Juan Pablo Guzmán

Evo y Murillo en El juego del calamar

lunes, 25 de octubre de 2021 · 05:12

El novelista británico Graham Greene (1904-1991) aseguraba que las personas reales están repletas de seres imaginarios, y aferrado a esa lógica y a su maravillosa creatividad literaria concibió en sus 25 novelas personajes fantásticos, casi todos sumergidos en el mundo del espionaje, entre los cuales no era difícil encontrar alguno con el que el lector, seducido, se sentía identificado, en la realidad o en sus sueños.

La psicología escudriñó con profundidad esa relación lector-personaje (o espectador-personaje) y, apoyada en la etimología, concluyó que “identificación” se asocia íntimamente con identidad.  Entonces, cuando alguien dice que se “identifica” con un personaje, quiere decir que se imagina estar en su misma situación, o que “siente” lo mismo.

La ingeniosa serie surcoreana El juego del calamar explora al máximo ese fenómeno del comportamiento humano, al presentar en una macabra trama  a un conjunto de personajes que deben sacar lo mejor y  lo peor de sí mismos para sobrevivir a  una sucesión de competencias, en las que la derrota se paga con la vida, y la victoria con una fortuna, que todos ambicionan.

Al ver la serie es imposible que el espectador eluda identificarse con un personaje o más, ya que en alguno o algunos hallará un cordón umbilical que lo una a su nobleza, o quizás a su vileza. Porque, a fin de cuentas, El juego del calamar es la dramatización extrema de un mundo contemporáneo en el que con frecuencia priman los instintos insanos en antes que la ética, o el afán de alcanzar el bienestar al precio que sea.

La sociedad boliviana desde luego no es ajena a esos dilemas del tiempo actual y, en su “propio” juego del calamar, algunos de sus líderes políticos parecen imitar el  comportamiento de protagonistas de la serie surcoreana en muchas de sus facetas.

¿Con qué personaje de la serie podríamos “emparentar”, por ejemplo, a Evo Morales y a Arturo Murillo, si en un ejercicio de ficción forzáramos  la imaginación?

¿Con el Líder, el misterioso enmascarado que dirige todo el juego, dueño y señor de las decisiones de un ejército de funcionarios que lo obedecen ciegamente, temerosos ante el hombre que, oculto tras una careta postmoderna, hilvana todas las decisiones del poder?

¿O con el reclutador de jugadores, quien se presenta con una magnética personalidad, que sin embargo esconde un corazón de hierro, para el que solo vale cumplir las reglas de “su” juego, sin ápice para la negociación y menos para la clemencia?

¿O quizás con Deok-Su, el concursante número 101, una persona sin escrúpulos, el típico matón de barrio, que haría cualquier cosa por sobrevivir y triunfar, sin importarle un rábano las consecuencias de sus acciones, así afecten a personas de su entorno e incluso a su propio aprendiz, al que vence en la competencia de las canicas?

Cada espectador de El juego del calamar encontrará un grado de empatía o rechazo con alguno de esos tres personajes, lo mismo que ante Seong Gi-hun (número 456), Kang Sae-byeok (la jugadora 067), el policía Hwang Jun-ho, o con cualquier otro, de acuerdo a su escala de valores y antivalores.

Trasladada esa lógica al juego del calamar político boliviano, debido a las lecciones históricas de los últimos tiempos y del propio presente,  ya es menos complicado distinguir entre los villanos y los antivillanos, para empatizar con unos y aborrecer a otros.

Y no lo es por la elemental y simplista visión de dividir el mundo entre buenos y malos, que no sirve para nada útil, sino por la evidencia de que algunos personajes han degradado en tal extremo los valores y principios de la democracia, la libertad, la justicia y la verdad, que ya es imposible que inspiren algo que no sea desprecio.

Pero aun en el mundo de las sombras, donde la condición humana se pone a prueba con sus defectos y virtudes, siempre chisporrotearán luciérnagas capaces de encender luz, esa que nos sacará de juegos como el del calamar, para que la eliminación física o emocional del adversario no sea el fin último que se asocie siempre con la victoria.

 

Juan Pablo Guzmán es periodista

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