Erick San Miguel Rodríguez

Precisiones históricas sobre la Revolución Rusa

lunes, 25 de enero de 2021 · 05:08

En un reciente artículo titulado “Tus héroes, mis villanos”, el historiador R. Brockmann traza un confuso paralelo entre el reciente asalto al Capitolio y dos eventos de principios del siglo XX con el objeto de ilustrar el concepto de moda: la postverdad (se adivina fácilmente a dónde quiere llegar). Sin embargo, en este empeño incurre en una serie de errores, tergiversaciones y caricaturizaciones que no deberían pasarse por alto.

Para comenzar pone en el mismo plano dos hechos históricos que son diametralmente opuestos: la Revolución Rusa de 1917 y la Marcha sobre Roma de 1922 que encumbró a Mussolini en el poder. Debe ser la primera vez que a alguien se le ocurre asociar dos acontecimientos tan disímiles bajo el curioso concepto de “revoluciones totalitarias”. En realidad, Mussolini tomó el poder en 1922 para evitar que Italia conozca una experiencia como la revolución bolchevique.

Pero vayamos por partes.

 En el citado artículo se dice: “El mediodía del 25 de octubre de 1917, el Comité Militar Revolucionario del partido bolchevique ocupó el Palacio de Invierno en San Petersburgo…”. En esta corta frase hay más errores que palabras. En primer lugar, el Comité Militar Revolucionario no era del partido bolchevique, sino del Soviet de Petrogrado, que así se llamaba la capital del Imperio Ruso desde que en 1914, al inicio de la Primera Guerra Mundial, el Zar decidió rusificar el occidental nombre de “San Petersburgo” con el que lo había bautizado su fundador, Pedro el Grande. 

Por otro lado, la toma del Palacio de Invierno no aconteció a mediodía, sino en horas de la noche: “La hora señalada para dar el asalto eran las nueve de la noche, aunque Lenin se impacientaba exigiendo que aquello se acabe más de prisa” (Víctor Serge, El año I de la revolución rusa). Luego se lee que fue una operación “expedita” y “casi sin participación popular espontánea”. En realidad, hubo una lucha encarnizada para tomar el Palacio de Invierno, que fue defendido por un batallón de Caballeros de San Jorge y una compañía de choque del batallón femenino. No fue un levantamiento espontáneo, ciertamente; el día de la insurrección fue definido con antelación y los detalles fueron preparados minuciosamente. En la película Octubre se puede ver la reunión del Comité Central del partido, presidida por Lenin, donde se toma esta decisión.

Es verdad que el ritmo de la ciudad siguió funcionando normalmente, pero decir que sus habitantes “no sospecharon el cambio profundo que se estaba experimentando” es claramente un invento. John Reed, un comunista norteamericano que fue testigo presencial de los dramáticos acontecimientos de 1917, y que plasmó sus impresiones en la obra maestra Diez días que conmovieron al mundo (digamos de paso, un gran cronista para un gran evento) dice: "Amaneció el nuevo día sobre una ciudad presa de la excitación y el desorden, sobre una nación agitada por una formidable tempestad. En apariencia todo estaba tranquilo: cientos de miles de gentes regresaban prudentemente a sus hogares, se levantaban temprano, y se dirigían a su trabajo”. 

Los días posteriores fueron de una lucha intensa, particularmente en Moscú: seis días de enfrentamientos callejeros. Por su parte, el fugado Kerenski intentó retomar la ciudad con un batallón de junkers y otro de cosacos, pero la intentona fracasó: los trabajadores de los ferrocarriles, de telégrafos boicotearon las operaciones.

Más allá de estas precisiones sobre algunos errores, ligerezas y caricaturas (“los únicos daños registrados fueron una cornisa desportillada y una ventana rota”) está la inexplicable posición de minimizar la Revolución de Octubre y su acto más simbólico: la toma del Palacio de Invierno, que además de que en ese momento era la sede del Gobierno Provisional, tenía un fuerte contenido simbólico, dado que fue allí desde donde las tropas del zar dispararon el domingo sangriento (9 de enero de 1905) contra una masa inerme y pacífica de obreros. 

“El Palacio de Invierno aparece como el último bastión de un régimen moribundo a los ocho meses de nacer, definitivamente desarmado durante los últimos quince días” (Trotsky, Historia de la revolución rusa). Es como, comparando con la Revolución Francesa (que es lo que normalmente acontece y no con la Marcha sobre Roma), se quisiera devaluar la toma de la Bastilla porque en su interior sólo había siete presos y porque en la jornada del 14 de julio de 1789 “sólo” hubo algunos muertos. 

La insurrección de octubre fue el corolario de un intenso año que comenzó con la revolución de febrero que echó al traste a la autocracia zarista; pero, a la vez, es el inicio de una nueva etapa en la historia. Su influencia se dejó sentir en Europa, Asia y América; cambió el curso de la Primera Guerra Mundial  e inspiró al proletariado de todo el mundo para organizarse y tomar el poder; llamó a los esclavos de las colonias a sacudirse del yugo de sus opresores. La revolución sacó a Rusia del atraso en que se encontraba y la convirtió en un país desarrollado, en una potencia mundial. Decir que fue “poco significante en sí mismo en su momento” no tiene ningún asidero.

La bibliografía sobre el tema es vasta, pero hemos tomado sólo a tres autores clásicos. En Bolivia también se ha escrito sobre la Revolución Rusa, son textos accesibles y recomendables todos. He aquí una lista corta: Marcos Domic, La insurrección de octubre; René Zabaleta Mercado, El poder dual; Guillermo Lora, La Revolución Rusa: sus enseñanzas.

Erick San Miguel Rodríguez es abogado.

 

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