Lupe Andrade Salmón

El peligro de ignorar el peligro

miércoles, 20 de enero de 2021 · 05:11

No me gusta escribir sobre temas oscuros.  Soy optimista por naturaleza. Hasta mi nombre aymara “Lupi” significa sol, y he sido siempre adoradora de los cielos azules paceños con luz intensamente dorada, que alegran nuestras vidas.  Hoy, además de constantes lluvias que nos presentan paisajes grises en todas direcciones, tenemos, en diversos niveles, muchas duras experiencias sombrías que enfrentar y que entristecen el alma.

Este clima de tristeza covídica, que comenzó como algo ajeno y que al principio parecía ser más ruido que nueces, está hincando sus garras en nuestras vidas.  No hay nadie, nadie hoy, que no hubiera sufrido pérdidas personales o cercanas, o que no conozca y se conduela de aquellos quienes se han visto obligados a despedirse de sus seres amados sin poder velarlos, acariciar sus rostros pálidos o acompañarlos en el último viaje hacia su destino final.

Esta pandemia nos está matando el alma, de pedazo en pedazo.  No nos da espacio para amar, para reír, para caminar libremente bajo el sol, para estar con amigos, familia, amantes o conocidos.  No nos da posibilidades de esparcimiento, de creatividad, de salir a la calle libremente, abrir los brazos y deambular por doquier sin temor a contagio o riesgo.  

El romance está agonizando.  Los enamorados han confirmado su amor dentro del encierro, o lo han perdido.  Enamorarse de nuevo, en medio de tantas restricciones, sería tan poco gratificante como besar con barbijo.  Coquetear, ser galante, arreglarse para estar bonita o guapo, son cosas del pasado.  Para las mujeres, comprar ropa especial para ir a bailar o a una fiesta, sería casi inaudito, y los hombres han empezado a mostrar tanta barba crecida como los caballeros del siglo diecinueve.  Después de todo, ¡afeitarse a diario hoy es tan, pero tan innecesario!

Y lo peor es que este encierro colectivo y solitario a la vez, está provocando que las personas desafíen al miedo, que ignoren el peligro y así, pongan en riesgo a sí mismos y a otros.   Conozco familias enteras que han contraído el maldito virus,  o que han enfrentado pérdidas múltiples, y que han visto de frente al dolor sin poder abrazarse y llorar sobre un hombro amigo.

Por tantas restricciones odiosas, hay personas que han empezado a desafiar al destino, a salir sin máscara, a parrandear en conjunto apretado (con ayuda del falso coraje del trago),  a trabajar lado a lado, a participar en protestas de grupo,  reuniones y fiestas.   En la casa que queda al costado mismo del lugar donde escribo ¡hubo música y farra ininterrumpida durante tres días! Para ellos, felices días insensatos, pero no pensaron en las secuelas trágicas que traerán la música, las botellas y esos interminables cantos desorejados.

Y así aumenta la gráfica de contagiados y muertos.  Sí, muertos. “Fallecidos” es palabra demasiada rebuscada para tan dura realidad.  Los que se fueron murieron, con frecuencia solos en un espacio frío, a la espera del carro fúnebre que los recogería sin despedidas ni ceremonia.  Moribundos o muertos abandonados, algunos en la mera calle.   Y todo, porque ante el peligro las personas escogieron ignorarlo, cerrar los ojos y darse el gustito (antes normal y hoy mortal) de estar en densos grupos, codo a codo y respiración contra respiración. 

No hay peor peligro para sí mismo y para otros, que la persona que escoge desafiar al peligro.  Es como un demonio nefasto que arrastra a sus víctimas hacia su propio infierno.  Quien no desinfecta sus manos en cada ocasión, quien no respeta las distancias, quien no se protege, está actuando como un carroñero insensible al dolor que puede causar.

Esto no es una exageración.  ¡Ojalá lo fuese!  Puede ser que el contagio no sea deliberado, por supuesto, pero simplemente ignorar el peligro y ponerse uno mismo y a otros en riesgo, es una grave falta de ética y criterio.

Me dirán morbosa y cruel, por poner estas palabras en la página.  Sí, acepto que les moleste esta lectura.  Lo que no acepto es que aún conociendo la grave amenaza, hay quienes la desafían de forma voluntaria y luego traspasan a otros las mortíferas consecuencias de su inconciencia.  

Hoy es casi una obligación sentir miedo, temor, recelo y desconfianza.  Querido amigo lector, estas antipáticas cualidades tan desagradables, pueden salvar su vida y la de sus seres queridos.  Les ruego que tengan miedo, que sientan terror.  Eso será mejor a la larga que hinchar el pecho y afirmar “soy macho” (o “mujer valiente”)   Hasta que tengamos –todos- vacunas, seamos cobardes, pero cobardes todavía sanos y vivientes.  ¿No les parece?

Lupe Andrade Salmón es  periodista.

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