Robert Brockmann

Tus héroes, mis villanos

jueves, 21 de enero de 2021 · 05:11

Dos de las grandes revoluciones totalitarias de partido único del siglo XX iniciaron sus regímenes con sendas tomas de edificios e instituciones. El mediodía del 25 de octubre de 1917, el Comité Militar Revolucionario del partido bolchevique ocupó el Palacio de Invierno en San Petersburgo, la sede del gobierno provisional ruso, arrestó a los ministros y puso en fuga al jefe del gobierno, Aleksader Kerensky. Fue una operación expedita, casi sin participación popular espontánea. Hubo pocos heridos leves y ningún muerto. Los únicos daños registrados fueron una cornisa desportillada y una ventana rota. Incómodamente poco revolucionario.

Pero la ciudad siguió funcionando normalmente, la gente almorzó en restaurantes, fue al teatro, el transporte siguió marchando. Los habitantes no sospecharon el advenimiento de un régimen que afectaría radicalmente sus vidas y al mundo durante los siguientes 74 años. 

En 1928 la dictadura comunista estrenó la película Octubre, con escenas épicas de furibundos asaltos efectuados por heroicas masas revolucionarias que se lanzaban a conquistar el Palacio de Invierno bajo una lluvia de balas enemigas, sufriendo centenares de muertos. La filmación produjo más heridos que el suceso que retrataba, pero el mito prendió: hoy se recuerda la toma del Palacio de Invierno como una gesta grandiosa. El enésimo triunfo de la posverdad.

La siguiente inauguración relevante del siglo sucedió cinco años después. El 29 de octubre de 1922 tuvo lugar la “Marcha sobre Roma” de los fascistas, que no fue encabezada por Benito Mussolini, ni tampoco tuvo el menor matiz dramático o heroico. 50.000 “camisas negras” ingresaron en la capital italiana dirigidos por jefes en bicicleta, en desorden y a cuentagotas. Alguien la describió como “una alegre comparsa” y “poco más que una desdeñable manifestación de tontos útiles”. No hubo muertos, heridos ni daños.

El rey, Víctor Manuel III, tomó la excusa de la toma de algunos edificios públicos para pedirle a Mussolini que formara un gobierno. Éste llegó esa noche a Roma vistiendo un traje raído y, ya ante el rey, teatralizó: “Ruego a Vuestra Majestad excuse mi vestimenta, pero es que vengo directamente del campo de batalla”. A pesar de su frivolidad, este suceso instaló un régimen que sólo pudo ser extirpado 20 años y millones de muertos después, mediante una guerra mundial.

Cien años más tarde, el 6 de enero de 2021, una muchedumbre de aspecto medieval alentada por el hasta ayer presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tomaba por la fuerza el Capitolio de Washington, en un evento en sí mismo mucho más grave que los anteriores. Cinco muertos y mucha violencia. ¿Qué querría realmente el rubio anaranjado? 

Emperrado en negar su derrota electoral instancia tras instancia, estaba dispuesto a jugarse su última carta: hacer que su horda de palurdos presionara a los congresistas a impugnar el último reconocimiento formal de que el ganador de las elecciones era su adversario, Joe Biden. O quizás, si tenía suerte, inaugurar una nueva era, la era de la oclocracia trumpista, con él como Pope de la posverdad.

Tal vez nunca sabremos qué quiso hacer realmente. Donald Trump es, para todo efecto, un extraterrestre. La jugarreta le salió por la culata cuando el mundo vio atónito cada detalle de su chapuza. Sin embargo, hoy millones de sus electores duros han decidido creer que la toma del Capitolio fue obra de provocadores, cuyo fin era hacer quedar mal a su jefazo.

Los sucesos de 1917 y 1922, comparativamente poco significantes en sí mismos en su momento, cambiaron la historia del mundo y hoy se perciben de manera radicalmente diferente de cómo en realidad ocurrieron. Pensemos que, si acaso la movida trumpista hubiera triunfado, el frívolo con cuernos de bisonte sería recordado como un nuevo Jefferson en una eventual historia oficial contrafactual. 

 

Robert Brockmann es periodista y docente universitario.

 

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