Juan Pablo Guzmán

Aplazados en educación

martes, 8 de septiembre de 2020 · 00:11

Allá por el año 1979, en una de las aulas del edificio del ciclo medio (secundaria) del Instituto Americano de La Paz reinaba un torbellino perturbador. Percy y Juan Carlos discutían agriamente sobre el empate del clásico del día anterior, Iván tarareaba  Necesito de Sui Géneris, el Chino se maldecía por haberse olvidado la tarea, y Patricia ensayaba con gritos su salto preferido de voleibol.

Pero en apenas una fracción de segundo ese caos se transformó en una paz paralizante. El profesor de Química, Mario Quintanilla, atravesó el umbral de la puerta, y como si  llevara a cuestas el silencio, la quietud invadió el aula.  El maestro imponía orden sin gestos, gritos ni ademanes: apenas le bastaba una mirada que apaciguaba huracanes. Instantes después tronaba el timbre y  “Don Mario” comenzaba su clase en la que sus ecuaciones parecían tener vida propia en la pizarra.

El profesor Quintanilla transmitía esas mismas sensaciones y conocimientos por las tardes en un programa de Televisión Boliviana, Canal 7, llamado Teleclases, que también ofrecía la asignatura  de Matemáticas, a cargo de otro gran maestro, Peter Sarmiento. El color todavía no había llegado a la televisión en Bolivia, pero para las Teleclases no era necesario: las didácticas frases de Quintanilla y Sarmiento transformaban el feroz laberinto de las ciencias exactas en un manso arrullo materno. 

Teleclases fue una creación de  Noel Urquizo,  un experto en educación y pionero de la teleeducación, quien más de 40 años antes de la pandemia que hoy soporta Bolivia concibió prácticas y útiles herramientas de educación mediante  la televisión, con más inteligencia y audacia que  el actual Gobierno y su Ministerio de Educación,  extraviados en sus propias acciones que han dejado a miles de estudiantes huérfanos de enseñanza.

¿Se podría haber manejado peor el desafío  de tener a niños y adolescentes de primaria y secundaria en sus casas, sin formación educativa? Improbable. Primero tardaron meses en anunciar “modalidades de educación presencial, semipresencial, virtual y a distancia” que no fueron capaces de cumplir; dejaron al libre albedrío de los colegios privados el cobro de pensiones; sembraron desorientación; clausuraron el año descolar tartamudeando confusión; y, tras todo esto, santificaron el caótico estado de cosas con una inacción indolente.

¿Los “genios” al mando no saben que la educación a distancia es una herramienta alternativa y complementaria a la educación formal? ¿Desconocen que en Bolivia la radio sigue siendo un medio que llega a millones en el área rural? ¿Ignoran que el canal estatal (BTV) tiene una segunda frecuencia que de dedicarse a transmitir los soporíferos partidos de fútbol del huido Evo Morales ha mutado su tedio para dedicarse en el presente a repetir conciertos y competencias deportivas perdidas en el tiempo?

Hubiera sido muy útil que los actuales administradores de la educación en Bolivia miraran más allá del hombro porque se encontrarían con la experiencia de países que recurrieron a clases por radio y televisión, en algunos casos las 24 horas del día, además de utilizar plataformas digitales de aprendizaje y enviar material pedagógico a los hogares. Todo con un fin: acortar la brecha digital entre quienes pueden recurrir a las nuevas tecnologías y el internet para una educación medianamente aceptable y aquellos que, desprovistos de esos recursos, naufragarán irremediablemente en el mar del abandono al que los confinan los gobiernos ineficientes.

Aquellas Teleclases por  el canal 7 de los años setenta, trasplantadas al presente, hubieran sido útiles para reducir esa brecha fatal que condena a los más desvalidos a la desilusión. En aquellos tiempos seguramente el profesor Quintanilla no sospechó que su tranquila mirada, capaz de calmar a alumnos revoltosos, y su aguda voz frente a las cámaras,  acompañada de elegantes trazos de símbolos en la pizarra,  serían recordadas con una profunda nostalgia. Porque si comparamos a maestros de esa convicción e inventiva con los mandamases educativos de hoy, solo nos quedaría imprimir en una imaginaria libreta de calificación de  estos últimos un gélido número: cero. Aplazados con deshonra.

 

Juan Pablo Guzmán es periodista.

 

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