Rafael Loayza Bueno

Riesgo

sábado, 16 de enero de 2021 · 05:09

El ser humano ha vivido enfrentado a los riesgos desde siempre, desarrollando un estado de ansiedad hacia las anomalías externas del entorno natural que no se pueden controlar; tales son las sequías, las inundaciones, los terremotos, etcétera. Sin embargo, en la modernidad la sensación de riesgo devenida de los principales peligros de hoy (el calentamiento global, la proliferación de armas nucleares y el coronavirus) parecen ser fabricados por los propios sujetos, haciendo que la ansiedad social tienda a incrementarse. 

Y es que hay que temerle más a una sociedad impredecible que a un medio ambiente volátil, pues el miedo no produce cambios significativos en el orden social cuando el ser humano no tiene culpa alguna de las extravagancias de la naturaleza. Ciertamente, en los riesgos del pasado los futuros personales del ser humano eran más fijos y predecibles, ya que la administración de la ansiedad suponía apenas un acto de contrición ante el Creador en aras de mitigar la furia de la Creación. 

Hoy, en cambio, la sensación de riesgo comprende cambios profundos en las conductas sociales, pues se trata de contener, básicamente, las necedades humanas y, ahí, Dios ha demostrado ser de poca utilidad, seguramente porque quienes hablan a su nombre con mayor regularidad son publicistas del despropósito: aquí pongo como ejemplo  el alegato de muchos terraplanistas que dicen que el barbijo viola su derecho político a respirar.

La emergencia sanitaria que vivimos ha generado una sensación de riesgo en Bolivia, típica de la modernidad y producto de la globalización. Tal es así que la hemos racionalizado como un riesgo fabricado por el ser humano (accidental o deliberado, según sea que uno vea CNN o Fox News) por medio de sus conocimientos y su ciencia. Sin embargo, esta idea tiene problemas interpretativos con consecuencias sociales, pues suponer que la temida delicatesen quiróptera en Wuhuan o el equívoco en algún laboratorio militar habrían iniciado la catástrofe sanitaria, es el fundamento expresivo para sostener que el virus fue “inventado”. 

Fabricar e inventar son en ciertas funciones significativas sinónimos, pues denotan -según la RAE- “producir o hacer algo”. Pero también tienen diferencias sutiles en sus connotaciones que hacen que la “fabricación” tienda a ser de asuntos tangibles y la invención de cuestiones etéreas. Entonces, transitar de las historias de murciélagos y guerras biológicas hacia las teorías de dominación del mundo no solamente es predecible, sino sencillo. 

Seguidamente, el Covid en nuestro país es un recurso político que, lamentablemente, tanto en el brote como el rebrote, nos ataca en la desorden de la campaña proselitista de las elecciones.  Así, el virus es un “invento” de la  “derecha” para someter a la “izquierda” o en una excusa para que los “diestros” no acudan a los urnas a sufragar en contra de los “siniestros”.

Además de introducirnos en la relativización de la verdad, característica inequívoca de las sociedades modernas, el virus ha afinado también nuestra interconexión global al habernos puesto en el podio de varias estadísticas mundiales por la gentileza de su incidencia. Ciertamente, Bolivia siempre ha disfrutado de las gracias y desgracias –del sosiego y la sensación de riesgo- de la modernidad sin derecho ni culpa. 

Así, vivimos y padecimos desenfadadamente la democracia, la televisión, el Smartphone y el Facebook, tanto como la Guerra Fría, el daño ambiental, la pobreza y, ahora, la pandemia. Como país hemos trepado, en menos de 100 años –y sin haber pasado por las dichas e infortunios intermedios- a la primera división de la economía y la sociedad globales. Y aún cuando la globalización nos ha empujado sobre un oleaje potente, estamos flotando en el mundo moderno sólo con el aforo de nuestra stamina. Existimos enrumbados (que para el contexto es mucho, aunque parezca poco) a ninguna parte. Sin embargo, en Bolivia, más que estar a la deriva, nos dejamos llevar por la ola. Y no es necesariamente desafortunado estar sin rumbo, pues cuando el objetivo es inexistente, la ansiedad de tener que cometerlo es innecesaria. Nosotros, simplemente “aguantamos” hasta que la vacuna venga.

 

Rafael Loayza Bueno es  investigador social.
 

 Página Siete  da la bienvenida al investigador social Rafael Loayza Bueno, que mensualmente escribirá en este espacio al que denominó El Bazar del Moho.

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