Juan Pablo Guzmán

El cuento sin final feliz

lunes, 28 de septiembre de 2020 · 00:10

Había una vez, en el pueblo de Aguas Dulces, una princesa que apenas culminó  sus estudios escolares se trasladó a vivir a la capital  política del reino, sin siquiera sospechar que un día sería llamada a gobernarlo.

Bendecida con gallardía y belleza, desde joven cultivó la convicción de que no existiría freno alguno  que limite  en los cuadrantes de una frontera su firme objetivo de ascender, peldaño a peldaño,  en la pirámide de sus metas.

En el corazón político del reino supo domesticar el frío de la altura, pero quizás  por la nostalgia del calor y de los vientos con fragancia a patujú y  tajibo se trasladó luego a una ciudad más cálida, aquella fundada por Ñuflo de Chávez.

Sin embargo, el departamento de sus orígenes la llamó mediante el rugido del Mamoré, y allí volvió con el fin de estudiar Derecho, disciplina en la que logró graduarse para descifrar leyes y crear otras con los rompecabezas jurídicos que domesticó con perseverancia.

Sin olvidar la intricada teoría de las normas, la princesa, decidida a labrar su propio camino alejado de los favores de la realeza,  incursionó también en la televisión, donde con su firme verbo presentaba noticias, ese género  periodístico del que ella misma sería protagonista años después, cuando comenzó a sumergirse en la política.

Quiso el destino que su corazón sintiera un estremecedor  pero feliz presentimiento cuando, en una tarde de clima gris, el 10 de noviembre de 2019, el reino  puso fin a los 13 años, nueve meses y 18 días del régimen de un soberano que se sintió  divino.

Poco después la princesa recibió el mando de gobernar el reino, inaugurando así la etapa para la que, aún sin saberlo, se había preparado durante toda la vida.

La gente la recibió con sincera simpatía: sus lágrimas en los primeros actos oficiales develaban un espíritu sensible y, poco a poco, atizó temple para revalorizar la dignidad de una responsabilidad, la de gobernar, manchada por el tirano huido. Ella sólo tenía que administrar el país y organizar una elección, para que el ganador, alguien distante de la realeza, fundara un nuevo régimen. 

Pero los cortesanos de los que se rodeó, esos que disimulan siempre su alma de Rasputín, comenzaron a frotarse las manos y, sumergidos en la tinaja de la ambición, quisieron perpetuar su vicio de poder. Sus cantos convencieron a la princesa, quien además, día a día, imaginaba que el espejo le devolvía la imagen de una reina, y no la de una princesa de transición.

Un día, la princesa comunicó al mundo que  quería ser reina, ya no sólo princesa. En una extraña coincidencia, el anuncio se dio en el día del Ekeko, el dios de la abundancia, ese maná de bienes y dinero que a veces inspira codicia.

Todo se descompuso en el reino desde entonces. Cada letra de la palabra de la princesa, cada renglón de sus decisiones generaban la duda de si eran dictadas por el afán del buen gobierno o por una estrategia de poder. Hasta que una pandemia laceró al  país y desnudó las miserias humanas de siempre: la corrupción aún a costa de la vida, la incapacidad de organizar una defensa, el cálculo político por encima del bien común.

El reino le dio la espalda. ¿Mantener a ella y a sus cortesanos? No. El espejo le devolvía esta vez la imagen del rechazo.

Llegó entonces el inevitable  desenlace: la princesa, delante de una escuadra de siete guardianes, anunció el fin de su proyecto político. Atrás habían quedado los días de euforia, en los que ella y sus cortesanos  imaginaban, como el huido,  muchos años en el poder. El pueblo del reino les había dado una lección de sabiduría: estaba hastiado de los vicios del tirano, tanto que no toleraría  otros parecidos.

Y colorín colorado:  la princesa trituró el espejo  que le había inspirado falsos sueños y, con él, despedazó también  el apetito de poder de su corte, que ahora buscará otros príncipes, princesas y reinos para reinstalarse más adelante en el poder.

 
Juan Pablo Guzmán es periodista.
 

 

 


   

63
95

Otras Noticias