Iván Camarlinghi

¡Oh linda, Bolivia!

viernes, 8 de octubre de 2021 · 05:08

Hace más de cinco décadas, la música internacional, en general y la música boliviana, en particular, guiaron mi vida y me han hecho triste, melancólico o muy alegre, de acuerdo a las circunstancias de la vida. Tuve la satisfacción de volver a nuestra Bolivia a visitar tres ciudades del eje central después de 18 años y pude ver profundos cambios en el país. Por eso me acojo a la cueca de Matilde Cazasola, “Desde lejos ya regreso…..” comparándola con la otra que dice “Oh Linda La Paz…”.

Para empezar pude observar que los aeropuertos del eje central sufrieron cambios importantes en sus estructuras para bien, aunque en el caso del aeropuerto de La Paz, noté la falta de conservación de las estructuras principales y antiguas construidas en tiempos de Arturo Posnansky, ya que en el cambio no se nota ni las líneas principales de formas y figuras originales, constituyendo una estructura moderna, aunque una modernidad media antigua (valga la contradicción).

La presunta construcción del HUB en el aeropuerto de Viru Viru de Santa Cruz parece ser de una magnitud sin sentido común; todos sabemos que se trata del menos común de los sentidos, peor aún si las líneas aéreas se van de Bolivia a raudales.

La nación está cada vez más lejos de ser un eje sudamericano del trasporte aéreo de carga y pasajeros, al que nos casi forzó, el cierre del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima por los reiterados atentados que Sendero Luminoso perpetraba al finalizar la década de los años 80 cuando intentaba asaltar el poder en Lima.

Antes de 2019, recibíamos casi 15 líneas aéreas internacionales y 3 o 4 nacionales, incluyendo el TAM, que las autoridades aeronáuticas nombradas por Morales la convirtieron en aerolínea comercial. Ahora, las aéreas que operan en Bolivia son Avianca, Aerolíneas Argentinas, COPA, LATAM, CONVIASA (Venezuela), Aeroméxico y alguna otra más; es decir se ha reducido a menos de la mitad, aislándonos cada vez más y haciendo que el Aeropuerto Internacional de Chimoré (ex pista y base de la DEA en el país) esté más cerca de Caracas, Buenos Aires o Ciudad de México que Londres, Paris o Frankfurt, como debía interesar a sus autoridades.

Con el aislamiento marítimo casi sesquicentenario, ahora nuestra soledad aérea y terrestre es muy fuerte no sólo por la intrincada geografía nacional, el abandono es cada vez más fuerte y esta situación se nota cada vez más en el interior del territorio, en el hinterland nacional que hace que La Paz esté demasiado alejada de las capitales europeas y norteamericanas y cada vez más vinculada a Chimoré. Oruro y Uyuni, pero esto por razones económico-informales e ilegales que turísticas- económicas.

La ciudad de La Paz, en los últimos 18 años, ha sufrido importantes transformaciones: El teleférico y sus líneas de colores han convertido a la ciudad del Illimani en una urbe más cercana al cielo celeste inmaculado que al agrestre y triste suelo en el que se asientan casas, calles, edificios y viviendas. La conectividad y comunicación es un gran alivio con las cabinas flotantes, prendidas a cables de hierro fuertemente adheridas a torres de acero que parecen rasgar tanto al cielo-azul como a la tierra café-pardusca.

Con el  transporte colgante que beneficia a la mayoría de los chucutas, los versos de Tamayo y las letras de Diez de Medina parecen recobrar vida por cuanto ambos creían que La Paz era una tierra bendecida lo que trasunta en su poesía y novela que estaban a flor del suelo andino y a flor del cielo paceño, muy cerca al paraíso terrenal.

No es el único cambio en la ciudad desde hace dos décadas. Las calles y las cuestas de la gran urbe también se modificaron, muchas de ellas han sido rebajadas en pendiente, otras han desaparecido para dar paso a multicolores gradas que dan una apariencia muy diferente a la capital más alta del mundo y de Los Andes, otrora una torre de Babel gris ; ahora se puede apreciar la sede de gobierno desde los “cholets” o desde las alturas inimaginadas de las cabinas que emulan a los Alpes Suizos que en la ciudad del Choqueyapu parecen escenas surrealistas de los Andes Septentrionales, inimaginables en otras capitales como Quito o Bogotá, o inclusive en las sureñas Santiago o Buenos aires, en las que es inimaginable un transporte masivo de pasajeros por vía aérea.

Las gentes también han cambiado. Es cada vez más difícil encontrarse con amigos en las pendientes adoquinadas de la ínclita ciudad, pues muchos de ellos han emigrado a otras ciudades del interior o a otras más alejadas. Da pena recorrer el Prado o la Mariscal Santa Cruz sin toparse con alguna persona que te comente sobre los cambios de La Paz. Ni qué decir de la política, la mayoría de los paceños no creen en la retórica del “golpe” y están más seguros del fraude electoral del 20 de octubre de 2019. A pesar de ello, no pierden sus esperanzas por mejores días.

En Cochabamba, los cambios han sido muy alentadores. La ciudad jardín de Bolivia luce plena de flores, de árboles y de parques incluidos el Cristo de la Concordia, el Félix Capriles, el Aeropuerto o Tiquipaya. La remozada urbe no deja de tener sus atractivos naturales como la cordillera del Tunari (quemada por chaqueos y manos criminales en los tres años últimos), la Pirámide de Pacata o las fincas de Capinota o Morochata, en las afueras de la ciudad.

Pero mi corazón se va lleno de orgullo al ver que el espíritu de mi maravilloso pueblo boliviano por el amor al trabajo, la libertad y la democracia con el ejercicio pleno de los derechos humanos y las libertades de expresión y de prensa, hoy están más intactos que nunca, estando a horas de celebrar casi 40 años de la recuperación plena de la democracia que se produjo aquella lluviosa y fría tarde del 10 de octubre de 1982, impertérrita a mis recuerdos.

 

Iván Camarlinghi es diplomático y periodista

 

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