Lupe Andrade Salmón

La maravillosa y elusiva excelencia

miércoles, 30 de septiembre de 2020 · 00:11

Por lo general tratamos de hacer las cosas bien.  Es lo sensato.  Seguir las reglas, cumplir los preceptos, completar la tarea, etc.  Hacerlo suele ser aliciente adecuado en el trabajo, y para muchos, saber que las cosas están bien hechas es suficiente motivo de complacencia.

Sí, y no.  Complacencia ante lo “bien nomás” puede ser abrir la puerta a la mediocridad eterna.  Aunque difícil, deberíamos desear la excelencia: un nivel más allá de lo meramente aceptable. Quien quiere elevarse hacia algo mayor  debe hacerlo sin conformarse con lo bien hecho, buscando la perfección, la originalidad o aquel elemento -difícil de definir pero necesario- que logre algo excelso, aunque fuese en forma pasajera.  

En este tiempo convulsionado, después de tantos problemas de salud, tanta crisis política y económica mundial, parece irrisorio querer hacer algo perfecto y más aún querer repetirlo, pero incluso hoy la excelencia sí existe y sí, amigos, vale la pena.  Hay quienes exigen tanto de sí mismos, que olvidamos lo difícil que es su camino.  Eso era lo que hacían Leonardo y Miguel Ángel, lo que hizo Einstein, y era algo que hacía María Callas con un sí bemol alto, tan bello, que flotaba sobre el público como un milagro.  
En la plana aceptación de lo “más o menos”, o “bien nomás”, hemos olvidado lo mejor.   Y más aún, nos hemos rendido sin siquiera contemplar la posibilidad de lo excelso.  Pero lo extraordinario no es imposible, la literatura y el arte lo demuestran.  Basta con un “Verde que te quiero verde...”  o volver a leer  Cien Años de Soledad, para reencontrar lo excepcional, aunque fuese escaso y difícil.  

Lo perfecto no tiene que ser enorme ni grandioso, pero sí tiene que ser lo mejor posible dentro de lo que es.  Afirmo esto recordando a un personaje único, Don Lindolfo Deheza, calígrafo de la Cancillería durante décadas; un caballero que hubiera estado a sus anchas en la mismísima Corte de la Reina Isabel.  Pulcro y delgado, de terno y corbata ligeramente vetustos e impecables, Don Lindolfo engalanaba diplomas, credenciales, honores, textos de condecoración, invitaciones formales y demás documentos protocolares con pulso firme y trazos bellos y elegantes.  No se conformaba con que sus productos estén bien: tenían que ser, y eran, perfectos.  

Probablemente fue su madre quien le puso el romántico nombre en un arranque de locura de amor materno.  Para el niño o adolescente en épocas escolares, ese nombre debe haber sido una cruz a cuestas.  Sin embargo, no lo cambió, ni se convirtió en Pocho o Pacho.  Fue Lindolfo de joven, Lindolfo de adulto y Lindolfo en el Cóndor de los Andes que le confirieron en 1985, al final de sus días.   

Ese hombre fue un exponente de lo excelso, consciente de que en la vida y el arte (su caligrafía era un arte) no es suficiente lo “bien nomás”.  Lo saben los sabios y los disconformes con la conformidad.  La Mona Lisa no está bien pintada; la Piedad del Vaticano no fue más o menos bien tallada; el Partenón no era un aceptable templo.   La perfección de las obras maestras sobrepasa lo bueno, entrando al extraño y difícil territorio de lo excelso, de dedicación innegable aunque imposible de describir. 

Y, amigos, quizás ese sea el ingrediente central y definitivo de la excelencia.  Si queremos algo superior, debemos dedicarle tanto esfuerzo como podamos.  Cuando alguien me dice que no hay que ser tan exigente, cuando insisten que lo hecho “está bien nomás” y protestan ante la crítica, recuerdo con admiración a Don Lindolfo Deheza Méndez, para quien el “bien nomás” hubiera sido casi un insulto.  

¿Por qué lo recuerdo hoy?  Porque con la cercanía de las elecciones votaré por el candidato que más se aproxima a esa dedicación; votaré por quien no se conforme con la mediocridad, por el que demuestre que puede y quiere llegar a la excelencia sin claudicar.  ¿Estoy soñando con lo imposible?  Quizás, pero creo que sí   existe esa semilla de grandeza, creo que podemos y debemos exigir algo mayor al “bien nomás” o más de lo mismo.  Y ese requisito no vale solamente para el voto.  Vale también para seguir de cerca al siguiente gobierno, exigiéndole esfuerzo, legalidad y entrega, cumpliendo nosotros también con normas y leyes, sabedores de que los gobiernos son -en primera y última instancia- responsabilidad de los gobernados.


Lupe Andrade Salmón es periodista.
 

 

 


   

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