Rodrigo Ayala Bluske

Falta de atención a los sospechosos de Covid: algunas causas

miércoles, 9 de septiembre de 2020 · 00:09

Decimos “trampa”, pero en realidad se trata de una frustración anunciada: el ciudadano con algún síntoma de Covid 19, o nervioso porque ha descubierto que tuvo un contacto con un positivo, acude al centro de salud, busca un médico, y si tiene la suerte de encontrarlo, este lo despacha de inmediato, le dice que los síntomas no son suficientes, que vaya a su casa y espere, y que ya lo llamará alguien. La llamada en muchos casos no ocurre, ni tarde ni mucho menos temprano (a un colega mío le dijeron textualmente que si tenía problemas al respirar en su casa, se dirigiera directamente a emergencias). 

En sus comunicados las autoridades insisten en que el ciudadano no debe medicarse sin orientación médica en un contexto en el que ésta ha disminuido en forma notable fruto de los contagios, las jubilaciones anticipadas o las licencias contempladas en la norma, situaciones adosadas con el miedo, perfectamente entendible en esta situación; un reporte reciente publicado en la prensa gráfica dice que somos uno de los dos países en los que ha muerto más personal de salud.

Es verdad que en diversas ciudades los rastrillajes y megarrastrillajes han buscado dar respuesta a este vacío, pero la debilidad crónica de nuestro sistema de salud, sumada a los errores reiterados en la gestión de la pandemia, siguen provocando que la “atención médica directa” sea una utopía para la mayor parte de los ciudadanos. 

En estas circunstancias es perfectamente explicable que la automedicación se haya generalizado, y que el ciudadano de a pie busque respuestas que pasan por los diversos tipos de medicamentos recomendados por el boca a boca y que llegan hasta el polémico dióxido de cloro.

¿Qué es lo que impide que las autoridades del sector impulsen una política ambulatoria de salud de gran alcance?, ¿por qué, si es que esta claramente establecido que la atención en los primeros síntomas de la enfermedad es clave, se condena a los positivos de posibilidades críticas a un recorrido laberíntico en el que muy probablemente acabaran en terapia intensiva debido justamente a la ausencia de tratamiento médico directo en esa instancia?

¿Qué es lo que imposibilita el reparto masivo de medicamentos básicos respecto de lo cuales hay indicios de éxito (entre ellos especialmente la Ivermectina), bajo protocolo claros y bien difundidos y una orientación general realizada mediante mecanismos de telemedicina? Se trata de interrogantes perfectamente pertinentes en un contexto en el que automedicación ya es moneda corriente y donde el uso de la Ivermectina, por ejemplo, ya se ha masificado, incluso entre los propios médicos sin que haya existido una política oficial clara al respecto. Por supuesto que esa ausencia de orientación aumenta las posibilidades de confusiones en la automedicación, errores, excesos, etc.

¿Se puede atribuir este vacío a las deficiencias en la gestión de salud que se han manifestado de tantas maneras desde el inicio de la pandemia?, seguro que sí, pero sin duda también hay otros factores, crónicos en nuestra idiosincrasia social e institucional, que sin duda juegan un rol clave, uno de ellos es nuestra tendencia a la “territorialización” de oficios, saberes y espacios.

La “territorialidad” que se complementa perfectamente con el “espíritu cuerpo”, existe en todos los países, pero en el nuestro cobra omnipotencia, por nuestra debilidad institucional y pobreza. Vivimos en una realidad donde todos nos sentimos y peleamos por ser  “propietarios” de cualquier tipo de espacio al que tenemos acceso: los docentes universitarios no permiten el ingreso a colegas que se titularon en otras universidades (en la universidad estatal de Tarija se dio el caso de una docente que fue rechazada y un año después dictaba clases en Harvard), a su vez que se perpetúan en sus cargos boicoteando los exámenes de competencia. Críticos de cine y artistas del  ambiente defienden ferozmente “sus” territorios de todo lo que consideran extraño, ajeno al “círculo” y por supuesto también nuestros médicos defienden a rajatabla su “derecho”, el de manejar directamente todo lo que significa salud. Seguimos siendo el país de la “rosca”, la “camarilla” y eso se ha podido visualizar crudamente en esta crisis. 

Todo ello nos conduce a una doble lectura de la realidad, cuyo resultado se asemeja a una película de horror, en la que unos dictan normas como si viviéramos en un país con los servicios médicos resueltos, mientras los usuarios en los hospitales, postas y en la misma calle, padecen un abandono completo.

 
Rodrigo Ayala Bluske es antropólogo y cineasta.

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