Javier Torres-Goitia T.

Feliz Navidad y feliz juventud

sábado, 2 de enero de 2021 · 00:11

Desde mucho antes de que el coronavirus nos amargara la vida a todos, su difusión masiva borró privilegios y diferencias entre ricos y pobres, cultos o iletrados, mandantes o sumisos obedientes. El contagio no excluyó a nadie, ni el curso de la enfermedad fue menos o más grave por situación económica, jerarquía social o poder político. Muchos esperamos que la equidad del riesgo se tradujera en igual solidaridad universal. Primer desengaño. Los políticos demagogos  ganaron adeptos destruyendo al adversario aún con sacrificio de vidas inocentes. Junto al daño económico de la pandemia surgieron los especuladores. Mientras el común de la gente perdía un empleo, quebraban pequeños y grandes emprendimientos productivos, no faltaba quienes sabían sacar tajada del mal ajeno y lucrar política o económicamente con las lágrimas de las víctimas.

 Pero, pese a todo, en un rincón del alma de casi todos, de agnósticos o creyentes, de pobres o adinerados, palpita el sentimiento de amor y respeto por el hijo de Dios hecho hombre y el saludo interpersonal recupera su contenido humano para repetir todos los años, sin perder nunca la esperanza: “Feliz Navidad y Próspero Nuevo Año”.

 La ternura predomina sobre el egoísmo y el amor inunda de paz y confianza el futuro. Todavía hay infanticidios, niños golpeados o abandonados, pero también es cierto que cada vez se condena con mayor energía la violencia, que el poder de la fuerza física disminuye y la mentira tiene menos adeptos.

El nacimiento de Jesús, el salvador, es el  signo de la redención de niños y de adultos en un mundo de paz y libertad. El Papá Noel, tan popularizado, trata de reducir la Navidad a una rama del arbolito del consumismo, pero apenas la justicia se tuerce o surgen inquinas o resentimientos ancestrales, reaparecen las virtudes, vestidas de trabajadores de salud, de policías, o de simples amas de casa, que desafiando la pandemia, desde una primera línea de defensa colectiva, ofrendan sus vidas por salvar a los demás, como símbolo de solidaridad fraterna 

 Por eso, al terminar este trágico año, y saludar esperanzado al que va naciendo, publico estas reflexiones teñidas de cariño,  para la juventud médica de discípulos y colegas, para la otra juventud madura de las academias, las cátedras universitarias, amigos del Jurassic Park del club de tenis y para todos los que son amigos, incluidos los que todavía no he tenido el gusto de conocer.

La juventud, no es ni un comienzo de la vida, ni una cima temporal en el largo y bello caminar por esta tierra donde no todos pueden decir como Neruda: Para nacer he nacido. No se nace una sola vez con el grito biológico y ancestral que sigue al corte del cordón umbilical. Se nace cada día, en cada nuevo aprendizaje, en la sonrisa de cada nueva amistad, en cada victoria o derrota que igual valen como estímulos.                                      

Cuando se nace para nacer, cada día hay algo nuevo que empuja a seguir naciendo. El tiempo no se mide con las hojas arrugadas del almanaque.  Perdura con la esperanza que brota de cada experiencia embellecida por el amor y con lo poco o mucho que se va logrando a lo largo de la vida.

             Desde la altura de la juventud madura, el tiempo, es la caricia del devenir. Se lo saborea en cada etapa de la vida. Sin límites precisos, el tiempo robustece todo lo bello que besan los sentidos. Preñado de energía, abre rumbos para construir y conquistar en  libertad, la verdad y todo lo bello que podamos conservar, cada día, siempre más, para más y para todos, sin límite ni final. 

La juventud, ni comienza ni termina por calendario, más que una etapa de la vida es una conducta a sostener a cualquier edad. Corre audaz con piernas ágiles en fulgurantes amaneceres en la adolescencia, se retrae a la sombra de blancas canas crepusculares, en el adulto mayor, pero sigue siendo juventud. Ímpetu constructivo, de nacer para nacer, de amar para amar y de vivir para crear.                                            

Un  buen día, cualquier día, la vida dejará de correr, las piernas yertas descansarán tranquilas pero el espíritu iniciará otro vuelo más limpio y más sereno convertido en luz, hecho recuerdo.

Javier Torres-Goitia T. fue Ministro de Salud de Bolivia.

 

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