Marianela Diaz Carrasco

Autogestionar y sostener colectivamente vidas no sacrificables

sábado, 16 de enero de 2021 · 05:12

La economía del cuidado ha cuestionado a la economía neoclásica, que es la que predomina actualmente el descuido de un aspecto fundamental, el llamado espacio de “reproducción” (cocinar, limpiar, proveer, en síntesis, cuidar), desvinculándolo de la “producción” (las actividades que puedan generar riqueza y crecimiento económico). Es así que la supuesta búsqueda de estabilidad económica ha generado mecanismos que invisibilizan las formas en que se sostiene lo más importante: la vida. Esto a nivel estructural se plasma en la minusvaloración de las personas que se dedican a los cuidados institucionalizados en diversos espacios y niveles, y la priorización de todo lo que incremente los índices macroeconómicos.

La pandemia por Coronavirus  SARS-CoV-2 ha afianzado la necesidad de hacer visibles aspectos que se consideraban de segundo orden y hoy, más que nunca, se vuelven fundamentales: la provisión de insumos para la vida cotidiana, la preparación de alimentos, el sostenimiento y contención emocional de las personas, la responsabilidad por la serie de tareas que se realizan dentro del hogar. Los cuales no se han considerado trabajo o parte del aporte a la llamada “economía”.

Los cuidados generan preguntas que es necesario analizar y priorizar. ¿Quiénes están cuidando a los enfermos, adultos mayores, a las personas con discapacidad, niñas y niños y en qué condiciones? ¿Qué estrategias se agencian en esta crisis? conciliando el trabajo remunerado (cuando se cuenta con éste) y el no remunerado. La recuperación de la “estabilidad económica” no puede relegar estos aspectos. Los silencios y omisiones de la gestión gubernamental nos hacen pensar que la vida es considerada sacrificable. No solamente porque no se nombra lo mencionado sino, además, porque se descuidan de forma inimaginable los cuidados institucionalizados.

Ante ello, la autogestión colectiva de la vida,  está tejiendo redes articuladas de solidaridades que sostienen las distintas formas de precariedad. Vecinos, amigos, desconocidos apoyándose para poder tener información, datos de insumos varios, alimentos, medicamentos, donaciones de sangre para poder sobrevivir a la pandemia. La miopía respecto a la importancia de la vida, que es un derecho, se ha cristalizado en su versión más cruel en el sistema de salud. Olvidado, vapuleado y menospreciado, se problematiza como botín de debates político-partidarios e instrumento para descalificar al contrincante; eso es lo que menos necesitamos ahora. Hoy, la posibilidad de gestionar la vida no sólo implica resolver el día a día, sino también luchar por la posibilidad de estar vivos. 

La idea tácita de “vidas sacrificables” por la “recuperación de la economía” nos hace  afianzar la idea de que toda noción de “Vivir Bien” es retórica que deja de lado la noción de integralidad, que señala la actual Constitución “bienestar común, responsabilidad, justicia social…” como parte de los principios, fines y valores del Estado.

Pensemos ahora en el personal de salud y sus familias. Atraviesan una doble cruzada, ponen el cuerpo para mantener los cuidados institucionalizados y muchos, especialmente las mujeres, ponen el cuerpo, además, en los cuidados cotidianos del hogar, con el temor de que no sólo podrían dejar de tener salud para gestionar los mismos, sino perder su vida. Atravesamos una tragedia con respuestas autosostenidas y autogestionadas que buscan sobreponerse a desafíos que sobrepasan dichos esfuerzos, ante la indolencia gubernamental y la de los “sin barbijo”; “se lo merecen unos y otros” y los “eso no existe”. 

Las muertes acontecidas deben recordarnos que importa más el modo en que se alcanza el crecimiento económico y a costa de qué, no sólo cuánto se crece. Las emociones, el dolor, la rabia, la tristeza, la impotencia, ausentes de la problematización de la crisis, conviven con la omisión de la dotación y provisión de insumos básicos para poder sostener y salvar vidas no sacrificables.

 

Marianela Diaz Carrasco es doctora en investigación de ciencias sociales por la FLACSO-México. Tiene un posdoctorado en el CIALC-UNAM
 

 Página Siete da la bienvenida a la  doctora Marianela Diaz Carrasco, que mensualmente escribirá en este espacio al que denominó La maestra vida.
 

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