Antonio Soruco Villanueva

"Morir de muerte natural"

domingo, 24 de enero de 2021 · 05:07

Vivimos tiempos de incertidumbre, riesgo y amenaza que nos obligan a repensar nuestros valores y objetivos. Lo que creíamos lejano e  improbable se hace cada vez más patente y posible, ya sea por las estadísticas que muestran día a día como la curva de los enfermos del coronavirus se incrementa y especialmente, el número de fallecidos y las secuelas que deja en los enfermos convalecientes. La infección se generaliza, haciendo cada vez más improbable no enfermarnos, por lo que sólo nos toca esperar estoicamente, con la esperanza que nuestro propio sistema inmunológico sea capaz de reconocer a tiempo el virus y luchar exitosamente. Los demás remedios son sólo placebos, hasta que la ciencia no los compruebe o surja, por consenso mundial, un protocolo médico específico que prometa curarnos de la terrible plaga que se ensaña en quitarnos la vida.

Morir de muerte natural es lo que todos añoramos, sin precisar exactamente lo que ello significa puesto que, su definición encierra además del proceso degenerativo propio del envejecimiento y de las enfermedades a la que está expuesto el ser humano, también las plagas o infecciones que periódicamente sufre la humanidad y, por lo tanto, los fallecimientos que produce la pandemia del coronavirus. Escapa de esta definición, la muerte violenta que se la asocia a muertes por homicidio, suicidio o accidente de cualquier tipo, especialmente cuando esta se produce por factores no naturales o por causa de terceros.  

Cabe entonces preguntarse, dónde acaba lo natural y comienza lo antinatural. ¿El coronavirus, como todas las demás plagas que sufrió la humanidad y sus víctimas son naturales y si ello es verdad, ese es el destino de cada enfermo salvarse como el 99% de los contagiados o morir dentro del 1% que muestran las estadísticas? ¿Quién fija la puntería para que en una misma familia, caiga uno y se salven los demás, o se salven algunos mayores y mueran jóvenes en la plenitud de su vida? ¿Quiénes tendrán la suerte de ser vacunados oportunamente mientras otros más expuestos no tendrán acceso a ellas? ¿Dónde acaba lo natural y comienza lo antinatural, lo fortuito, aleatorio, accidental para que podamos calificar la muerte como natural o anti natural. ¿Es natural que un niño viva parapléjico y un viejo sobreviva a las dos generaciones que lo precedieron? 

Decía Franz Tamayo que “no hay que medir el favor de los Dioses por los bienes recibidos sino por los males evitados” pensamiento que hoy, en plena crisis pandémica, se hace cada vez más evidente al reconocer que, la principal preocupación que debemos tener, sanos o enfermos, es pedir a los Dioses o al destino, la suerte de no ser víctimas de una muerte “prematura”, a la que creíamos derecho de tener luego de muchos años más….. Y es que siempre pasa lo mismo, apenas estamos en peligro, pedimos a la vida una segunda oportunidad, que nos permita vivir un tiempo más, habidos de completar proyectos personales, seguir acumulando bienes, pedir perdón o reconciliarnos, amar y ser mejores, antes de morir naturalmente….. En otras palabras, la muerte siempre nos sorprenderá, sin importar cuantos años alcancemos a vivir puesto que, las expectativas de vida no cesan nunca y siempre añoraremos vivir una noche más, así tengamos 100 años o la edad de Matusalén que vivió  900 años y dejo inconclusas innumerables tareas.

Dar gracias a los Dioses, por los “males evitados” que diariamente silban por nuestras cabezas, es reconocer la vulnerabilidad y la posibilidad de enfermar o morir en cualquier momento. Dar gracias, por lo que tenemos y atesoramos, es estar conscientes de la salud de nuestros padres, hijos o nietos, de no ser objeto de las envidias y calumnias sociales, de poder comer, cantar, amar y ser amados, y en segunda prioridad, por los bienes recibidos, cuya importancia se disipa cuando la muerte nos asecha, o como hoy, que casualmente o por la gracia de Dios, no somos parte de las estadísticas mundiales de los enfermos o muertos por el coronavirus. Como dice otro refrán “no se es nunca tan afortunado o desafortunado como nos imaginamos” advirtiéndonos que cuando nos sentimos felices y exitosos olvidamos lo vulnerables que somos y por el contrario, cuando sufrimos o vivimos tiempos malos estos pasan sin dejarnos huella, haciéndonos olvidar el motivo de nuestros errores y arrepentimientos. Como decía Séneca “qué difícil es guardar moderación cuando todo va bien”, a lo que se debería añadir y que fácil es arrepentirse cuando estamos en peligro y pedir a los Dioses una muerte “natural”, que en otras palabras quiere decir, cuando seamos viejos muy viejos…… una vez superada la enfermedad que nos aflige, cuando ya no podamos ver, oír, comer, es decir cuando ya estemos muertos en vida.

El juicio final se da todos los días, en cada instante de la vida. Arrepentirse solo cuando estamos en peligro y pedir una muerte natural qué nos encuentre muchos años después, en nuestra cama, rodeado de las personas que queremos, cuando hallamos concluido o alcanzados nuestros sueños y proyectos, es ambicioso y hasta antinatural. Dejar de vivir, de arriesgarse o aventurarse o existir para repetir día a día la misma cotidianidad, una vida disoluta e incolora, es también antinatural puesto que como dijo Esopo, mejor es morir que vivir temiendo por la vida

Los momentos de triunfo y alegría nos alejan de los dioses puesto que ya no los necesitamos. Somos déspotas y altaneros cuando hacemos alarde de nuestras fuerzas y poderío. Los encumbramientos repentinos nos vuelven soberbios e impermeables al ruego y perdón. Somos contradictorios cuando triunfamos o fracasamos y la única manera para que no nos parezca tan terrible la muerte, es vivir bien auténticamente, siempre agradecidos con lo que tenemos, esforzándonos por ser mejores humildes y generosos es el mayor consuelo para morir en paz en cualquier momento.

Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

 

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