todos los países, es uno de los delitos que con demasiada frecuencia quedan en la impunidad. Desde 2013, año en que se aprueba la ley hasta la fecha, se registran en la Fiscalía 690 feminicidios y sólo 223 sanciones dictadas.

Segunda certeza: muchos jueces y fiscales carecen de formación adecuada y ostentan demasiados prejuicios. No son pocos los que piensan que el feminicidio es un crimen pasional, que se mata por amor o porque la víctima provoca. Hay muchos problemas en la tipificación del delito que ocasionan que feminicidas confesos, que torturan, violan y matan reciban penas de seis años, mientras a Kushner le dan 30 sin derecho a indulto.

Tercera certeza: mucha gente, inclusive la inteligente, cree que el feminicidio es la venganza de las feministas. Las redes sociales están inundadas de comentarios que acusan a las mujeres de vulnerar derechos y ser las causantes de lo que se considera una injusticia, sin reconocer que las muertes de mujeres en manos de sus parejas es parte de una pandemia hasta ahora sin remedio.

Cuarta certeza: seguimos siendo un país de comparsas. Detrás del autor se han agrupado los auténticos muchachos siempre machos para aprovechar el doloroso caso y pedir el fin de la “ideología de género”, otra especie de muletilla financiada por el fundamentalismo político religioso para acabar con las luchas feministas por la igualdad.

Quinta certeza: el feminismo boliviano está herido. Lo ha dañado el masismo cooptando a grupos importantes, intimidando a otros, dejándolo sin fuerza para frenar el accionar de personajes autoritarios y estridentes que andan dispuestos a tomar cualquier causa que les permita salir en la foto. El caso que nos ocupa ha terminado en manos de profesionales con baja credibilidad, mientras se han debilitado los ya escasos servicios legales existente en el país.

Sexta certeza: el caso cobró atención porque involucró a personas “conocidas”, las que pusieron en marcha una presión social que sería inaceptable en una sociedad con independencia de poderes y una justicia decente. Lo que hemos presenciado es un fenómeno de populismo jurídico que ha dado por suficiente la indignación social para dictar sentencia. El triunfo del punitivismo, donde se rematan sentencias para complacer expectativas, es algo que tendrá un efecto bumerán en la lucha por los derechos humanos.

Séptima certeza: la madre de la víctima ha sido, sin duda, la figura más comprometida en la búsqueda de la justicia. Esta sentencia, lo ha señalado ella misma, no le devuelve a su hija pero servirá a otras víctimas. Lo dudo, porque vivimos en una sociedad que prefiere el morbo, tenemos una justicia corrupta y maleable donde damos por buena la victoria pírrica que puede sacrificar los principios más básicos como el debido proceso, el acceso a la justicia y volcar los dardos contra el movimiento feminista, gracias a cuyas luchas hoy tenemos la oportunidad de mejorar la vida.

Octava certeza: la madre del condenado es otra mujer que en cierta forma también es víctima, como lo son muchas mujeres que vivirán con la razonable duda de si esta condena fue justa o fue un linchamiento mediático.

Quedan varias preguntas: ¿hubo debido proceso en el caso que nos ocupa? ¿Cómo se explican las diferencias entre las sentencias a feminicidas? ¿Es el proceso abreviado una respuesta? ¿Cinco años de detención preventiva es algo justo? ¿Hubo acceso equitativo a la justicia? ¿Qué significa que sea una cristiana confesa la que cante victoria? ¿Por qué no se genera el mismo ruido cuando los protagonistas son gente sin poder?

La justicia no es tal cuando tarda en llegar, tampoco lo es cuando los operadores de la misma son sospechosos de ignorancia, corrupción y mala fe. Lo peor, sin embargo, es que entre quienes aplauden la sentencia y los que la critican hay mucha gente tratando de echar lodo sobre la lucha histórica de las feministas por acabar con la violencia y la discriminación.

 

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista.
 

 

 


   

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